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LaMOV pone a Zaragoza, de nuevo, "en primera posición"

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Por Olivier Vilain

Zaragoza siempre ha sido una ciudad "en danza" o "de danza". De la capital aragonesa han brotado algunos de los nombres señeros del ballet español, artistas con una indudable proyección internacional. De hecho, a mediados de los años 60, cual aventureros locos, salió al mundo una generación fundamental que puso los cimientos del carácter pionero del ballet clásico en Zaragoza. Eran los buenos tiempos del estudio de María de Ávila, cuando una terna histórica e inolvidable se líaba la manta a la cabeza y viajaba con las puntas en la mochila. Ana GorrizVíctor Ullate, Carmen Roche, Carmen de La Figuera, Rosa Sicart, Pilu Vicente Gella, Carlos Serrano, Miguel Pérez, Emilia Bailo... nada menos. Ellos fueron los precursores, quienes con su trabajo, dedicación absoluta y calidad pusieron a la danza aragonesa en el primer plano. Llegaron a pertenecer a las compañías de Bejart, Antonio, el ballet Gulbenkian, la ópera de Bruselas, de Lieja, etc. En aquellos tiempos, con un país en pleno regimen, salir al exterior y prodigarse no era tan evidente ni sencillo. Pero lo lograron. Triunfaron.

Hubo una segunda remesa imponente: Ana Laguna, Mari Carmen González, Carlos Lagunilla, Trinidad Sevillano, Arantxa Arguelles, etc. En la escena danzística nacional, hablar de Zaragoza era hablar de la cuna de los mejores. Había tradición en el buen sentido de la expresión. Y así lo reconocía toda España.

Pero llegó el declive. Se perdió el norte. Los codazos, empujones de algunas personas concretas con demasiados intereses propios más allá del amor a la danza y los errores de gestión en el ballet de Zaragoza convirtieron esta compañía en una fracaso decadente que acabó por desaparecer. La ciudad lamentó la pérdida de su santo y seña, pero es verdad que la añoranza fue con la boca pequeña: en realidad, Zaragoza quería una compañía, cierto, pero no “esa” compañía mal enfocada en demasiados aspectos.

Apareció Miguel Ángel Berna y llenó teatros. Eso es innegable. Pero su propuesta poco o nada tiene que ver con el ballet. A unos gusta mucho, a otros nada. Cada uno que juzgue. Pero lo que queda claro es que Berna no ha superado el vacío. No es danza clásica y Zaragoza quiere, siente y disfruta lo clásico.

Por todo esto, la consolidación de LaMov es una noticia sensacional. Una forma de reconciliar el ballet con una ciudad que lo reclama. Al fin, tenemos una compañía que, ya residente, merece la pena en todos los sentidos. Hay trabajo, hay calidad, hay esfuerzo, hay honestidad. Víctor Jiménez es la punta de lanza y sus coreografías son dignas de los mejores teatros de Europa. Ha sabido buscar a profesionales con talento: Luciana Croatto, Mattia Furlán, Elena Gil, Lydia Carusso, Elena Thomas y Antonio Ayesta.  Son buenos, muy buenos. Pero el acierto y el empeño no sólo llega en el plano artístico, también en la gestión de esta compañía que cuenta, entre bambalinas, con gente que cree en el arte y que se parte el espinazo por que el proyecto salga adelante. Que se sepa también.

LaMOV ha estrenado ya dos veces este año. Es decir: van en serio. Se compone, se ensaya, se avanza, se busca, se encuentra y se baila. Zaragoza vuelve a tener una compañía de verdad, a la altura del primer nivel europeo. Pronto deberán salir por el mundo. Triunfarán. Y llevarán de nuevo la danza con sello aragonés y mayúsculas por los escenarios españoles e internacionales. Zaragoza vuelve a bailar y recupera el lugar de honor que nunca debió perder. Con LaMOV estamos de enhorabuena. Hay que apoyarlos. Ir a verlos. Y hablar de ellos. ¡Que Zaragoza huela a resina!

 

 

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