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ARAGÓN Y SU HISTORIA

Aragón y la batalla de las Navas de Tolosa

Aragón y la batalla de las Navas de Tolosa

Por Miguel Martínez Tomey, director de la Fundación Gaspar Torrente

Viajemos en el tiempo. Tal vez el sonido de cuernos y tambores fue la señal de inicio de una carga memorable. La carga de la caballería pesada de los reyes de Aragón, Navarra y Castilla contra el centro y –tras aplastarlo- la retaguardia del ejército musulmán que ese 16 de julio de 1212 casi consiguió doblegar al más numeroso ejército cristiano que jamás había enfrentado Al-Andalus. El lugar: un llano entre las alturas de Sierra Morena llamado las Navas de Tolosa.


Entre ese grupo de miles de guerreros a caballo forrados de mallas y placas de metal, revestido con llamativas telas decoradas a franjas rojas y amarillas, cabalga Pedro II, Rey de Aragón, Conde de Barcelona y Señor de Montpellier. A los 34 años de su edad no es esta su primera experiencia de armas pero, sin duda, es la más espectacular que jamás haya vivido. Nada que ver con sus pasadas campañas para incorporar a su reino Mora de Rubielos, Manzanera, Rubielos de Mora, Camarena o Ademuz, zonas que acabarían siendo las últimas incorporaciones de la reconquista al actual territorio aragonés.


No muy lejos de él, cabalga Alfonso VIII, rey de Castilla, que se está desquitando de la dura derrota cosechada por sus tropas un 19 de julio de 1195 no muy lejos de allí, en Alarcos. Ese desastre hizo retroceder de un golpe hasta los Montes de Toledo la frontera que a él y a su padre les había costado cincuenta años fijar en Sierra Morena. El ímpetu de los almohades había llegado hasta Guadalajara, llegando a amenazar las fronteras suroccidentales de Aragón. Toledo, la antigua capital del reino visigodo que todos los soberanos cristianos habían soñado con restaurar para sus linajes, apenas tomada por los castellanos en 1085, estuvo a punto de volver a perderse. La noticia había levantado una conmoción en toda Europa. A sus 57 años de edad, Alfonso no quiere morir sin haber puesto de nuevo “las cosas en su sitio”.


Sancho VII de Navarra también se encuentra entre la masa de caballeros que cargan. Su enemistad con el rey castellano, cuya edad supera en un año, le había hecho perder sus conquistas a costa de Castilla en La Rioja y en las Vascongadas, llegando a pactar incluso con los almohades para afianzarse frente a su poderoso, aunque debilitado, vecino. En ese momento, merced a una tregua con Castilla que expiraría ese mismo otoño y a la necesidad de lavar su imagen de príncipe cristiano ante la llamada del Papa a la cruzada contra los almohades, se veía obligado a participar de mala gana en la expedición que había llegado hasta las Navas de Tolosa. Los 200 hombres que le acompañaron necesariamente habrían de ser los más escogidos de la caballería navarra. Pero numéricamente no representaban gran cosa en un ejército de varias decenas de miles de soldados (se estima que unos 70.000). Con todo y con eso, la fortuna querría que ese día se alzase con el éxito y la fama al ser el primero que consiguiese llegar a la tienda del Califa Muhammad An-Nasir, rodeada de su Guardia Negra de imesebelen, fanáticos soldados del Senegal que se habían atado con cadenas al suelo para obligarse a morir combatiendo sin tener opción alguna a huir. Esas cadenas fueron el trofeo y símbolo perpetuo de su gesta, hasta el punto de que algunos llegaron a creer que fue entonces cuando las incorporó a su escudo (y, por ende, al de Navarra). “¡Qué tontería!” –podría haber llegado a decirse el rey, de haberlo sabido- “¡Si siempre he tenido como emblema, antes y después de la batalla, la figura de un águila!” Y es que su sucesor adoptó como escudo uno de color rojo, sin más aderezo que la bloca o refuerzos de hierro que todos llevaban en sus protecciones. ¿A quién se le ocurriría decir después que la bloca eran las cadenas de las Navas?


Los motivos del Rey de Aragón


Ciertamente, Pedro II acudía a la batalla con más tropas (varios miles de combatientes) y con más motivación política que el de Navarra para contribuir a derrotar al numéricamente superior (posiblemente de unos 100.000 soldados) ejército musulmán. Pero en ese momento de euforia y, al tiempo, de miedo al desatarse el ataque decisivo, ¿recapituló –siquiera fugazmente- el rey de Aragón sobre los motivos que le habían llevado hasta allí?
De haberlo hecho tal vez tendría que haberse remontado al día de su coronación en Roma, a manos del Papa, el 3 de noviembre de 1204, en la iglesia del monasterio de San Pancracio. La infeudación de su reino al poder de la Iglesia había sido una constante en su familia desde los tiempos Sancho Ramírez, pero la consolidación y reconocimiento general de su potestad regia, de su legitimidad para incorporar a sus dominios las conquistas hechas a los musulmanes y para enfrentarse a los rivales cristianos que se interpusiesen en sus propósitos requerían de un acto solemne que todos pudiesen visualizar con claridad. Su empresa había de ser la empresa de Dios. Y él, estando en esa cruzada contra los almohades, al servicio armado de Dios, revalidaba el patrocinio divino de su corona a los ojos de sus aliados de hoy y potenciales rivales de mañana.
Algunos lo eran de ayer. Pedro había apoyado al rey de Castilla contra Navarra y este último no lo olvidaba. Para Aragón también era importante que el rey navarro, que había dejado de tener fronteras con el Islam, no cediese a la tentación de expandirse a costa de sus vecinos, ni siquiera en el sur de Francia, en donde Castilla se hallaba en alianza con Aquitania y Aragón dominaba políticamente casi toda Occitania.


Pero tanto o más importante era para el de Aragón mantener una colaboración estratégica con Castilla, necesaria para asegurar el reparto de los futuros territorios a conquistar a los musulmanes y evitar los problemas políticos y fronterizos producidos con ocasión del dominio que Alfonso I ejerció en su tiempo sobre Castilla y León. En esa pugna, Aragón había pasado de poseer casi toda la zona oriental de la meseta a ver cómo la propia Zaragoza caía en manos del castellano tras la muerte del rey Batallador. Sólo la astucia de Ramiro II consiguió desalojar a los castellanos del Valle del Ebro, pero el incidente puso de manifiesto hasta qué punto la diplomacia aragonesa debería trabajar en lo sucesivo para que la expansión hacia el sur quedase asegurada evitando así quedar reducido a un enclave como Navarra. Así pues, Alfonso II se ocupó tanto de establecer un dominio geopolítico aragonés en el sur de Francia como de pactar con los castellanos las fronteras comunes y las zonas reservadas en exclusiva para sus respectivas conquistas sobre los musulmanes (tratados de Tudillén en 1151 y Cazola en 1179). Tras la muerte de Alfonso II, su hijo Pedro II reforzó todavía más el entendimiento con Castilla gracias al valioso apoyo prestado por Aragón al rey castellano para contener a aquellos de sus enemigos (Navarra y León) que, aprovechando la debacle de su ejército en Alarcos (1195) y el fuerte retroceso hacia el norte de la frontera castellana, llevaron a cabo la ocupación de territorios hasta entonces bajo el control de Alfonso VIII.


Por lo demás, lo sucedido en Alarcos era todo un problema para los aragoneses. Aragón y Cataluña ya habían alcanzado sus actuales límites meridionales y, legitimados por sus tratados con Castilla para el reparto de los territorios musulmanes en futuras conquistas, ponían sus ojos en el apetecible reino musulmán de Valencia. El poder militar almohade suponía una paralización del avance cristiano hacia el sur y, si se mantenía, podría llegar a poner en peligro todo lo adquirido en el último siglo. Pedro II, sin haber sufrido ninguna derrota ante los almohades, tenía sin embargo mucho que perder si Alfonso VIII no conseguía hacerles retroceder.
Además, había heredado de su padre un dominio que se extendía en las dos vertientes del Pirineo y que, en los últimos tiempos, estaba siendo amenazado por la más que sutil presión del Reino de Francia. Necesitaba, pues, tener un aliado fiable en el sur para poder concentrar debidamente sus energías en el frente norte.
Herejes y franceses


Pedro no pudo sino ver con inquietud el abandono de la cruzada antialmohade de las tropas francesas antes de la batalla de las Navas. Por un lado, al igual que para el resto de sus aliados, eso significaba la pérdida de 30.000 soldados que hubieran asegurado la igualdad numérica entre los ejércitos cristiano y musulmán que habrían de encontrarse en las Navas de Tolosa. Pero, por otro, sabía que entre esos cruzados que regresaban al otro lado de los Pirineos, había muchos a los que tendría que combatir y que ya le habían causado muchos problemas desde que en 1209 el Papa Inocencio III predicó una cruzada contra los herejes albigenses, radicados en los territorios bajo su control. Con la excusa de dicha cruzada, un noble guerrero francés, Simón de Montfort, estaba destruyendo buena parte de sus dominios y acaparando poder y territorios que, sin duda, pondría al servicio de su gran rival, el rey de Francia, de quien Simón recibía apoyo en forma de dinero y tropas.


Simón, cuyo ejército cada vez se encontraba más menguado, encontró en la cruzada peninsular una ocasión para regresar con un botín lo suficientemente suculento como para poder reiniciar con nuevas energías sus operaciones bélicas en Occitania. Tal fue su actitud y la de los demás cruzados ultrapirenaicos cuando, a poco de llegar a Toledo, lanzaron un despiadado ataque contra la judería de la ciudad con la clara finalidad de saquear a manos llenas a sus desgraciados habitantes. Expulsados de la ciudad, los franceses se dedicaron al pillaje en las tierras de la Huerta Real y Alcaudete. Posteriormente, en su marcha hacia Sierra Morena, estas tropas se situaron en vanguardia, separadas del resto, para llegar en primer lugar a las posiciones enemigas (lo fueran realmente o no) y practicar el saqueo más exaustivo tras masacrar a sus poblaciones. Así sucedió con el castillo de Malagón, y lo mismo hubiese ocurrido en la toma de Calatrava si Alfonso VIII no hubiese intervenido perdonando la vida de sus moradores y dejándoles marchar. Tal práctica, totalmente contraria a los usos y objetivos de los franceses, determinó su abandono de la expedición y su regreso.
Pedro II sabía, pues, que buena parte de esos hombres se ocuparían a su regreso de continuar con su labor destructora en sus dominios septentrionales. Tenía, pues, doble motivo de preocupación que los demás aliados. Fatalmente para él, no se equivocaría ya que, torpe e inexplicablemente, a pesar de su clara superioridad militar, sería derrotado y muerto por las tropas Montfort junto a la villa de Muret el 13 de septiembre de 1213.


Tras la batalla


Los debilitados combatientes cristianos, detenidos por la infantería andalusí en el centro y rodeados por los flancos por los temibles arqueros a caballo turcos (los Agzaz, que habían sido claves en la victoria almohade de Alarcos), se abrieron para dejar paso a la caballería de los tres reyes y concentrarse en combatir a sus atacantes a derecha e izquierda. La infantería andalusí no pudo resistir el choque de la caballería cristiana y se derrumbó, dejando abierto el paso hasta la tienda de An-Nasir y su Guardia Negra. Tal vez Pedro vio cómo los caballeros navarros irrumpían los primeros en el recinto y arrancaban las cadenas que les impedían el paso. Quizás se llevó él también algunos fragmentos de la misma de recuerdo.
Sin duda se entusiasmaría con la euforia compartida por todos y, antes de despedirse de sus aliados, salir hacia Aragón y, desde allí, hacia Muret, con la confianza de que su frontera meridional quedaba segura con el avance de los castellanos hacia Andalucía. Ánimo confiado el suyo, seguramente en exceso, que costándole la vida, cambió el diseño geopolítico de la Corona de Aragón. Aunque la influencia aragonesa en Occitania no desapareció del todo tras la batalla de Muret, la renuncia a su dominio en beneficio de Francia supuso un viraje radical en los horizontes aragoneses que inició la empresa, con Jaime I, de la conquista de Mallorca (1228-31) y Valencia (1229-1245) y, desde ahí, la del dominio del Mediterráneo en época de Pedro III (1276-1285).


Sin embargo, por lo pronto, las Navas de Tolosa supusieron un éxito para Aragón que, sin tener asegurada su situación en la península ibérica, podría haber recaído en una crisis todavía mayor si, tras el desastre de Muret, tanto los almohades como otros reyes cristianos se hubiesen aprovechado de la debilidad aragonesa, de forma similar a como ocurrió tras la batalla de Fraga y la muerte de Alfonso el Batallador (1134). El éxito fue el resultado de una cuidada política de cooperación con Castilla tras la turbulenta etapa vivida desde el matrimonio de Alfonso y Urraca, la muerte del primero y las dificultades tan hábilmente afrontadas por Ramiro II el Monje (cuyo resultado fue la unión con Barcelona y la creación de la Corona de Aragón), pero obedecía, sin ninguna duda, a visiones geopolíticas y objetivos estratégicos propios del estado aragonés.
Del mismo modo, cada uno de los demás monarcas aliados actuó de acuerdo con la misma lógica de interés propio según las necesidades y circunstancias del momento. Es lo que evidencian los hechos anteriores y posteriores a esta batalla y la documentación conservada, a pesar de las ensoñaciones de un sector de la historiografía tradicional -frívolamente determinista, si no políticamente cualificada- que ha querido ver en estos hechos otro “glorioso” jalón precursor de una “unidad de España” que a comienzos del siglo XIII ni se vislumbraba ni se perseguía.

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