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ARAGÓN Y SU HISTORIA

Un Compromiso de Caspe aragonés

Por Miguel Martínez Tomey, director de la Fundación Gaspar Torrente

Los análisis y tópicos más difundidos acerca del Compromiso de Caspe suelen responder a dos visones ajenas a la que tuvieron los aragoneses que, en el siglo XV, lideraron este proceso. Efectivamente, ninguna de las dos valoraciones más conocidas del Compromiso son genuinamente aragonesas; simplificándolas en pocas palabras: para la historiografía catalana o catalanista, fue el principio del fin de la independencia, la caída de la Corona de Aragón en la órbita de Castilla y el inicio del proceso de asimilación a lo que acabaría siendo España. Para la castellana o españolista, efectivamente, así fue, solo que tal deriva es un hecho glorioso que benefició a todos.

Ambas tienen dos cosas en común: que asumen la premisa de que la intención de sus actores fue la de poner las bases de la futura España y que ninguna de ellas se ha interesado jamás por los verdaderos objetivos de quienes aseguraron que el proceso se hiciese como se hizo (por medio de un pacto, excluyente y excluido de toda coerción o fuerza) y con el resultado conocido.

Desde la Fundación Gaspar Torrente para la investigación del aragonesismo nos estamos esforzando en reivindicar la visión aragonesa y debidamente contextualizada en su época del Compromiso. El problema sucesorio fue abordado por el liderazgo colectivo aragonés (encarnado en sus Cortes) como una oportunidad para superar tres problemas graves de los tres Estados de la Corona, con una visión política que ya quisiéramos hoy día en nuestros líderes.

El primero era económico. Cataluña llevaba medio siglo sumida en una crisis de su comercio mediterráneo, su artesanado urbano y sus finanzas, mientras Aragón y Valencia habían encontrado en el comercio con Castilla y en la “atlantización” creciente de la economía un sustituto a los decaídos flujos mediterráneos que Cataluña no estaba en condiciones de aprovechar. Llegar sin problemas a los mercados castellanos y a los puertos atlánticos era esencial para un Aragón que, a diferencia de Cataluña, estaba saliendo de la depresión económica.

El segundo era geoestratégico. Inglaterra, tradicional aliada de Aragón en el Sur de Francia (especialmente desde la batalla de Muret en 1213), había sido derrotada en la Guerra de los Cien Años. Francia, la gran rival europea de Aragón, tenía ahora las manos libres en el Mediterráneo y en los Pirineos. Magistralmente, Aragón consiguió un nuevo gran aliado –aunque políticamente débil- como Castilla rompiendo, de paso, la tradicional alianza franco-castellana.

El tercero era político. La necesidad de reemplazar en el timón de la nave de la Corona a una Cataluña que durante dos siglos había marcado el impulso mediterráneo y sus beneficios, pero que ahora estaba sumida en la desorientación y la parálisis. Para superar esto desafíos, era indispensable establecer un nuevo centro político en la vieja Corona que apuntase a nuevos horizontes. Aragón lo asumió para asegurar la continuidad de toda la Corona, su independencia frente a sus rivales (incluida Castilla, en cuyos asuntos Aragón se inmiscuyó durante décadas a través de la familia de Fernando I) y su prosperidad económica.

Así pues, menos determinismo ajeno y más atención a unos hechos y un contexto que en ese tiempo resolvió para sus propios fines nuestro hoy tan añorado liderazgo aragonés.

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