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Aragón y su Historia

Aragón, Occitania y la batalla de Muret

Aragón, Occitania y la batalla de Muret

Por Miguel Martínez Tomey, director de la Fundación Gaspar Torrente

Va de efemérides (cada año tiene las suyas). Para aragoneses y occitanos en 2013 se cumplen los ocho siglos de la batalla de Muret, en la que el rey aragonés Pedro II pereció en defensa de sus vasallos del otro lado de los Pirineos. Vamos a tratar de explicar qué hacía un rey aragonés combatiendo en las proximidades de Tolosa (en francés, Toulouse) en 1213 y por qué esa batalla y su muerte están (o deberían estar) llenas de significado para nosotros y ellos.

 

Monolito en el memorial de Muret


Tradicionalmente, los condes y reyes de Aragón habían tenido tratos políticos y familiares con dignatarios del imperio carolingio. Con la unión de Aragón y Barcelona y, especialmente, durante el reinado de Alfonso II, dichas relaciones se intensificaron. ¿La razón?: numerosos nobles del sur de Francia, movidos por la sed de aventuras, redención de sus pecados y –cómo no- riquezas, partían en aquellos años en cruzada hacia Tierra Santa. Su prolongada ausencia era con frecuencia aprovechada por aquellos de sus rivales que se quedaban en Europa para inmiscuirse en sus asuntos, arrebatarles territorio o someterlo a su dominio. Entre esos señores y príncipes usurpadores, el propio rey de Francia, deseoso de restablecer el dominio que los carolingios detentaron sobre todos los territorios de su imperio, destacaba por su agresividad. Así que, nada mejor para proteger sus intereses en el propio terruño que recurrir a otro rey como el de Aragón, vecino, poseedor también de territorios patrimoniales en el mediodía francés (el que, en razón de la lengua allí hablada -el occitano- viene a denominarse como Occitania) y cuya cruzada contra el Islam no le llevaba a alejarse del territorio de la península ibérica. El rey de Aragón era, pues, para los occitanos, el protector de su autonomía y sus derechos.

 

Monolito en el memorial de Muret


Ante esta situación, los reyes de Francia, carentes de todo pretexto para poner bajo su “protección” los territorios de los ausentes nobles cruzados occitanos, miraban con frustración y recelo la influencia aragonesa en el sur del que entendían debía ser su dominio reservado. Incluso reclamaban que Barcelona y los demás condados catalanes que progresivamente se iban incorporando a la Corona de Aragón no debían serlo, ya que pertenecían a la Marca Hispánica que crearon los emperadores carolingios a finales del siglo VIII. La relación establecida por los señores occitanos con el rey de Aragón era de vasallaje feudal, una institución inviolable en aquella época, y que estaba sacralizada por los Papas, el derecho y la sociedad. De acuerdo con ella, los señores occitanos habían entregado sus respectivos condados al rey de Aragón, y este se los devolvía para que los administrasen con total lealtad a su persona (incluyendo determinadas ventajas económicas). A cambio, el rey se obligaba a defender con su espada y todos sus recursos los intereses de estos sus nuevos vasallos, incluyendo su independencia e integridad territorial frente al propio rey de Francia. El rey de Aragón se había convertido así, especialmente para la leyenda, en el paladín protector de la independencia y las libertades de la mayor parte de Occitania.


Así que el rey de Francia debía inventar algo que hiciese pedazos ese acuerdo feudal de lealtad entre la Corona de Aragón y los señores de Occitania. La ocasión la sirvió en bandeja la extensión de la herejía cátara (también conocida como “albigense”, en referencia a los habitantes de la ciudad occitana de Albi, uno de sus focos más representativos) en Occitania a lo largo del siglo XII. La situación de excepcionalidad que suponía una cruzada contra los herejes era ideal para poder intervenir de forma contundente (entiéndase “violenta”) en los territorios occitanos infeudados al rey de Aragón y cometer todo tipo de tropelías que perjudicasen la calidad de los aragoneses como protectores de los occitanos.
Así pues, aprovechando sus estrechas relaciones con el Papa Inocencio III, el rey de Francia consiguió que éste predicase en 1209 una cruzada contra los herejes albigenses. Se puso al frente de dicha cruzada a un noble guerrero francés de origen anglonormando, Simón de Montfort, conde de Leicester.  Montfort era reputado por su fanatismo religioso que combinaba sin ningún problema con la más implacable y extremada crueldad con sus enemigos, e hizo gala de estas cualidades en esta cruzada, que fue convenientemente financiada por Francia.

 

Placa conmemorativa de la muerte de Montfort en las murallas de Tolosa: “la piedra cayó directamente donde era necesario”


La primera acción de Montfort fue la de atacar al principal protector de los cátaros, Raimundo Roger Trencavel, vizconde de Carcasona, Besièrs (en francés, Béziers), Albi y Rasés (en francés, Rasez), quien se rindió tras un largo asedio a la ciudad de Carcasona y que murió sospechosamente a los dos meses de ser hecho prisionero, siendo su familia desposeída de sus derechos sucesorios, que pasaron a manos de Simón de Montfort. Así, éste se convertía, paradójicamente, en uno de los vasallos del rey de Aragón: el cáncer ya estaba dentro. En su doble carácter de cruzado y de vasallo del rey aragonés, no dudó en desplegar una indiscriminada campaña de destrucción en Occitania que nada tenían que ver con las obligaciones de lealtad que también debía al rey, cuyas llamadas a la moderación en la represión (Pedro II, apelado “El Católico”, rechazaba la herejía cátara) eran sistemáticamente ignoradas por Montfort.
El episodio más ilustrativo de la actitud de los cruzados de Montfort y de la del Papa se había producido un poco antes, en el sitio de Bèsiers, en el que, al entrar en la ciudad, y ante la duda de saber a quiénes tenían que masacrar por no distinguirse en apariencia los cátaros de los católicos, el legado papal Arnaldo Amalrico respondió: “¡Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos!” Suficiente para Montfort, que asesinó con esta consigna a más de 7.000 personas.


Montfort continuó su ofensiva dirigiendo su acción contra los condados de Tolosa y Fois (en francés, Foix), quienes presentaron batalla en septiembre de 1211 en Castèlnòu d’Arri (en francés, Castelnaudary) con un resultado incierto. Los aliados occitanos pidieron ayuda al rey de Aragón quien intentó una mediación entre las partes que, tras la campaña de las Navas de Tolosa, se dio por fracasada, lo que determinó a Pedro II a pasar los Pirineos con el ejército aragonés (lo hizo por el puerto de Gorgutes, o de la Glera, en la Bal de Benás) en el verano de 1213 para cumplir con su deber de auxilio de sus vasallos. Una tropa de refuerzo de Cataluña también se puso en marcha desde el litoral mediterráneo, entrando en Occitania a través del Rosellón, aunque retrasada con respecto al cuerpo de ejército aragonés. La situación que encontró Pedro fue la de un ejército cruzado ya muy disminuido por las deserciones y escasez de recursos (unos 700 u 800 caballos y unos pocos centenares de peones) que se encontraba sitiado en la villa de Muret, a orillas del río Garona, por un ejército de más de 5.000 peones (podrían llegar incluso a 10.000) de las milicias urbanas de Tolosa, Montaubán y su comarca (poco experimentados) y entre 1.000 y 2.000 guerreros a caballo de Occitania y mercenarios de otras procedencias. Las tropas aragonesas consistían en 800 guerreros a caballo experimentados, siendo de suponer que la mayoría de ellos eran veteranos de la batalla de las Navas de Tolosa.


     A la vista de la superioridad del ejército aliado, Pedro decidió entablar el combate el 13 de septiembre de 1213 sin esperar a los 600 jinetes catalanes del cuerpo de reserva que todavía se hallaban a varios días de marcha de Muret. El propio Jaime I, que entonces contaba con seis años de edad, presenció los hechos, y así nos los cuenta (según su interpretación) en su Llibre dels feits:


Simón de Montfort estaba en Muret, acompañado exactamente de ochocientos a mil hombres de a caballo y nuestro padre vino sobre él cerca de aquel lugar donde él estaba. Y fueron con él, de Aragón: Don Miguel de Luesia, Don Blasco de Alagón, Don Rodrigo Liçana, Don Ladrón, Don Gómez de Luna, Don Miguel de Rada, Don Guillem de Puyo, Don Aznar Pardo y muchos otros de su mesnada y de otros de los cuales no nos podemos recordar. Pero bien recordamos que nos dijeron aquéllos que habían estado y conocían el hecho, de que salvo Don Gómez de Luna, Don Miguel de Rada, Don Aznar Pardo y algunos de su mesnada que murieron, los otros lo abandonaron en la batalla y huyeron. Y fueron, de Cataluña: Dalmau de Creixell, N'Hug de Mataplana, Guillem d'Horta y Berenguer de Castellbisbal; éstos huyeron con los otros. Sin embargo, bien sabemos con certeza, que Don Nuño Sanç y Guillem de Montcada, que fue hijo de Guillem Ramon de Montcada y de na Guilleuma de Castellví, no estuvieron en la batalla, pero enviaron mensajeros al rey diciéndole que los esperara, y el rey no les quiso esperar, y dio la batalla con aquéllos que eran con él. Y aquel día que dio la batalla había yacido con una mujer, ciertamente que Nós oímos decir después que durante el Evangelio no pudo estar derecho, sino que permaneció sentado en su sitial mientras que se decía misa. 
Y antes de que tuviera lugar la batalla, Simón de Montfort quería ponerse en poder suyo para hacer aquello que el Rey quisiera, y quería avenirse con él; y nuestro padre no lo quiso aceptar. Y cuando el conde Simón y aquellos de dentro vieron eso, hicieron penitencia y recibieron el cuerpo de Jesucristo, y dijeron que más se amaban morir en el campo que en la villa. Y con eso, salieron a combatir todos a una, de golpe. Y aquéllos de la parte del rey no supieron formar las líneas de batalla ni ir juntos, y cada caballero acometía por su lado, y acometían contra las reglas de las armas. Y por la mala ordenación, y por el pecado que tenían en ellos, y también porque de los que estaban a dentro de la plaza no encontraron merced, la batalla tenía que estar perdida. Y aquí murió nuestro padre. Y así siempre lo ha seguido nuestro linaje, en las batallas que ellos han hecho y en las que Nós haremos, que es vencer o morir. Y Nós permanecimos en Carcassona, en poder del conde, porque él nos hacía educar y era señor de aquel sitio.


Jaime alude a dos causas para la derrota: una de orden “moral”, como era la de no guardar la norma ceremonial de la castidad la víspera de una batalla, y otra de mando y organización. Hay que señalar también que, estando en el momento más desesperado de su cruzada, Montfort se hizo acompañar en esa campaña por una pléyade de obispos y abades, para reforzar la moral de sus hombres con la idea el respaldo divino a sus actos. Algunos de estos dignatarios de la Iglesia fueron hasta tres veces hasta el campamento de Pedro, andando descalzos (en señal de sumisión) desde Muret, sin que el rey aceptase a recibirles.
Así las cosas, Montfort decidió un golpe de audacia: salió de Muret a todo galope con su caballería pero, en vez de dirigirse contra las líneas de los aliados, enfiló hacia el sur, en lo que parecía ser claramente la huída de quien se daba por derrotado. Podemos imaginar a los entusiasmados soldados occitanos rompiendo sus filas y volviéndose hacia su campamento de sitio. Sin embargo, en ese preciso momento, los caballeros cruzados detuvieron su falsa huida, volvieron grupas y se lanzaron contra la desprevenida tropa enemiga. El rey de Aragón, que por seguridad había intercambiado antes de la batalla su armadura con la de otro caballero, al verse acosado por la caballería de Montfort gritó varias veces: “¡Soy el rey!”, con la intención de dejarse tomar prisionero antes que hacer peligrar su vida. O costumbre en la época era esto, lo cual proporcionaba enormes beneficios económicos y políticos a los captores. Parece ser que sus atacantes no lo creyeron o entendieron y acabaron con su vida y con la de sus acompañantes. Posteriormente, en lo que fue un combate breve pero intenso, los cruzados se dedicaron a masacrar a todos los peones occitanos que huían desordenadamente.


La victoria cruzada hizo de Montfort conde de Tolosa, pero hay un epílogo: tras rearmarse en la Corona de Aragón, el desposeído conde Raimundo VI y su hijo Raimundo VII desembarcaron en agosto de 1216 en Marsella, derrotaron a Montfort y ocuparon de nuevo Tolosa. Montfort consiguió reorganizarse y poner la ciudad bajo asedio en 1218. El 25 de junio de ese año, un equipo de mujeres a cargo de una catapulta instalada en la muralla de la ciudad lanza un proyectil que impacta sobre la cabeza del mismísimo Simón de Montfort que se hallaba dirigiendo sobre su caballo las operaciones bélicas. El hecho no solo se ha considerado como una venganza por la muerte de Pedro II de Aragón, sino que también ha marcado toda una efemérides en el imaginario occitanista, que celebra cada 25 de junio el Día de la Mujer Occitana.


La guerra continuó durante años -con la intervención de tropas aragonesas en diferentes momentos- en un intento desesperado por recuperar el estado de cosas anterior a la cruzada albigense. Sin embargo, el rey de Francia invadió Occitania sin ningún reparo en 1226 y obligó al conde de Tolosa a firmar un tratado de paz de condiciones leoninas (el tratado de Meaux o de París) que, de hecho, determinaron la incorporación de los condados occitanos a la corona francesa, el fin de sus libertades, la progresiva implantación de la lengua francesa a costa de la occitana y el alejamiento de toda pretensión aragonesa opuesta a la anexión francesa.
Al igual que hacemos los aragoneses cada 20 de diciembre ante el monumento al Justiciazgo en la Plaza de Aragón de Zaragoza, conmemorando la invasión castellana de 1591 y el asesinato del Justicia, y haciendo de ese día el de las Libertades Aragonesas, los occitanos han hecho del 13 de septiembre el día de las Libertades Occitanas, poniendo flores ante el monolito que en una rotonda de Muret recuerda hoy día la batalla. Dos pueblos hermanos con vínculos históricos y un desgraciado destino para su progreso, cultura e identidad. Un buen motivo para aprovechar este año de conmemoración, viajar a conocer Occitania y acompañar a estas gentes en Muret este 13 de septiembre de 2013 compartiendo nuestros sentimientos comunes.

 

Estela conmemorativa de Muret, en donde está inscrito en occitano: “En conmemoración del VII centenario de la batalla de Muret, en donde el rey Pedro, aragoneses, catalanes, lenguadocianos y gascones cayeron en defensa de las Libertades. Dedicado el 12 de septiembre de 1913”

(Foto: Os Zerrigüeltaires)

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