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Aragón y su historia

Jerónimo Zurita o el valor cívico de la Historia

Jerónimo Zurita o el valor cívico de la Historia

Por Miguel Martínez Tomey, director de la Fundación Gaspar Torrente

 

Hoy quiero hablar de Jerónimo Zurita. Pero no de su biografía, sino de lo que significa su obra y la de todos los cronistas de Aragón. Y no porque se hayan cumplido quinientos años de su nacimiento sino, precisamente, porque recientemente el Ministro de Cultura, contestando a preguntas del único diputado aragonés que ejerce de tal –Chesús Yuste- despachó expeditivamente su respuesta con un “No está programada ninguna actuación cultural al respecto del quinto centenario de Jerónimo Zurita”. ¿Comparte tal vez el ministro las imputaciones que le hacía a Zurita el historiador y cosmógrafo castellano Alonso de la Cruz (contemporáneo suyo) de parcialidad a favor de Aragón y poco afecto hacia Castilla? Quiero pensar que no, ya que a estas alturas parece generalmente admitido que Zurita fue uno de los historiadores más profesionales y pulcros en cuanto al sustento documental del relato histórico que hayan existido en tiempos pasados. Otra cosa es lo que los documentos pongan de relieve y lo que guste o disguste a unos y a otros, entonces y ahora.

¿Será que, cuando hablan los documentos, cuentan demasiadas cosas que a los poderes dominantes en la actualidad no les gusta leer? ¿Será por eso por lo que se relega al olvido la Historia de Aragón? ¿Será por eso por lo que otros llegan a falsificar o, en su caso, a destruir documentos para fabricar otra Historia que glorifique lo que “se debe” glorificar y haga desaparecer lo que no se quiere que se sepa? Creo que este es el valor y, a la vez, la amenaza que para algunos representan ejemplos como el de Zurita. Y es que, en lo que a la Historia de Aragón se refiere, lo que cuentan los documentos es con frecuencia tan clamorosamente rompedor de los clichés oficiales, que no extraña la inquietud de algunos.

Nuestros antepasados eran conscientes de ello y del valor de la Historia para un país como Aragón. De ahí que los reyes aragoneses tuviesen cronistas empleados en sus cortes desde 1375 y que, posteriormente, las Cortes de Aragón creasen ese empleo a sueldo de la Diputación del Reino a partir de 1495, a propuesta de don Alonso de Aragón, arzobispo de Zaragoza. La fijación de los hechos históricos, soportados por la documentación y un método depurado que permitiese reflejar la verdad fue considerado como de interés general en Aragón, y Zurita fue el más preclaro exponente de ese afán. Las interpretaciones de los hechos siempre son posibles, y saludables, pero siempre que no se apuren hasta el delirio de negar, destruir, adulterar o, simplemente, ignorar los hechos constatados y documentados.

¿Y por qué considerarlo de “interés general” en Aragón? Se dice que el pueblo que no conoce su propia Historia está condenado a repetirla. Evidentemente, la Historia no se repite, pero a menudo tiende a trazar paralelismos, a modo de espiral, en los que identificamos tendencias y situaciones que evocan o reproducen en alguna medida vivencias ya experimentadas. Comprender esta dinámica del comportamiento humano a través de los tiempos nos ayuda a interpretar con mejor criterio nuestra realidad actual y a tomar las riendas de hacia dónde queremos encaminar nuestro futuro. No me resisto a reproducir unas palabras de José María Pedreño Gómez, Presidente de la Federación Estatal de Foros por la Memoria, con las que –en el marco del III Congreso Internacional Historia a Debate (julio de 2004) reflexionaba sobre esta afirmación:

“...deberíamos matizarla añadiendo que "el pueblo que no conoce su historia no comprende su presente y, por lo tanto, no lo domina, por lo que son otros los que lo hacen por él" . Ese dominio se manifiesta en lo ideológico-cultural, en lo económico y en lo político. El desconocimiento provoca falta de comprensión sobre los procesos históricos que han dado como resultado nuestro presente, generando un profundo déficit democrático que se sustancia día a día en una sociedad despolitizada y poco participativa. Vivimos una democracia de bajo nivel y una de las causas es que está asentada sobre la desmemoria. Estamos construyendo nuestra historia como pueblo no con nuestro guión, sino con el de los que promovieron (y promueven) el olvido. No somos, realmente, dueños de nuestro presente, porque sólo conocemos nuestro pasado vagamente.”

Si la obra de Zurita y de la generalidad de los cronistas de Aragón de los siglos pasados levantaba recelos en la corte de Madrid, en los días que nos han tocado vivir, la Historia de Aragón, tan fecundamente evocada y estudiada durante los aproximadamente 15 primeros años de régimen democrático, ha pasado a ser una materia excesivamente incómoda para nuestros poderes públicos de hoy día como para reconocer en ella una herramienta intelectual susceptible de mejorar la capacidad de desarrollar criterio y perspectiva del pueblo aragonés. La verdad registrada por los cronistas servía para fortalecer la idea de Aragón en los siglos pasados. En los siglos actuales, simplemente, se considera indeseable y hasta peligroso.

Son precisamente quienes detentan la responsabilidad de trasladar su adecuado conocimiento al currículum educativo aragonés los más reacios a enseñarla y a suscitar el debate y la opinión que su interpretación debería generar en una sociedad que, se supone, considera la capacidad crítica como uno de los activos más preciados para la convivencia en democracia.

Frente a este ignominiosa política de desmemoria, ignorancia y dóciles encefalogramas planos de los que se nutren las lealtades ciegas, otros creemos que la Historia, hoy como siempre, sirve para mucho más que para dar “ambiente” a los argumentos literarios del género –hoy tan en boga- de la novela histórica. El conocimiento de la propia Historia y la reflexión sobre la misma aporta las referencias que ayudan a ubicarse en el mundo a los colectivos humanos que tengan una mínima vocación de contribuir en algo a su propia libertad y progreso y al del resto de la Humanidad. Esa sabiduría es precisamente la que hace a los pueblos conscientes de sus grandezas y miserias, reafirmando la autoestima de las personas en la conformación de su sentido cívico, al tiempo que destierran el abominable orgullo irracional de los nacionalismos excluyentes. Reivindiquemos, pues, la Historia como una más de las muchas herramientas intelectuales de análisis de nuestro mundo, nuestros problemas y nuestros desafíos de hoy, frente a su desprestigio, su olvido calculado o la manipulación que otros ejercen de la comprensión de nuestra realidad. 

 

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