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LITERATURA

Ahora que de casi todo

Por Enrique Cebrián Zazurca

Hace veinte años, el poeta Luis García Montero tenía la edad que yo tengo hoy y publicaba, en Visor, “Habitaciones separadas”, un libro que marcaría un hito importante en la poesía en español de finales del siglo XX y cuya estela no se ha borrado todavía. Hace veinte años, yo estudiaba BUP y escribía unos versos muy malos, desorientados, unos versos que no sabían hacia dónde caminar porque carecían de brújula que marcara una dirección estética y ética. Pero un día mi amigo Luis apareció con un ejemplar de “Habitaciones separadas” y me ayudó, como el que ayuda a alguien a abandonar a una mujer que no le ama o a encontrar el último bar abierto de la ciudad.

Conmemorando esos veinte años, la editorial Visor ha publicado “Habitaciones separadas (20 años sí es algo)”. Se trata de una nueva edición de la obra, en la que distintos poetas españoles e hispanoamericanos van comentando cada una de las treinta y dos composiciones. Leyéndolo, me he dado cuenta de que, pese a la importancia que tuvo para mí ese libro, lo leí entonces muy mal. Mejor dicho, muy fragmentariamente y sin una idea clara de conjunto. Creo que me ha servido el volver en profundidad sobre él, aunque solo sea para albergar la ilusión de poder desandar el tiempo y mejorar algo que quedó hecho a medias. También he subrayado frases de los comentarios. Por ejemplo, estas de Erika Martínez: “Escribir un poema no es imitar la vida, es crear un tiempo suplementario. Vivir más”. O estas, de Javier Bozalongo: “Nosotros cambiaremos, inevitablemente, con el paso de los años, pero ese poema, inmutable en su forma y en sus palabras, cambiará con nosotros y sabrá ser cada vez, en cada lectura, el poema que estamos esperando, el libro que queremos volver a leer”. Este prodigio cierto del que habla Bozalongo lo siento, sobre todo, con dos poemas de “Habitaciones separadas”, dos poemas que se amarraron a mí y que nunca se han desprendido. Uno de ellos es “Life Vest under Your Seat”, al que vi desde el principio como el emblema de una forma de escritura y cuya música no he logrado sacar de mi cerebro. El otro es “Primer día de vacaciones”, un poema a cuyas imágenes mi mente siempre vuelve cuando, en la última hora de las tardes de verano, entro en el mar de Sirualas y, como el personaje del poema, decido nadar hasta la boya.

 

Como una forma de agradecimiento, le he regalado un ejemplar de estas nuevas “Habitaciones separadas” a mi amigo Luis. Él me pidió que le pusiera una dedicatoria y yo me acordé de otro poeta y escribí: “Ahora que de casi todo hace ya veinte años…”.

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