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A propósito de SORTU

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Hagamos algo de historia... En la Florencia renacentista un tipo llamado Nicolás Maquiavelo tuvo la genial y entonces revolucionaria idea de separar la moral de la política. Años después, en el ambiente europeo de la Contrarreforma, este hombre fue presentado como un cínico, como el anticristo; sus obras fueron incluidas en el “Índice” y fue quemado simbólicamente en efigie. Su recuerdo, especialmente en la tradición española, va unido a unas connotaciones negativas que han pasado incluso al diccionario. Sin embargo, nadie duda hoy del inmenso avance que supuso escribir en aquel momento, y con esa claridad, algunas de las cosas que Maquiavelo escribió y nadie duda hoy tampoco de que estamos ante el padre de la moderna idea de política, entendida como práctica y como saber autónomos.
Andando el tiempo, las revoluciones liberales que fueron la cuna de los sistemas político-democráticos que hoy disfrutamos en Occidente no olvidaron el fondo de esta idea y fueron capaces de vencer al absolutismo con el arma de la razón y del Derecho, colocando el imperio de la ley allí donde antes estaba la voluntad arbitraria y despótica de un monarca.
Si recuerdo todo esto es para no perder de vista de dónde venimos y para no olvidar en dónde estamos. Muchas cosas, afortunadamente, han mejorado desde entonces, pero el núcleo de nuestro modelo de convivencia y organización, también afortunadamente, continúa siendo el mismo: nuestras armas siguen siendo el Derecho y la razón, especialmente para enfrentarnos a aquéllos que utilizan otras armas. Y cuando algunos de los que empuñan esas otras armas dicen que han cambiado –o cuando algunos de los que les jalean afirman que se terminaron los aplausos– nuestras armas deben seguir siendo la razón y el Derecho. Y será legítimo y comprensible y hasta necesario que los observemos con una sana desconfianza. Pero, al final, será el Derecho el único que nos dará una solución. Para jugar hay que cumplir las reglas y éstas son estrictas. Ahora bien, no podemos cambiarlas a mitad de partida e introducir nuevas. Del mismo modo que tampoco podemos medir hasta qué punto se cree sinceramente en ellas (entre otras cosas, porque es imposible). Iríamos en contra de lo que nos ha hecho ser nosotros mismos. Simplemente, demostremos –por encima del escepticismo, de la esperanza, de la alegría o del miedo– que la única fuerza es la fuerza de la democracia y de la ley. Nada más y nada menos. Nada menos, pero tampoco nada más.


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