Confusión

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Pocos seres humanos han sido o son de una pieza. Somos gente que nos movemos por la vida en una u otra escala del gris. Los santos y los demonios sirven como arquetipos, como personajes ideales para una historia de buenos y malos con moraleja, pero la realidad suele venir cargada de mucha mayor complejidad.
Digo esto a cuento de las noticias que informan de que Francia ha dado marcha atrás en el homenaje que pensaba rendirle a Céline, y que no tendrá lugar por el antisemitismo que el escritor defendió.
La organización de la esfera pública de una sociedad adulta y democrática debe huir de las viejas soluciones prefabricadas, absolutas y siempre infalibles, cuyos desastres nos ha enseñado la historia. El peligro que hoy nos acecha no viene armado con hoces y martillos, ni levanta el brazo en saludo romano; es un reptil silencioso que se cuela por las cañerías del edificio sin que nos demos cuenta. Por eso es, en cierto modo, más peligroso. Se trata de la ya famosa “corrección política”, que invade nuestras mentes y nuestro lenguaje (son la misma cosa) y que premia o condena sin paliativos, absolutamente, sin conocer matices, sin establecer diferencias, sin creer que los ciudadanos podamos tener la inteligencia o el criterio suficientes para formarnos nuestras propias ideas, para discernir, para comprender. Es ésta una operación puesta en marcha a partes iguales por arrogantes y por pacatos.
Debemos defender el derecho a los matices porque, de ese modo, podremos construir una imagen más exacta de la realidad. Y poder decir, sencillamente, cosas como las que Henri Godard –especialista en Céline– ha dicho: “Es un inmenso escritor francés, el más traducido y difundido en el mundo después de Proust (…) Aparte de eso, es un auténtico cabrón”. Los motivos extraliterarios no deberían ser causa para sepultar el valor de una obra literaria, ni para no homenajear al escritor (no a toda la persona, ni al ciudadano).
Todo esto recuerda –aunque el valor literario sea comparativamente menor– a aquella gente que estuvo décadas en España sin leer una sola línea escrita por la generación de escritores falangistas, de aquéllos como Sánchez Mazas o Foxá, de quienes Andrés Trapiello dijo certeramente que “habían ganado la guerra, pero habían perdido la historia de la literatura”.
Este año conmemoramos el centenario de la muerte de Joaquín Costa. Fue Costa una personalidad poliédrica, compleja, una parte de cuyo legado tiene una gran vigencia y actualidad, pero también fue un hombre que tuvo sus zonas de sombra. Esperemos que todo pueda ser dicho sin aspavientos y que no se apropien de su memoria ni un españolismo acrítico, ni un aragonesismo que tiene en su figura –con mayor o menor fundamento– a uno de sus tótems sagrados.
No dejemos que nos traten como a idiotas. No caigamos en las sutiles trampas de quienes quieren hacernos confundir el culo con las témporas.


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