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La Universidad de la Experiencia.

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Estos últimos días he tenido la oportunidad de volver –un curso más– a las clases de la Universidad de la Experiencia y pocas experiencias, nunca mejor dicho, pueden resultar más gratificantes para quienes nos dedicamos a la docencia. El interés y la atención con los que estas mujeres y hombres escuchan a los que por allí pasamos y el afán por el conocimiento que demuestran deberían hacernos reflexionar muy seriamente. Su actitud, sobre todo en comparación con la desgana de algunos jóvenes estudiantes, es digna de elogio y de admiración. Estos alumnos derriban la pretendida equiparación entre jubilación e inactividad, a la vez que descubren, con su comportamiento, la falsedad de algunos dogmas de nuestra sociedad. Es evidente que la educación tiene distintos fines, legítimos todos ellos, y que ninguno debe caer en saco roto. Pero desde hace un tiempo tengo la impresión de que hemos llegado a confundir el saber con la cuenta de beneficios. Cuando sólo es útil lo que se puede valorar rápido y en monedas, cuando se cree que es absurdo que la educación y la cultura se hagan presentes más allá de una determinada edad, el éxito –en todos los sentidos– de la Universidad de la Experiencia es una bofetada en la cara de los que deberían suspender irremisiblemente por haber estudiado sólo una parte –y no la más importante– del temario.


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