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Un dios salvaje, comedia revestida de triller

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Título original: Carnage
Año: 2011
Nacionalidad: Francia
Dirección: Roman Polanski
Guión: Roman Polanski y Yasmina Reza, sobre la pieza teatral de ésta
Música: Alexandre Desplat
Fotografía: Pawel Edelman
Reparto: Jodie Foster, Kate Winslet, Christoph Waltz, John C. Reilly
Duración: 79 minutos

Sinopsis: Dos matrimonios de Nueva York se citan en casa de uno de ellos para discutir y solucionar el incidente que ha tenido lugar entre sus hijos, uno de los cuales ha agredido y hecho perder dos dientes al otro.

Comentario: Roman Polanski adapta la exitosa obra teatral de Yasmina Reza trasladándola a Nueva York a pesar de haberse rodado íntegramente en un apartamento parisino a causa de los problemas del director franco-polaco con la justicia estadounidense. Escrita en colaboración con la autora durante el periodo en que se encontró detenido durante su vista de extradición a aquel país, Polanski construye en apenas ochenta minutos una riquísima comedia revestida de thriller en la que deja patente su dominio de los espacios limitados, como ya hiciera tiempo atrás, por ejemplo, en La muerte y la doncella (Death and the maiden, 1994). El texto de Reza, brillante, chispeante, lleno de ironías y sarcasmos explícitos y de sardónicas y agudas lecturas implícitas lanzadas siempre contra lo bienpensante, lo políticamente correcto, encaja a la perfección con el absoluto dominio de la escena de Polanski, que consigue multiplicar el apartamento de Penélope (Jodie Foster) y Michael (John C. Reilly), escenario único en el que tiene lugar la película, a través de la fragmentación de sus espacios y el constante cambio de angulaciones y posicionamientos de la cámara, a fin de librarse de las limitaciones de un visionado en las dos dimensiones teatrales pero consiguiendo conservar toda la esencia de esa atmósfera hogareña, plácida y civilizada que con el paso de los minutos se convierte en asfixiante, incómoda, desasosegante y repleta de violenta tensión.

La precisión del guión resulta comparable a su magnífico ritmo, capaz de condensar los riquísimos diálogos y la amplia variedad de los temas enunciados y sobrentendidos en menos de hora y media, y a sus sobresalientes interpretaciones, en las que quedan retratados desde la hipocresía social al histerismo más furibundo, la socarronería más insolente y la violencia verbal más incontenible. Los ataques del texto contra no pocos de los lugares comunes que presiden de manera un tanto falsa las relaciones humanas hacen que el espectador se vea a la vez identificado con los personajes y disfrute con la malicia con la que cada frase de guión ataca y derriba todos y cada uno de los pilares sobre los que construimos nuestra vida e identidad exteriores y se revela una auténtica naturaleza oculta, más cercana al egoísmo instintivo de cualquier especie animal que a la racionalidad social impuesta por las necesidades de la convivencia y la ansiada aceptación colectiva por los otros en el grupo más predominante.

Los intensos momentos de enfrentamiento personal, cuyos adversarios y aliados varían constantemente en función de los distintos temas que sirven de excusa a la prolongación del encuentro (el incidente entre sus hijos, la juventud actual, las relaciones entre padres e hijos, la vida matrimonial, el machismo, los hombres y las mujeres) vienen acompañados de hilarantes y nada gratuitas guindas de comicidad que ponen de manifiesto el absurdo, el patetismo y la falsedad de una impostada y pretendidamente civilizada conducta social, mientras que apenas se rasca en la superficie de los seres humanos sale enseguida a la luz una naturaleza egoísta, rencorosa, conflictiva, producto de las insatisfacciones y frustraciones propias. Así sucede con Penélope y Michael, respectivamente una escritora adinerada que lava su conciencia de burguesa acomodada dedicándose a escribir libros sobre las tragedias humanitarias de África y un vendedor de artículos de decoración, un patán amable que dentro esconde un bruto sin cerebro, pero también con Nancy (Kate Winslet), atrapada en un matrimonio infeliz y carente de sueños y ambiciones propias, y Alan (Christoph Waltz, magnífico, el que se lleva la película de calle gracias a atesorar las mejores y más punzantes, hirientes y sarcásticas frases del guión), un abogado al que el teléfono móvil no deja respirar ni un segundo, pero que en el fondo utiliza su ocupada agenda para huir de una vida familiar insatisfactoria.

Polanski y Reza muestran así las inconsistencias y contradicciones de la vida moderna, de la patética y absurda vida de quienes, prisioneros del “qué dirán”, hacen de su vida una proyección de lo políticamente correcto, una hipertrofia del actual mundo de apariencias, fundamentadas en la publicidad y en la aceptación social como parte del grupo gracias a superficiales signos exteriores, de los esclavos de la imagen pública, una vida fomentada desde los medios de comunicación, la moda, la tecnología mal entendida y el consumismo desaforado, y que se basa en una manipulada idea la realización personal indisolublemente ligada al éxito y reconocimiento sociales.

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