DIARIO ARAGONESEspecialesAragón y su historiaEl astuto rey Ramiro II el Monje y el nacimiento de la Corona de Aragón

El astuto rey Ramiro II el Monje y el nacimiento de la Corona de Aragón

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La creación del reino de Aragón, que se produce cuando Ramiro, hijo del rey Sancho el Mayor de Pamplona, accede al gobierno del antiguo condado en el año 1035, significó la reaparición de Aragón como entidad política tras un siglo de unión con el reino de Pamplona. Pero en esta ocasión, su irrupción se produjo con tal pujanza que a lo largo de un siglo se extenderían sus fronteras hasta el corazón de las montañas de la cordillera ibérica. En un siglo el territorio aragonés se triplicó, aumentando su influencia política y militar sobre los Estados vecinos del sur de Francia, Navarra, Castilla y León.

En ese tiempo se consolida la legitimidad de la nueva monarquía aragonesa mediante la infeudación del Reino de Aragón a Roma, producida tras el viaje que hizo Sancho Ramírez a la capital de la cristiandad en el año 1068. Desde ese momento no sólo se consiguen fortalecer los títulos de soberanía de los monarcas aragoneses, sino que el país se abre al resto de Europa con la sustitución de la liturgia mozárabe por la romana en iglesias y monasterios, el reforzamiento de las relaciones comerciales a través del puerto de Somport, la revitalización de Jaca como capital del reino, sede episcopal y centro mercantil (repoblándose con gran cantidad de inmigrantes ultrapirenaicos), la acuñación de moneda jaquesa y el ímpetu militar en campañas realizadas con la colaboración de numerosos señores feudales del Norte. Fue en ese contexto como se produjo la que algunos consideran la primera cruzada de la Historia en 1063 (la de Barbastro), a cuyo llamamiento acudieron tropas llegadas desde Gascuña, Francia, Normandía y Urgel.

El Reino de Aragón, que estableció una frontera militar con el mundo islámico fortificada con una línea de castillos en el límite entre la montaña y el llano, comenzó a lanzar ataques, cada vez más audaces hacia el Sur y a amenazar las principales ciudades de la Marca Superior de Al-Andalus hasta ir apoderándose de ellas una a una. Así, fueron cayendo progresivamente en manos aragonesas bajo el liderazgo de Ramiro I, Sancho Ramírez, Pedro I y Alfonso I Graus, Barbastro, Alquézar, Huesca, Zaragoza, Tudela, Tarazona, Calatayud, Daroca…

Fue Alfonso I, conocido por el sobrenombre de “El Batallador”, quien llevó el engrandecimiento militar, político, económico y territorial de Aragón a su máximo exponente. Y, sin embargo, el mismo espíritu batallador, impregnado de un idealismo mesiánico sobre la misión sagrada de su reino en la recuperación de los Santos Lugares, fue la causa de la gravísima crisis política y militar que, a su muerte en el año 1134, casi dio al traste con cien años de progresos aragoneses.

Efectivamente, el invencible e idealista rey guerrero, murió justo después de sufrir su única derrota militar de importancia, que cosechó en julio de 1134 ante los muros de la ciudad de Fraga. Su muerte, dos meses después, se produjo sin tiempo a reorganizar el ejército aragonés frente a un previsible contraataque musulmán. Para empeorar todavía más las cosas, llevado por su fervor religioso y cruzado, Alfonso había legado en su testamento todo su reino, sus habitantes y sus bienes a Dios y a las órdenes militares, especialmente a la del Hospital de los pobres de Jerusalén.

Así lo dispuso, literalmente, Alfonso I:

“En el nombre de Cristo y de su divina clemencia. Yo Alfonso, rey por la gracia de Dios, hago esta carta de donación y confirmación al Señor Dios y al Hospital de los pobres de Jerusalén. Me place con ánimo liberado y voluntad espontánea y por causa del amor a Dios y para la remisión de mis pecados y de los de mis familiares.”
“Otorgo y concedo al dicho Hospital cuanto yo poseo, a los hombres como a las mujeres de toda mi tierra, esto es, castillos, villas, todos los hombres, casas, posesiones, tierras, viñas, todas aquellas cosas que hoy tiene el Hospital o sus hombres que sirven a Dios; y todo cuanto se pueda añadir, aumentar y ampliar en toda mi tierra, sea en honor y para herencia propia de Dios y del Hospital de los pobres de Jerusalén.”
“Igualmente autorizo y concedo que los caballeros que me dieron vasallos para los castillos o villas en toda mi tierra con todos sus censos, entreguen los censos al Hospital y queden para éste para siempre; y ningún hombre o señor pueda comprar, vender o cambiar a aquellos hombres por otros sin voluntad del Hospital de Jerusalén.”
“Y todo esto lo concedo y lo entrego para que lo posean ingenuo, libre, franco, permanente y seguro por todos los siglos.”
“Y cualquier hombre o mujer que quiera quebrantar este testamento y mandamiento sea extraño al Cuerpo de Cristo y con Datán y Abirón y con el traidor Judas sea condenado al infierno, amén. Y a mí o a mi regia persona pague con mil morabetinos o con su cuerpo.”
“Hecha esta carta en el mes de julio de 1134, en el sitio de Fraga.”

El desconcierto que generó este testamento en medio de las repentinas amenazas que se cernían sobre Aragón fue absoluto y sus consecuencias podían haber reducido a la nada las conquistas de todo un siglo.

En toda la zona fronteriza la población cristiana recién asentada se vio presa del pánico. Entre 1135 y 1136 los musulmanes recuperaron Mequinenza, Ontiñena, Sariñena, Chalamera, Pomar de Cinca, parte del Bajo Aragón y Monzón. Los aragoneses abandonaron Pina, Alfajarín y Velilla, y dejaron indefensas todas las tierras al sur de Daroca hasta las Cellas y Singra, en los confines de las tierras conquistadas por Alfonso I.

Sin embargo, existía otra amenaza: la del rey de León y nuevo rey de Castilla, Alfonso VII, deseoso de recuperar la influencia y los territorios perdidos por su reino a manos de quien fue su padrastro (Alfonso el Batallador) y, de paso, cercenar la expansión de aragoneses, navarros y catalanes hacia el Sur, haciéndose dueño de toda la cuenca del Ebro hasta el mar, sometiendo a vasallaje feudal a estos Estados y proclamándose Imperator Hispaniae.

Así pues, aprovechando el terror de los repobladores cristianos y con el pretexto de protegerlos, las tropas castellanas invadieron el Valle del Ebro y ocuparon Zaragoza. Fue también en este contexto de temor por la situación militar y el súbito debilitamiento del liderazgo aragonés como se aceptó la pretensión secesionista de la nobleza navarra, deseosa de restaurar la monarquía pamplonesa en la figura de un descendiente de la realeza llamado García Ramírez, quien desde el primer momento se vio política y militarmente respaldado por el rey de León y Castilla al nombrar a García, de forma más nominal que efectiva, señor de Zaragoza.

Este era el panorama que hubo de afrontar el único hermano vivo de Alfonso el Batallador, Ramiro, quien según el Derecho aragonés, a falta de un heredero, era el sucesor reconocido para la monarquía aragonesa. El hecho de que Ramiro fuese monje no impidió para nada que asumiese con celeridad, inteligencia, eficacia y una gran clarividencia ese liderazgo que tan dramáticamente se necesitaba para afrontar los nuevos peligros. Su estrategia fue consecuente tanto con la magnitud de las amenazas como con la de las disminuidas fuerzas del país. Asumió como inevitable la secesión de Navarra, pero pactó con el nuevo rey fronteras y contrapesos que mantuviesen a raya al rey leonés.

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En lo que a éste respecta, procuró ganarse astutamente su confianza aceptando sin objeciones su posesión de las tierras de Zaragoza. De este modo, alimentando la codicia de Alfonso VII, conseguía que se estableciese un tapón defensivo entre Aragón y Al-Andalus que permitiese la reorganización de los aragoneses sin riesgo de perder las conquistas hechas por Alfonso I. Además, sabía por su experiencia como monje y como político (no olvidemos que pertenecía a la familia real) que el Papa pronto exigiría el cumplimiento del testamento del Batallador (cuyo único beneficiario era la Iglesia). Para su ejecución era necesario que Zaragoza retornase a manos de Ramiro II, quien sabía que una condena papal impediría al rey de León y Castilla ser reconocido por la Iglesia como Emperador, debilitando con ello su ascendencia política sobre los demás Estados y sobre los aristócratas de sus propios reinos.

La previsión de Ramiro II se cumplió: el Papa Inocencio II exigió en una bula a Alfonso VII el cumplimiento del testamento del Batallador y, tras ser éste coronado Emperador en 1135, entregó en agosto de 1136 el reino de Zaragoza a Ramiro. De aquel episodio ha llegado un recuerdo hasta nuestros días: el emblema del león rampante, símbolo de la realeza leonesa, que la ciudad de Zaragoza adoptó como suyo en reconocimiento (y, posteriormente, en recuerdo) de la protección que Alfonso VII dispensó en aquellos difíciles tiempos a la ciudad.

En el orden interno, su autoridad y la valoración de sus actos no siempre fue debidamente comprendida al principio por los principales señores de la guerra aragoneses, acostumbrados a la dureza y determinación militar de Alfonso I. Recordemos que la primera decisión que hubo de abordar fue la aceptación sin oposición de la secesión de Navarra, promovida por la nobleza de aquel país y avalada por el amenazante rey de León y Castilla. Tras este revés, la ocupación de Zaragoza y sus tierras por parte del leonés y la pérdida a manos de los musulmanes de algunos de los territorios conquistados por Aragón en el valle del Ebro minaron fuertemente la moral y la confianza de los aragoneses en la capacidad de su rey para salvar al país del desastre.

Y con el tiempo las cosas no mejoraban: Castilla se apoderó, sin que Ramiro pudiese evitarlo, toda la franja de la meseta en la vertiente Oeste de la cordillera ibérica, desde Ágreda hasta Molina de Aragón. Eran tierras que el Batallador había conquistado a los musulmanes, y que incluían las ciudades de Soria, Almazán, Medinaceli y Sigüenza. Alfonso VII consideraba que toda la meseta se encontraba dentro de los límites geográficos naturales hacia los que se orientaba su expansión, no siendo aceptable para él la presencia aragonesa al Oeste de la cordillera Ibérica. A pesar de ello, el sagaz Ramiro llegó a diferentes acuerdos de colaboración con Alfonso VII, hasta el punto de llegar a planear con éste la invasión conjunta y posterior reparto de Navarra, dirigiendo con ello la avidez de su poderoso rival hacia otro de sus enemigos.

Y en este juego de equilibrios, también tuvo que pactar diferentes treguas con los musulmanes que permitiesen mantener la estabilidad en las fronteras a la espera de tiempos mejores.

En esta decepcionante espera, la tensión y acritud hacia Ramiro suscitada entre los ambiciosos nobles aragoneses por la delimitación de fronteras y la conservación de un territorio en el que antaño les habían sido concedidas o prometidas prebendas, rentas y señoríos fue enorme. Ello y su extracción clerical animó a algunos de ellos a la desobediencia cuando no a la rebelión abierta cuestionando así la autoridad del rey y poniendo en peligro su corona.

Ramiro actuó al principio con diplomacia y prudencia con ellos, tratando de apaciguar sus ímpetus. Sin embargo, el rey monje supo manifestar su determinación de imponerse incluso con el uso de la violencia cuando los nobles llegaron a poner el peligro la seguridad del reino frente las potencias rivales. Tal fue el caso de la violación de las treguas que Ramiro firmó con el reino de Lérida para mantener pacíficamente la estabilidad de su frontera en los Monegros hasta que llegasen para Aragón tiempos mejores. Algunos de los señores descontentos realizaron acciones guerreras sin el consentimiento del rey, violando la paz acordada. Así, a comienzos de 1135 una caravana musulmana que se dirigía de Fraga a Huesca fue atacada por guerreros aragoneses. Ante este hecho, Ramiro no dudó en decapitar a los siete nobles que habían roto la palabra real, episodio que dio lugar a la leyenda de la “Campana de Huesca” y que reafirmó su fuerte carácter y autoridad frente a quienes cuestionaban su capacidad de mando.

El pasaje relatado en la Crónica de San Juan de la Peña, en su versión en aragonés, reza así:

Et aquesti don Remiro fue muyt buen rey et muyt francho a los fidalgos, de manera que muytos de los lugares del regno dio a nobles et cavalleros; et por esto no lo precioron res, et fazían guerras entre si mismos en el regno et matavan et robavan las gentes del regno, et por el rey que non querían cessar aquesto; et fue puesto en gran perplexidat cómo daría remedio a tanta perdición del su regno, et non osava aquesto revelar a ninguno. Et por dar remedio al su regno embió un mensagero al su monasterio de Sant Ponz de Tomeras con letras al su maestro, clamado Forçado, que era seydo porque yes costumbre et regla de monges negros que a todo novicio que era en la orden dan un monge de los ancianos por maestro, et según la persona de aquesti don Remiro que merecía dieronli el maestro muyt bueno et grant et savio, en las quales letras recontava el estamiento del su regno et mala vida que passava con los mayores del su regno, rogándole que le consellasse lo que faría; el maestro con grant plazer que havía, recebidas las letras, pensó que sería irregular si le consellava que fizies justicia, clamó el mensagero al huerto en el qual havía muytas coles et sacó un gavinet [sic] que tenía et, teniendo la letra en la mano et leyendo, talló todas las colles mayores que yeran en el huerto et fincoron las solas chicas, et dixole al mesagero: “Vete al mi sennor el rey et dile lo que has visto, que no te do otra respuesta”. El qual mesagero con desplazer que respuesta non le havía dada, vinose al rey et recontole que respuesta ninguna non le havía querido fazer, de la qual cosa el rey fue muit despagado, pero quando contó la manera que havía visto, pensó en si mesmo quel huerto podía seer el su regno, las colles yeran las gentes del su regno, et dixo: “Por fer buenas colles, carne y a menester”. Et luego de continent envió letras por el regno a nobles, cavalleros et lugares que fuessen a cortes a Huesca, metiendo fama que una campana quería fazer en Huesca que de todo su regno se oyesse, que maestros havía en Francia que la farían; et aquesto oyeron los nobles et cavalleros dixeron: “Vayamos a veer aquella locura que nuestro rey quiere fazer”, como aquellos que lo preciavan poco. Et quando fueron en Huesca, fizo el rey parellar ciertos et secretos hombres en su cambra armados que fiziessen lo quél les mandaría. Et quando venían los richos hombres, mandavalos clamar uno a uno a consello et como entravan, assí los mandava descabeçar en su cambra; pero clamava aquellos que le yeran culpables, de guisa que XIII richos hombres et otros cavalleros escabeçó ante que comies, et avría todos los otros cavalleros assí mesmo descabezados sinon por qual manera que fue que lo sintieron que yeran de fuera et fuyeron; de los quales muertos ende havía los V que yeran del linage de Luna, Lop Ferrench, Rui Ximenez, Pero Martinez, Ferrando et Gomez de Luna, Ferriz de Liçana, Pero Vergua, Gil d’Atrosillo, Pero Cornel, García de Bidaure, García de Penya et Remón de Fozes, Pero de Luesia, Miguel Azlor et Sancho Fontova cavalleros. Et aquellos muertos, no podieron los otros haver que yeran foydos, sosegó su regno en paz.

A pesar de todo lo referido hasta ahora, Ramiro tenía una sincera vocación religiosa a la que nunca renunció completamente a pesar de las obligaciones de Estado a las que tuvo que consagrarse. Esta vocación probablemente facilitó el acuerdo con la Iglesia y las órdenes militares para que aceptasen fuertes compensaciones económicas y territoriales a cambio de renunciar al irrealizable testamento de Alfonso I. Pero, a pesar de su cada vez más claro éxito en el mantenimiento de las conquistas de Aragón, sus aspiraciones personales de pronto retorno a la vida religiosa se confrontaban con la necesidad de asegurar la sucesión de su dinastía y de continuar manteniendo a raya a los rivales de Aragón. Su extraordinaria visión de Estado le hacía muy consciente de la necesidad de obtener nuevos aliados con los que poder hacer frente a la magnitud y el poderío que la Corona de León y Castilla representaba en la península ibérica. Finalmente, la respuesta a ese doble desafío la encontró en el Este, en la figura del conde más poderoso de los que gobernaban en los territorios de la Marca Hispánica que seguía orbitando –aunque cada vez más alejadamente- en la esfera de poder de los reyes franceses.

Efectivamente, los condados de lo que por aquel entonces ya empezaba a llamarse Cataluña estaban comenzando a recuperarse de una oscura etapa de violencia y caos generalizado iniciada a mediados del siglo anterior. Primeramente, el creciente desinterés reconquistador y las luchas intestinas de los carolingios y, después, casi cien años de guerras feudales, habían determinado un escaso avance territorial de los condados catalanes desde el siglo IX. Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona, apenas era un joven con sólo tres años de experiencia de gobierno cuando murió el Batallador. Pero en 1136 Ramiro II puso sus ojos en él para conciliar su impaciencia por volver a la vida clerical con la necesidad de aportar un heredero que continuase con la dinastía de Aragón. Su idea era la de casarse con una mujer de fertilidad acreditada (que fue la noble viuda Inés de Poitiers, a la que se unió en Jaca en noviembre de 1035) y tener un heredero a quien transmitir su corona.

La experiencia del matrimonio no resultó para Ramiro tan gratificante como para modificar sus planes de regresar a la vida clerical cuanto antes. Por eso, cuando Inés dio la luz a una niña –Petronila- el 29 de junio de 1136, renunció a seguir teniendo más hijos, separándose de su mujer a finales de ese mismo año. Así pues, su decisión fue la de transmitir su dinastía a través de su hija, mediante un “casamiento en casa” con un príncipe de otro Estado en el que, de paso, apoyarse en una unión duradera frente al amenazante poderío de sus vecinos. El príncipe elegido por Ramiro iba a ser Ramón Berenguer IV, con quien firmó el 11 de agosto de 1137 un acuerdo de esponsales para su hija, rechazando el ofrecimiento del rey de León de proponer a su hijo y heredero, Sancho, para ser esposado con Petronila. Seguramente, Ramiro no era consciente de ello, pero en esos momentos iba a llevar a cabo una de las más magistrales jugadas políticas de la Edad Media, la cual daría origen con el tiempo a una agrupación de Estados que haría de la dinastía de Aragón una de las más poderosas de Europa durante los siguientes tres siglos y medio.

Todo ello fue la culminación de la gran obra del astuto rey de Aragón, Ramiro II el Monje quien, engañando al rey de León, traicionando al de Navarra, instrumentalizando al Papa, apaciguando a los musulmanes, amedrentando a la nobleza aragonesa y manipulando al conde de Barcelona, consiguió convertir el deseo de revancha de los leoneses y castellanos y el delirante testamento de su hermano en la garantía que Aragón necesitaba para salvar sus amenazadas conquistas y convertir a su país en una gran potencia europea.

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