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Vuelta al origen para mirar hacia el futuro: "The artist"

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Título original: The artist
Año: 2011
Nacionalidad: Francia
Dirección: Michel Hazanavicius
Guión: Michel Hazanavicius
Música: Ludovic Bource
Fotografía: Guillaume Schiffman
Reparto: Jean Dujardin, Bérénice Bejo, James Cromwell, John Goodman, Penelope Ann Miller, Missi Pyle, Malcolm McDowell, Ed Lauter
Duración: 100 minutos

Sinopsis: George Valentin es una estrella del Hollywood dorado de la etapa del cine mudo. Con la llegada del cine sonoro en 1927 su suerte empieza a declinar al mismo tiempo que Peppy Miller, antigua figurante de sus películas, se convierte en la actriz del momento.

Comentario: La película de Michel Hazanavicius esin duda valiente, una audacia que viene respaldada por el magnífico resultado final. De producción francesa, aborda la cuestión, ya tratada múltiples veces en anteriores películas -especialmente en dos grandes obras maestras como El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, Billy Wilder, 1950) o Cantando bajo la lluvia (Singin’ in the rain, Stanley Donen y Gene Kelly, 1952)-, del efecto que el paso del cine mudo al sonoro tuvo en la carrera de muchos directores, productores e intérpretes del Hollywood clásico, y de cómo, a la manera del futuro crack del 29, sólidas y muy bien remuneradas carreras en el cine derivaron prácticamente de un día para otro en la ruina, la pobreza, la marginalidad e incluso, en no pocas ocasiones, el crimen, la cárcel, el suicidio o el asesinato.

El guión de Hazanevicius particulariza esta historia en el caso de un actor ficticio de nombre George Valentin (Jean Dujardin), arquetipo que representa la imagen, algo más que inspirada en Douglas Fairbanks, del típico galán del cine de aventuras y acción de la época, entre altivo y algo payaso, bailarín, comediante y atleta capaz de innumerables prodigios físicos en la pantalla. En él se personifica la postura de algunas grandes figuras que, como Charles Chaplin, se resistieron todo lo posible a introducir el sonido en sus películas -Chaplin no “hablaría” en la pantalla hasta nada menos que Tiempos modernos (Modern times, 1936), u otras que, como Buster Keaton, simplemente no encontraron su lugar en el nuevo panorama y se hundieron en la depresión, la ruina y el alcohol. Por el contrario, Peppy Miller (Bérénice Bejo) personifica el efecto contrario (aunque innumerables actrices padecieran la caída en desgracia por la ausencia de una voz pareja a su presencia en pantalla, algo que acarreó no pocos suicidios a base de barbitúricos y somníferos en su día), el rápido ascenso del gracejo de la expresión unido al carisma ante la cámara. Y, claro está, el romance entre ambos, salpicado de dificultades propias del convulso tiempo artístico en el que viven, propicia encuentros y desencuentros, malos entendidos, rencores y pasiones, para derivar en un final espléndido, espectacular, quizá excesivamente entregado a la euforia y la alegría, pero igualmente propio de la época que refleja.
Ahí radica precisamente la mayor virtud y el más importante defecto de la película. La cinta particulariza en exceso la cuestión en un caso particular, se centra demasiado en las aventuras y desventuras del personaje masculino y da la espalda prácticamente del todo (excepto en algún aspecto muy insuficientemente tratado con respecto al personaje del productor John Goodman) al fenómeno del sonido y a sus efectos en el Hollywood de la época. Hazanevicius caracteriza magistralmente a sus personajes, dotándolos de enorme sensibilidad y también de un punto de amaneramiento casi paródico, caricaturesco, en la recreación de los filmes en los que participan, como para señalar con un guiño de ternura y comedia a los pioneros que pusieron en pie lo que durante muchos años fue la fábrica de sueños y hoy no es más que una factoría de sagas y secuelas. Pero resulta indudable el acierto del director francés en la recreación del Hollywood del momento, de sus premières, de sus fiestas, de su ambiente, de sus estudios y platós, del mundo mítico de oropeles, dinero, lujos y anhelos que reinaba en el cine americano, al mismo tiempo que borda técnicamente la emulación milimétrica de las técnicas de rodaje de entonces, tanto en las secuencias dramáticas y en el acercamiento a los personajes, como en las escenas filmadas con planos generales o los momentos de acción, dejando ver y casi tocar ese modo artesanal de producción que multiplicaba exponencialmente el encanto y la cercanía al público de aquellas películas inolvidables. Su carácter mudo, lejos de ser un problema, contribuye al mantenimiento de un acertado ritmo narrativo, más cercano a la comedia al inicio, más pausado, reflexivo y dramático en su parte central y camino del clímax, donde se convierte en un torbellino que eclosiona en un epílogo absolutamente mágico en más de un sentido.

Sus carencias, como el desarrollo de tramas secundarias con personajes más desarrollados (las presencias poderosas de James Cromwell, John Goodman o Malcolm MacDowell, la recuperación de la casi olvidada Penelope Ann Miller), aunque compensadas de manera conmovedora por el protagonismo del perro del héroe con su maravillosa “interpretación” y algún defecto (la pequeña incongruencia de la secuencia onírica, algún mayor grado de autenticidad y fidelidad posibles en los créditos y los títulos) no obstan para disfrutar de una película excepcional, un tributo a los heroicos pioneros de la industria del cine, a sus primeros multimillonarios, a los primeros fabricantes de sueños y embustes (o no tan primeros: la película dedica un par de homenajes muy explícitos y directos al Ciudadano Kane de Orson Welles, de 1941), una vuelta a los orígenes del cine precisamente en una época en la que éstos pasan más ignorados y se encuentran más olvidados que nunca. Una obra de orfebrería cinematográfica, casi de arqueología, que derrocha risas, romance, humor, acción, encanto, estilo y personalidad, un ejercicio de emulación casi perfecto, un delicioso y luminoso divertimento que deja el sabor de las grandes historias que durante mucho tiempo han sido sólo un recuerdo, felizmente hoy recuperado. Lo mejor que podría pasar para el cine del futuro es que The artist creara escuela, que no fuera flor de un día, sino que la recuperación del buen cine no fuera una moda pasajera.

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