DIARIO ARAGONESEspecialesAragón y su historiaLa coronación de los Reyes de Aragón (II)

La coronación de los Reyes de Aragón (II)

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Los actos para la coronación de los monarcas aragoneses comenzaban con el envío de una convocatoria a todas las fuerzas vivas de todos los estados y señoríos que pertenecían a la Corona de Aragón, así como a nobles y dignatarios de países extranjeros, invitándoles a sumarse en Zaragoza a la ceremonia y sus festejos, acudiendo igualmente a la capital del reino gentes de toda procedencia. Habitualmente (aunque no siempre fue así) se elegía como día señalado para el acto un domingo. La víspera se congregaban todas estas delegaciones en la puerta del palacio real, la Aljafería, montados en caballos y ricamente vestidos, a menudo con comitivas que hacían sonar trompetas y atabales. En ese momento, se les abren las puertas del palacio y pasan a su interior para ser llevados ante el rey, con quien comerán esa mañana.

Al atardecer, todas las comitivas salen de la Aljafería en una gran cabalgata, llegando hasta la muralla de la ciudad y atravesando los barrios de San Pablo, el mercado y Santa María hasta llegar a la Seo. En todo su recorrido se han colocado luminarias en las ventanas de las casas, se ha limpiado y perfumado el suelo y se contempla en silencio su paso de acuerdo con un estricto orden protocolario: primero los hijos de los caballeros, portando las espadas de quienes también en esa ceremonia serán armados caballeros; después los porteadores de las espadas de los nobles de todas las nacionalidades. Tras ellos, un ricohombre o noble aragonés porta la espada del rey, seguido de unas carretas que llevan unos enormes cirios que preceden al propio rey, a cuyo paso las gentes gritan “¡Aragón, Aragón!”. Cierran la cabalgata los señores que van a ser armados caballeros.

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Al llegar a la Seo, todos van entrando en orden en el templo y se disponen a velar sus armas una vez que sus sirvientes y acompañantes han vuelto a salir y se cierran las puertas. Si el rey se encuentra demasiado fatigado, y atendiendo a la larga jornada que le espera al día siguiente, puede ser excusado de tal vigilia y dormir en la capilla de la catedral.

Al amanecer, el arzobispo y todos los eclesiásticos que han de asistirle en la ceremonia entran en la Seo, seguidos de todos los cargos y dignidades del reino, entre los que tienen preferencia en cuanto a su ubicación el Justicia mayor del Reino, tres jurados de la ciudad de Zaragoza y cuatro diputados de las Cortes de Aragón (uno por cada uno de los cuatro brazos que las componen: clero, nobles, caballeros y representantes de las ciudades y comunidades de aldeas). Su intervención es necesaria si, además, la ceremonia de coronación se aprovecha para que el rey jure también los fueros del reino recibiendo él, a continuación, de estos representantes el juramento de reconocimiento y lealtad en nombre del reino. El Justicia es quien toma este juramento del rey, sosteniendo el misal sobre el que el monarca posa su mano para dicho juramento. Este acto de la jura, sin embargo, solía tener lugar en otros momentos, habitualmente aprovechando la primera sesión de Cortes convocada por cada nuevo rey.

Igualmente, se establecen sitiales preferentes para la reina (que solía ser coronada días después en otra ceremonia) y los infantes o hijos de los reyes. Entre ellos, el infante  heredero (que desde 1351 recibirían el título de duques de Gerona y desde 1411 el de Príncipes de Gerona, a imitación de los de Inglaterra y Castilla) tambíen podía jurar y ser jurado como primogénito heredero, según la costumbre del reino, aunque tuviese que volver a hacerlo el día que, siendo rey, pretenda ejercer la jurisdicción que como nuevo soberano le corresponde. De no hacerlo, correría el riesgo de no ver legalmente reconocida su autoridad por las fuerzas vivas del reino, hecho este casi insólito en los estados de la época.

Tras la noche de vela de armas, el ceremonial en la Seo se inicia con la llamada que el arzobispo hace a voces al rey para que entre a vestirse con sus ropas ceremoniales en la sacristía. Tras ser vestido, el arzobispo, obispos y demás eclesiásticos salen en procesión de la sacristía. Tras ellos, unos infantes o nobles llevan las insignias reales que habrán de ser usadas en la ceremonia.

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Siempre con el canto y rezo previo y posterior de diferentes oraciones para cada fase del ceremonial, se comienza por calzarle al rey sus espuelas, y se bendicen la corona y sus armas (espada, lanza, escudo y arneses). Tras ello, el rey es armado caballero mientras mantiene las manos juntas en señal de oración, después de lo cual, una vez que él mismo se ha ceñido la espada, la tomará en su mano y la blandirá tres veces en el aire: una para desafiar a los enemigos de la religión de Cristo, otra para socorrer a los desamparados y otra para mantener la justicia. A continuación, besa el pomo de la espada, a modo de cruz, y la deposita sobre el altar mayor como ofrenda a Dios.

Después es acompañado hasta su solio por los nobles y se oficia la misa por parte del arzobispo. Tras el canto de las letanías y la lectura de la Epístola, el rey se acerca al altar para el acto de coronación.

En él el arzobispo hace varias preguntas a los presentes, comenzando por esta: “¿Sabéis vosotros si le pertenece el reino por legítima sucesión?” A ella y a cada una de estas preguntas todos contestan afirmativamente con la expresión “Deo gracias“. Tras ello, el arzobispo bendice al rey, quien se encuentra reclinado, y procede a la unción, esto es, a aplicarle el óleo santo, diciéndole: “Te unjo como rey de este pueblo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo“.

A continuación el rey recoge la corona que está encima del altar y se la coloca él mismo. En el ceremonial aragonés se insiste en la importancia de que no le ayude nadie, ni el arzobispo, ni el infante, ni persona alguna. Después, el rey toma del altar mayor las insignias reales: el cetro, -símbolo de la justicia, la virtud y la verdad- que sujeta con la mano derecha y el pomo, o bola del mundo coronada por una cruz -representación de los reinos de los que es señor y que debe defender y gobernar con rectitud. De ahí, irá a sentarse a su solio, desde donde con tales insignias y manteniendo su espada entre las piernas, oirá la lectura de los Evangelios a cuya conclusión ofrecerá doce dineros de oro en homenaje a los doce apóstoles.

Al terminar la ceremonia con la bendición, todo el clero metropolitano se acerca al rey y, junto con toda la comitiva y precedidos por dos soldados que portan las insignias reales, sale de la Seo. Una vez fuera, monta en un caballo blanco cuyas riendas sujetan dos dignatarios palafreneros y, bajo un palio sostenido por los jurados y junteros de la ciudad, con la corona puesta, con el cetro y pomo en las manos, marcha a través de la ciudad hacia la Aljafería con todos los armados caballeros ese día y con los miembros de las delegaciones de los estados de su corona en un recorrido jalonado de música, vítores, exhibiciones, juegos y agasajos de todo tipo. Téngase en cuenta que a la ciudad han acudido cientos o miles de curiosos, mercaderes, músicos, charlatanes, adivinos, malabaristas, actores, magos, trovadores, domadores de animales… El ambiente, el colorido y el bullicio eran espectaculares esos días en las alegres calles de Zaragoza.

Al llegar a la Aljafería, el rey entra en sus aposentos para cambiar su ropa de ceremonial por otra más adecuada para celebrar el banquete oficial. Éste se celebra en el patio central del palacio, cuyo cielo se cubre enteramente para la ocasión con unas grandes lonas de color amarillo y rojo, reproduciendo un gigante señal real de Aragón. Estos mismos colores también son los del tapiz de bandas de oro y carmesí que se sitúan en el lado posterior adonde se coloca, en posición centrada, el sitial en donde come el rey. El rey come y bebe en esa ubicación destacada, solo, ligeramente elevado sobre el nivel del resto de los comensales, y asistido por los principales nobles del reino que ejercían los oficios de la casa real: mayordomo, copero, botellero, camarlengo, ventalle, etc.

Durante el banquete se recitan poemas, se toca y se canta, se representan pequeñas piezas alegóricas de las virtudes del rey y de su casa y, durante dos o tres días se hace gala de todo el esplendor posible en la corte de Aragón. Mientras, en el exterior, se reparte comida y bebida a quien lo desee (se ha llegado a hablar de hasta 2.000 personas comiendo en la lifara real) y se celebran las justas y torneos que hacían de Zaragoza una plaza tan reputada entre los caballeros europeos ávidos de perpetuarse a través de sus gestas de armas.

Igualmente se corren toros, se organizan danzas en diferentes tablados por toda la ciudad, se ejecutan juegos de habilidad a pie y a caballo en los alrededores de la Aljafería o en el Campo del Toro, en la actual plaza de toros. E incluso diversiones fluviales, como la batalla de naranjas organizada en el Ebro en 1286, con ocasión de la coronación de Alfonso III.

Todo ello, en definitiva, a mayor gloria y prestigio de uno de los más poderosos soberanos de la Europa medieval -el Rey de Aragón- , de su casa, de sus estados, de su Reino de Aragón -cabeza y origen de su dinastía- y de su capital, Zaragoza, a los ojos de sus súbditos y a los de las cortes extranjeras.

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