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Los colores de la ciudad

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Hay ciudades a las que el pavimento de sus calles imprime carácter. Así, por ejemplo, Lisboa: sus pequeños adoquines de un blanco roto, tan característicos, hacen de ella una ciudad luminosa. O algunas ciudades mediterráneas en las que los bloques de mármol claro de sus zonas antiguas, pulidos por millones de pisadas a lo largo de los siglos, confieren un ambiento abierto y amable a ciudades como Venecia, Zadar o Split (Spalato), en las costas del Adriático. No hay duda de que el blanco y el verde son los colores fundamentales identificadores de la ciudad de Huesca en el plano simbólico. Pero, ¿cuál es el color de sus calles y plazas?

Recientemente se inauguró la nueva cara de la calle Carderera, que ahora tiene un pavimento multicolor: con los colores del arco iris, es una de las calles más alegres de Europa. Y eso se lo debemos a la iniciativa de la ciudad de los niños y de las niñas, y al trabajo de los alumnos y alumnas del Colegio Público “El Parque”, dirigidos por Agustín Lorés y ayudados por María Lera y sus muchachos del taller municipal.

Pero la calle Carderera es la excepción. Además, desgraciadamente, la suciedad que se va pegando a los colores y los descascarillados están deteriorando rápidamente ese suelo. 

Las calles de la parte llana de la ciudad y los ensanches modernos son todas del color gris oscuro del asfalto. Ahora  bien, Huesca era también una ciudad caracterizada, en toda su parte antigua, por el color cálido y familiar de los “ruellos” (o “ruejos” en forma más castellanizada) de colores diversos (blanco roto, café con leche, granate, marrón). También algunas de las calles tradicionales tradicionales, como la calle Lanuza, la calle San Lorenzo o la calle Padre Huesca, eran del color rojizo (en aragonés: royisco, royenco) que daban en conjunto las piedras redondeadas, creando un ambiente especial, cálido, muy en consonancia con los materiales de construcción tradicionales, el ladrillo y la piedra arenisca. Era el color de la tierra, el color de un pueblo grande del Somontano. El color cálido que acompañaba tanto en las noches alegres de fiesta como en los atardeceres lluviosos del otoño.

Ese color rojizo, café con lecho o marrón claro, se ha mantenido en algunas de las remodelaciones modernas del pavimento, como en la plaza de la Catedral, en las aceras de la calle de las Cortes o en la plaza de San Lorenzo, donde las losas de mármol color café con leche representan –todavía, pero por poco tiempo– ejemplos de pavimenro con uno de los materiales más nobles y con mayor solera de la ciudad de Huesca.

También se mantuvo con un cierto tono rojizo –aunque tirando más a rosa o granate claro– en las aceras del Coso Alto y del Coso Bajo, así como en la Plaza de Navarra, en la remodelación que se hizo en tiempos del alcalde Llanas Almudévar.

Pero todo eso está terminando y cambiando de forma muy rápida. La renovación del pavimento de las calles del Casco Viejo (con la correspondiente modernización de los conductos subterráneos) se ha hecho, se está haciendo, en todos los casos con piedra oscura, gris o negra: véase la calle de las Cortes, la calle Quinto Sertorio, la plaza de los Fueros, la calle Doña Petronila, la calle Castilla, la Correría (c/ Ramíro el Monje), la Pataquera (c/ Sancho Abarca), o incluso la plaza del Mercado (plaza de López Allué).

Solo en la calle Duquesa Villahermosa (una de las primeras peatonalizadas en el Casco Viejo) se ha mantenido el color rojizo o castaño claro, con losas de mármol.

Quedan ya pocas calles que conserven el empedrado típico de color marrón rojizo: la calle Aínsa, la calle Moya –por poco tiempo–, la calle del Desengaño –aunque solo algunos tramos, pues otros están con asfalto y otros con cemento, en una amalgama chapucera e indigna de un Casco Viejo en condiciones–, o la Costanilla de Ricafort –donde se intentó imitar, al remodelarla, si bien con excesivo cemento–.

Y en todas las calles cuyo pavimento se está sustituyendo recientemente, en todos los casos, el color que va dominando es el gris, más o menos oscuro. 

Así, por ejemplo, las losas prefabricadas de piedra artificial que se han ido colocando en las plazas de la Corralaza (Alfonso I el Batallador), de Concepción Arenal, de San Antonio y del Navarrico (de Salas), y en las calles de Padre Huesca, Berenguer, San Orencio, Espinonsa de los Monteros, Barbastro, Benabarre, Caspe, Mor de Fuentes y últimamente San Lorenzo. Todo este conjunto tiene un tipo de losas que empiezan a tomar enseguida un color sucio, grisáceo, que se va oscureciendo con el tiempo.

Algunas calles se han renovado con adoquines negros, como las calles Doña Petronila, Fatás, Argensola, Castilla, y algunas otras, o como la plaza de Urriés. O con piezas prefabricadas de color gris, de escasa consistencia, que al poco tiempo se rompen o se hunden dando lugar a un suelo frágil y ondulado, como la plaza de Lizana, la calle Artiga, o l’Alpargán (c / Goya). También en la plaza del Mercado, que antaño tuvo pavimento de arenisca clara, ahora predomina el gris.

Y en las calles más recientemente remodeladas o que están ahora mismo a punto de iniciar su renovación, ¿qué vemos?: granito gris o negro en el Coso Alto y en el Coso Bajo. También en los Porches. Y es lo que está previsto en los nuevos tramos del Coso en que se va a cambiar el pavimento. Y también en la calle Moya, en la calle Perena, en la plaza de San Lorenzo –y esto sí que de verdad resulta chocante, pues no hace tantos años que se puso el pavimento actual, de losas de color rojizo claro–. 

El color gris se va apoderando de todas las calles y de todas las plazas, poco a poco pero de forma sistemática, sustituyendo en muchos casos el color rojizo, cálido y acogedor, que daba a Huesca un ambiente tradicional y una personalidad.

Los colores de la ciudad, sobre todo en las calles y plazas más céntricas, están cambiando radicalmente, pasando del cálido y alegre rojizo (royenco) al triste y frío gris o negro. Algunos no le darán importancia a esto, pensando. “¡Bah, es solo el suelo!” Pero tiene su importancia y tendrá sus repercusiones y consecuencias. No sé si esa transformación se ha buscado conscientemente, pero se está llevando a cabo de una manera metódica.

Eva HELLER, en su libro “Psicología del color. Cómo actúan los colores sobre los sentimientos y la razón” (1ª ed. en alemán, Múnich, 2000; 1ª ed. en español, Barcelona, 2004), ha llegado, después de un impresionante trabajo de campo con encuestas a dosmil personas, a conclusiones interesantes. El color rojo simboliza la actividad, el dinamismo y la pasión, la sangre, la vida y el fuego; es el color que se asocia con la alegría. El marrón simboliza las necesidades físicas, la sensualidad y las comodidades; se asocia con lo acogedor y es un color valorado positivamente para los espacios habitados. El naranja se asocia con la diversión y la sociabilidad, con la alegría y el gozo de vivir. Por el contrario, el gris simboliza la neutralidad; es el color sin carácter, el que se asocia con el aburrimiento, la soledad, el vacío y todos los sentimientos sombríos; es el color de lo desapacible, de lo horrible, de lo cruel, de la vejez, de la mediocridad. El negro simboliza la negación y la agresión; se asocia con el duelo, el luto y la muerte; es también el color de lo sucio y lo malo, de la mala suerte, del egoísmo y la culpa.

No sé si los arquitectos y urbanistas conocen y manejan este libro. No sé si los ciudadanos se sienten a gusto en una Huesca gris. Yo la prefería más royenca.

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