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Del susto a la costumbre: cuando el descenso deja de ser una anécdota

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El Real Zaragoza ha convivido históricamente con el miedo al descenso como una amenaza puntual, un sobresalto ocasional que aparecía en momentos concretos de la temporada pero que rara vez se convertía en un problema estructural. Sin embargo, la temporada 2025/26 ha roto de forma abrupta ese patrón histórico y ha instalado al club en un escenario desconocido y preocupante: el descenso ya no es una alarma puntual, sino una realidad prolongada.

Si analizamos las últimas 13 temporadas del Real Zaragoza en Segunda División, el dato es contundente. Entre la 2013/14 y la 2024/25, el equipo apenas pasó 26 jornadas en total en puestos de descenso a la entonces Segunda B (hoy 1ª RFEF). Una media de dos jornadas por temporada, y además muy concentradas en años concretos.

Las temporadas 2015/16, 2016/17, 2019/20, 2023/24 y, de forma especialmente significativa, la 2024/25, se cerraron sin una sola jornada en descenso. Este último dato es capital: la campaña pasada fue completamente limpia en ese aspecto, lo que desmonta cualquier discurso que intente presentar la situación actual como una inercia heredada. No hay continuidad. Hay ruptura.

Incluso en cursos complicados, el descenso fue siempre una presencia efímera. En la 2017/18 el Zaragoza estuvo tres jornadas en zona roja; en la 2018/19, cuatro; en la 2021/22, otras cuatro; y en la 2022/23, solo dos. El único precedente realmente serio antes del curso actual fue la 2020/21, con once jornadas en descenso, un año marcado por la pandemia, la inestabilidad institucional y una plantilla claramente mal diseñada.

Nada comparable, sin embargo, a lo que ocurre en la temporada 2025/26. A día de hoy, el Real Zaragoza acumula 21 jornadas en puestos de descenso, más que en todas las doce temporadas anteriores juntas. El dato no solo es alarmante por su volumen, sino por lo que representa: el descenso se ha normalizado. Se ha convertido en paisaje.

Este cambio de naturaleza del problema apunta directamente a cuestiones estructurales: planificación deportiva deficiente, decisiones erráticas desde los despachos, una plantilla desequilibrada y una falta de rumbo que se percibe tanto en el césped como fuera de él. El Zaragoza ya no cae al descenso para salir rápido; vive instalado en él.

La comparación con la temporada pasada resulta demoledora. En la 2024/25, el equipo no pisó el descenso ni un solo día. Hoy, un año después, el club está atrapado en la zona roja desde hace meses. No es una mala racha. Es una crisis profunda.

Porque el verdadero peligro no es descender —que ya sería gravísimo—, sino asumir el descenso como algo habitual. Y cuando eso ocurre, el problema deja de ser deportivo para convertirse en institucional.

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