El Real Zaragoza firmó en León un empate sin goles que, visto lo visto sobre el césped, puede considerarse justo. Fue un partido malo, espeso, cargado de imprecisiones y nervios, en el que ninguno de los dos equipos demostró estar preparado para dar un golpe sobre la mesa en la pelea por la permanencia. El 0-0 final refleja con fidelidad lo que ocurrió: poco fútbol y demasiada tensión.
El encuentro arrancó con un Zaragoza incómodo, errático en la circulación y sin continuidad en el juego. Ni Dani Gómez consiguió fijar a los centrales ni el centro del campo encontró claridad para progresar. La Cultural, sin grandes alardes, fue ligeramente más incisiva en los primeros minutos, aprovechando pérdidas y segundas jugadas.
La acción que marcó el partido llegó en el minuto 32. Centro al área, rebote en la pierna de Francho Serrano y posterior impacto involuntario en su codo. El árbitro dejó seguir, pero el VAR intervino y señaló penalti. Una decisión muy discutible, más aún teniendo en cuenta la proximidad y el rebote previo. Aun así, el fútbol dio un pequeño respiro al Zaragoza: Rubén Sobrino lanzó desde los once metros y Andrada detuvo el disparo con una buena estirada. Fue, probablemente, la intervención más decisiva del partido.
Más allá de esa jugada, el Zaragoza ofreció muy poco en la primera mitad. Algún intento lejano de Akouokou, un disparo alto de Rober y poco más. La Cultural tampoco brilló, pero sí dio mayor sensación de peligro en centros laterales y balones colgados al área.
Tras el descanso, el guion apenas cambió. El Zaragoza intentó dar un paso adelante con los cambios —entraron Cuenca, Soberón y Terrer—, pero el juego siguió siendo atropellado. Francho tuvo una buena ocasión con un disparo que rozó la escuadra, y Marcos Cuenca dispuso de la más clara del segundo tiempo con un cabezazo a bocajarro que sacó el portero local. Fueron acciones aisladas en un contexto de poca elaboración y muchas interrupciones.
El tramo final fue una sucesión de faltas, pérdidas y nervios. La Cultural también pudo llevarse el partido con un cabezazo de Luis Chacón y algún centro peligroso, pero tampoco encontró claridad. El Zaragoza empujó en los últimos minutos, acumuló córners y balones al área, pero sin convicción ni precisión.
El empate, en definitiva, fue merecido. El Zaragoza no jugó bien. No tuvo continuidad con balón, no impuso ritmo y volvió a mostrar dificultades para generar ocasiones claras de manera sostenida. La sensación fue la de un equipo atenazado por la clasificación, más pendiente de no cometer errores que de dominar el partido.
Si algo positivo puede rescatarse es el punto y la portería a cero. Pero en la situación actual, eso sabe a muy poco. Porque la cuenta atrás avanza, las jornadas pasan y el margen se reduce. En León no se perdió, pero tampoco se dio el paso adelante que el equipo necesita. Fue un partido gris, acorde al momento. Y el empate, justo.



