El 0-0 de León no es un accidente: es un espejo. Un espejo feo, sin filtro, donde se miran dos equipos que hoy mismo huelen a barro de descenso. El Real Zaragoza no fue peor que la Cultural. Tampoco fue mejor. Y ahí está el drama: en febrero, con una victoria en diez partidos, “no ser peor” ya no te salva. Te anestesia.
Lo que vimos —y lo que escuchamos después— fue un diagnóstico sin romanticismo: un partido entre dos de los peores equipos de la Segunda División. Duele, pero cuesta discutirlo. La primera parte fue muy mala, un intercambio de imprecisiones, de miedo a equivocarse, de fútbol sin colmillo. La segunda, el Zaragoza “quiso, intentó”, pero la realidad vuelve como un martillo: la falta de calidad es la que es. Y a partir de ahí, el empate se convierte en una trampa matemática. “Sumando 1-1-1 no vamos a ningún lado”. Porque el punto, en esta Liga, ya no es un botín: es una aspirina.
La clasificación, además, se está aclarando por abajo de la peor manera posible. Hace unas semanas te podías agarrar a la idea de una bolsa amplia, ocho equipos metidos en un pañuelo. Ahora “el grupo se hace más pequeño”, el círculo se estrecha y la sensación es inquietante: los que estamos somos los que seremos. Nadie acelera, nadie da un golpe de autoridad, y eso, que podría ser una oportunidad, se está convirtiendo en condena por inercia. Como decía el debate, “nadie gana”, y por eso “si ganas un partido sales casi”, pero si tú no ganas nunca, ese “casi” es un precipicio.
Y entonces aparece el enemigo favorito del zaragocismo: el árbitro. Entiendo el hartazgo. También lo siento. Pero hay un riesgo mortal en convertirlo en explicación total. El arbitraje puede empujarte, sí. Puede torcerte un partido. Puede irritarte una temporada. Pero no puede justificar que el Zaragoza viva instalado en la irrelevancia ofensiva, en el “me esfuerzo” como argumento, en esa pobreza de fútbol que ya ni sorprende. Porque aquí hay una frase que debería tatuarse en el vestuario: el esfuerzo no se premia, se exige. Qué menos que dejarte el alma. Eso no es virtud. Es el mínimo sindical.
Lo peor es que ni siquiera tenemos un asidero futbolístico claro. Antes, con Gabi, al menos existía el autoengaño del “es pronto, hay margen, viene un mercado”. Ahora no hay mercado, no hay milagros, y el equipo parece un puzzle hecho con piezas de tres cajas distintas. Juegan todos en tres posiciones y en ninguna. Y cuando el caos se normaliza, el entrenador también se “desnorta”, aunque no sea su culpa. La realidad es simple y cruel: son muchos problemas, pocas soluciones. Tic-tac, tic-tac, se acaba el tiempo.
Y por encima de todo, hay una ausencia que pesa como una losa: el liderazgo. No el eslogan, no el capitán de brazalete, no el “vamos chicos”. Liderazgo real: el que ordena, el que manda, el que se ofrece cuando quema, el que arrastra al compañero y discute cada metro. No hay ningún líder en el campo. Y sin eso, sin esa mezcla de carácter y oficio, la Segunda te come aunque tengas buenas intenciones.
El Zaragoza está vivo por puntos, pero muerto por sensaciones. Y ese es el miedo: que el empate sea merecido, sí… y aun así sea un paso más hacia ninguna parte. Porque la salvación no se firma con decencia: se conquista con victorias. Y hoy, el Zaragoza no tiene ni el fútbol, ni el alma, ni el mando para ir a por ellas con la fiereza que exige la categoría.



