El debate puede empezar por el arbitraje, pero termina señalando otra cosa: la estructura del Real Zaragoza. Porque, incluso aceptando que el penalti de León fue un disparate, la pregunta es incómoda: ¿qué hace el club para evitar que todo lo demás se hunda?
Aquí aparece el segundo gran eje: la crisis institucional. El problema ya no es Sellés… es el club otra vez. Se denuncia ausencia de liderazgo y de representación: no hay una figura que pueda pedir unión, ni una voz con autoridad para plantarse ante lo arbitral sin sonar a lectura de teleprompter. Se pone un ejemplo revelador: alguien como Zapater —figura simbólica— podría hablar con potestad. Hoy, en cambio, la sensación es de vacío: Fernando López, ¿para qué?.
En ese marco, las palabras de Rubén Sellés pidiendo un paso adelante a la afición se convierten en munición. Se reconoce que fueron “desafortunadas”, “pensadas” y “malinterpretadas”, pero se aporta un dato clave: la aclaración posterior no habría sido un “toque del club”, sino iniciativa propia tras hablar con aficionados. Es decir, el entrenador intenta apagar un fuego que él mismo encendió… mientras, de rebote, le ofrece a la propiedad un salvavidas: le ha generado un escudo otra vez a la propiedad brutal. Si lo cesan, pueden presentarse como los buenos que actúan contra el que “se metió con la afición”. Y así, los responsables reales se marchan laureados.
La crítica se hace más tangible cuando entra el estadio modular. Se describe como un campo que no ayuda, es un cementerio, no tiene acústica, ni cubierta, ni cerradas las esquinas. Si pides ambiente, pero construyes un recinto donde el sonido se escapa, conviertes la exigencia al aficionado en trampa. Y todo esto con el mismo pecado original: han hecho todo con motivo económico y no han prestado ni un segundo de atención a nada deportivo.
En lo deportivo, el análisis es demoledor: entrenador sin saber qué hacer, bandazos, jugadores en posiciones improvisadas, juveniles por necesidad, un mercado de invierno que no cubre lo esencial. Se resume en una frase de guillotina: motivo de despido del director deportivo por no traer un delantero de rendimiento inmediato y un mediocentro que organizara el fútbol. Y la guinda: fichajes que podían haber llegado antes, decisiones tardías, sensación de improvisación permanente.
¿Cambiar de entrenador? Personalmente, no. Porque sería otro escudo más. Si el problema es estructural, cortar la cabeza de siempre solo limpia el espejo, no cura la enfermedad. Y mientras tanto, la percepción más peligrosa: les da igual. Si el club transmite indiferencia, el equipo se vacía; y si el equipo se vacía, la grada termina exhausta.
El Zaragoza no solo se juega la categoría. Se juega la credibilidad. Y cuando un club parece diseñado para el negocio y no para competir, el descenso deja de ser un accidente deportivo, empieza a parecer la consecuencia lógica de una traición continuada.






