Andorra como termómetro: o sangre en las venas, o descenso en la cabeza

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Más allá del escándalo de las entradas, el partido de Andorra es un examen brutal. No solo por la clasificación: por lo emocional. Cuco Barrachina lo formulaba en Los Deportes de Ebro FM con una frase que debería resonar dentro del vestuario: “Ver el maltrato a tu afición… debería servir para que la plantilla lo dé absolutamente todo”. Porque el Andorra busca una cosa muy concreta: que el Zaragoza se sienta solo. Si además el club no reacciona, el caldo de cultivo para la resignación está servido.

Ahí aparece el dilema que retrata esta temporada: la teoría contra la realidad. Se dice: “esto puede unirnos”, “esto puede encendernos”, “esto puede provocar el efecto contrario”. Y puede ser verdad. Porque en el Zaragoza todo depende de lo mismo: el resultado. Si ganas, la épica crece. Si pierdes, cualquier discurso se pudre.

En el plano estrictamente futbolístico, el panorama es el de siempre: remiendos, tocados, incógnitas. Seguimos con toda la defensa muy tocada. Insúa entrena, sí, pero no está al cien por cien. El Yamiq aparece como otro pilar. Y sobre el centro del campo, el debate es revelador: “Necesito un organizador, ahí no organiza nadie”. Es la fotografía perfecta: no hay director de orquesta. Y sin director, el equipo vive de impulsos, de arrancadas y de fe.

Luego está el debate que divide a cualquiera que haya visto al Zaragoza este año: Mario Soberón. Unos se agarran a lo que el entrenador le pide: “Lo que le pide el míster lo da”. Otros van al dato con desesperación: “Dos goles en 21 partidos… y estamos hablando de que esta es nuestra solución”. El fondo del asunto no es Soberón: es que el Zaragoza está discutiendo si su salvación pasa por poner a jugadores fuera de sitio porque no hay alternativas de nivel.

Por eso todo acaba en el mismo nombre, repetido como un rezo: Kodro. “Si no se recupera Kodro, estamos descendidos”. Se dice sin dramatismo, se dice como una conclusión lógica. Si tu plan de supervivencia depende de que vuelva un jugador y sea diferencial desde el minuto uno, es que el proyecto está roto por dentro. Y aún así, es lo que hay. Con eso jugamos.

¿Soluciones? Se desliza una idea que suena a último recurso: sistema nuevo, sin media punta, más músculo, más recorrido, menos inventos: “Si Kodro está, 4-3-3… tres mediocentros puros y listo, sin media punta”. Es un planteamiento de supervivencia, no de belleza. Pero a estas alturas, el Zaragoza no necesita estética, necesita puntos.

Andorra será eso: un termómetro. Si el Zaragoza sale con sangre, puede agarrarse al salvavidas. Si sale con la cabeza ya descendida, el domingo no será un partido, será una sentencia anticipada. Y lo peor es que, por primera vez en mucho tiempo, cuesta discutirle a nadie el pesimismo cuando sueltas una frase como “No creo en ninguno de ellos ya”. Esa es la herida real. Y esa herida, o la cura un triunfo en Andorra, o se convierte en costumbre.