Hay derrotas que duelen por el marcador y otras que duelen por el retrato que dejan. En Andorra, el Real Zaragoza cayó 2-1 y lo peor no fue el resultado, sino la sensación de equipo agotado, frágil y sin respuestas. Un partido que se vendió como “última bala” terminó pareciéndose demasiado a un epitafio deportivo: el Zaragoza vuelve a ser último y, en la cabeza de muchos, la 1ª RFEF ya no es un fantasma… es un destino.
Rubén Sellés lo dijo después con crudeza: “Hemos tenido ese bloqueo durante los primeros 55-60 minutos, donde no hemos sido capaces de ejecutar nada de lo que habíamos trabajado”. El Zaragoza jugó media hora larga como si la urgencia fuera del rival. Y no lo era. Lo era suya. De hecho, el técnico reconoció que la afición sí cumplió: “Hoy lo han dado… y creo que hemos sido nosotros los que no lo hemos dado”.
Un inicio de pesadilla: 2-0 antes de que el Zaragoza se enterase
El partido empezó con el Zaragoza en modo supervivencia… pero sin instinto de supervivencia. A los 8 minutos, Josep Cerdà abrió el marcador (1-0) tras una acción en el área que llegó precedida de avisos: Andrada ya había tenido que intervenir en el 3’ y el Andorra había empezado a oler la sangre desde el primer minuto.
El Zaragoza no reaccionó. Ni con balón ni sin él. El Andorra vivía cómodo, y el Zaragoza, incómodo en todo: mal perfilado, lejos en las ayudas, tarde en los duelos, sin una salida limpia. A los 23’, de nuevo Cerdà, esta vez de cabeza en un saque de esquina (2-0). Dos goles, dos golpes, y una evidencia: la defensa se descompone con una facilidad insultante.
Sellés lo resumió sin rodeos: “Tenemos un rival enfrente que ha ejecutado su plan… y en pocos momentos quizás lo hemos puesto hasta demasiado fácil”.
Un espejismo: el golazo de Dani Gómez y la roja que lo rompió todo
El Zaragoza regresó del descanso con el mismo 2-0, pero por fin pareció morder un poco. Y entonces apareció el único destello real de fútbol: en el 52’, Dani Gómez sacó un derechazo a la escuadra desde fuera del área (2-1). Un golazo que, por un instante, encendió la idea de remontada.
Duró un suspiro. En el 51’, un minuto antes del gol, Pablo Insua vio la segunda amarilla y dejó al Zaragoza con diez. Con un jugador menos, el plan pasó a ser resistir, empujar y rezar. Aun así, el equipo se agarró con más orgullo que juego: corners, algún balón colgado, una peinada de El Yamiq (81’) y un remate alto de Agada (83’). Hasta Francho intentó el milagro en el 90’ desde “muy lejos y en posición inverosímil”, como si el Zaragoza se hubiera quedado sin caminos y solo le quedara la épica.
Sellés, sin escudarse en el árbitro, prefirió cargar con el peso: “No podemos empezar un partido así” y “la máxima responsabilidad es mía”. Y añadió una frase que es casi un parte de guerra: “No hemos tenido la habilidad de hacer absolutamente nada de lo que habíamos trabajado”.
Lo peor: el patrón se repite
El problema no es perder en Andorra. El problema es cómo se pierde. El Zaragoza volvió a parecer un equipo con dos caras: una que regala media vida al rival y otra que, cuando ya está contra las cuerdas, se acuerda de competir. Sellés lo reconoció: “Luego con el 2-0 y un jugador menos hemos reaccionado… hemos tenido situaciones para poder incluso empatar”. Sí. Pero eso no salva a nadie.
La conclusión es amarga: el Zaragoza compite tarde, cuando el partido ya le ha presentado la factura. Y en esta categoría, esa factura se paga con puntos… y con categoría.
Una afición que empuja y un equipo que no responde
Hubo además el contexto: aficionados desplazados que no pudieron entrar, malestar con el acceso, y una sensación de desamparo que acompaña al zaragocismo como una nube negra. Sellés empezó la rueda de prensa precisamente por ahí: “Hoy han estado ahí… y por eso se merecían las primeras palabras”. Pero el estadio y el calendario no puntúan por aplausos.
Y el Zaragoza, hoy, vuelve a estar donde más duele: abajo del todo. Con la clasificación apretando como una soga y con la sensación de que el equipo está más cerca de romperse que de reconstruirse.
“No estamos muertos”… pero el Zaragoza juega como si lo estuviera
El entrenador insiste: “Nos quedan 15 partidos, no estamos muertos”. La frase intenta ser un salvavidas. Pero el fútbol no entiende de discursos cuando el equipo sale “bloqueado” y se pasa una hora sin ejecutar nada. A estas alturas, la palabra “reacción” empieza a sonar a excusa repetida.
Andorra fue otra prueba de que el Zaragoza no solo pierde puntos: pierde tiempo, pierde confianza y pierde crédito. Y cuando eso ocurre, la 1ª RFEF deja de ser una amenaza para convertirse en una cuenta atrás que se oye incluso cuando el balón no rueda.
El Zaragoza se vuelve de Andorra con una derrota, una expulsión, una mínima esperanza sostenida por un golazo aislado… y con la sensación generalizada de que el descenso ya no es un “si”, sino un “cuándo” si no hay un giro radical. Porque, como reconoció el propio Sellés, “no podemos empezar un partido así”. Y el Zaragoza lleva demasiado tiempo empezándolos exactamente así.



