El Real Zaragoza ha presentado su campaña de abonados 2026-27 con el lema “Ahora más que nunca”. El mensaje busca apelar al orgullo y a la fidelidad del zaragocismo en el momento más bajo de su historia reciente: el equipo jugará en Primera RFEF y el club necesita sostener una masa social que ha sido mucho más fiable que sus dirigentes y sus futbolistas. La campaña llega con una rebaja media anunciada del 18%, con descuentos que en algunas zonas alcanzan el 25%, y con abonos que van desde los 180 euros en los goles laterales hasta los 525 euros en Preferencia Alta Central para adultos.
El problema es que el socio no vive de medias. Vive de su localidad, de su recibo, de lo que pagó el año pasado y de lo que le piden ahora por ver fútbol de una categoría inferior. Y ahí es donde el discurso del club empieza a chirriar. Porque se puede decir que el abono baja, sí, pero también hay que decir que baja el nivel competitivo, baja el número de partidos de liga en casa y no entran de inicio ni la Copa del Rey ni un hipotético play-off de ascenso. La página de preguntas frecuentes del club especifica que el carnet de “Zaragocista Abonado” incluye los partidos de fase regular de Primera Federación.
Esa precisión es clave. El Real Zaragoza no está vendiendo un abono para Segunda División, ni para 21 partidos de liga, ni para una temporada con Copa incluida. Está vendiendo un producto distinto, más corto y de menor categoría. Por eso la bajada porcentual que anuncia el club no puede analizarse solo sobre el precio total, sino también sobre el precio real por partido y sobre el valor deportivo del espectáculo que se ofrece.
La reacción de parte de la afición ha sido dura y comprensible. Algunos zaragocistas han hablado directamente de “timo”, han recordado que hay “dos partidos menos”, que la Copa será aparte y que el club juega ahora en la tercera categoría del fútbol español. Otros han resumido el malestar con una frase demoledora: “De marketing un 10, de pensar en el socio un 0”. Es una exageración nacida del enfado, pero encierra una verdad: el Real Zaragoza sigue apelando muy bien al sentimiento, pero le cuesta mucho más ponerse en la piel económica y emocional del abonado.
La campaña tiene otro problema de fondo: llega después del descenso. No después de un mal año cualquiera, sino después de una caída histórica. El socio no ha fallado. Ha fallado el club. Ha fallado la propiedad. Ha fallado la planificación. Ha fallado el equipo. Y, aun así, el mensaje vuelve a ser que el zaragocismo debe estar “ahora más que nunca”. Es verdad. Pero también habría que completar la frase: ahora más que nunca, el club debería cuidar al socio.
La nueva propiedad tenía aquí una oportunidad magnífica para marcar un punto de ruptura. Podía haber lanzado una campaña más agresiva, más humilde y más reparadora. No bastaba con bajar algo los precios: hacía falta un gesto inequívoco. Algo que dijera: sabemos lo que ha pasado, sabemos que os hemos llevado a Primera RFEF y esta vez el esfuerzo principal lo hace el club. La sensación, en cambio, es que el esfuerzo se reparte de forma demasiado cómoda para la entidad y demasiado exigente para quien paga.
El ejemplo concreto que circula entre aficionados es muy revelador: un socio que pagó 299 euros por 21 partidos la temporada pasada y ahora pagaría 255 por 19 calcula que la rebaja real, ajustada al número de encuentros, se queda muy lejos del titular del descuento medio. Ahí está el corazón del debate. El club vende porcentajes generales; el socio hace cuentas en su asiento. Y cuando el socio hace cuentas, muchas no salen tan bonitas.
Además, la Copa del Rey es un asunto especialmente sensible. La información publicada sobre la campaña señala que los partidos de Copa no están incluidos de inicio y que la idea del club sería incluir los encuentros contra rivales que no sean de Primera División, aunque dependerá del recorrido copero. Esa fórmula introduce incertidumbre. El socio no sabe exactamente qué compra. Y cuando un club está intentando reconstruir confianza, la claridad debería ser absoluta.
También está la modalidad “Zaragocista”, sin asiento, por 50 euros, que permite mantener número de socio, antigüedad, prioridad para comprar entradas y segunda prioridad para elegir ubicación en la futura Romareda. Es una opción razonable para quien no pueda asumir el abono completo, pero no resuelve el problema central: el abonado de toda la vida, el que quiere seguir en su asiento, se siente otra vez tratado como cliente cautivo.
La prioridad para elegir asiento en la Nueva Romareda también funciona como incentivo, pero puede leerse de otra manera: si no sigues pagando ahora, puedes perder posición mañana. Esa es la parte más incómoda del mensaje subliminal que algunos aficionados han denunciado. Formalmente es una ventaja para quien permanece. Emocionalmente, puede percibirse como una presión añadida sobre una afición que ya ha demostrado de sobra su fidelidad.
El Real Zaragoza tiene derecho a defender sus ingresos. Está en una categoría menor, sí, pero sigue teniendo una estructura cara, un estadio provisional, una plantilla que reconstruir y un ascenso que intentar. Nadie puede pedir que el club regale los abonos. Pero entre regalarlos y mantener precios que muchos sienten como impropios de Primera RFEF había margen para un gesto más potente.
La cuestión no es solo cuánto cuesta el abono. La cuestión es qué relato acompaña a ese precio. Y el relato adecuado no era “ahora más que nunca” entendido como una nueva llamada al sacrificio del socio. El relato debería haber sido: “perdón, hemos fallado; ahora nos toca compensaros”. Esa palabra, compensar, es la que falta en toda la campaña.
Porque el zaragocismo no necesita que le expliquen cuándo tiene que estar. Ya estuvo. Estuvo en Segunda. Estuvo en años grises. Estuvo en campañas decepcionantes. Estuvo en La Romareda, en el exilio del estadio provisional y estará también en Primera RFEF. La pregunta no es si la afición va a responder. La pregunta es si el club está a la altura de esa afición.
Y en los precios de esta campaña, la respuesta es discutible. Hay rebaja, sí. Hay esfuerzo, algo. Pero no hay un gesto proporcional al golpe sufrido. No hay una reparación clara tras el descenso. No hay una lectura suficientemente sensible de lo que significa pedir entre 180 y 525 euros por ver fútbol de tercera categoría, con menos partidos y con Copa y play-off fuera del paquete ordinario.
El Real Zaragoza volverá a tener una gran masa social porque el zaragocismo es mucho más grande que sus dirigentes. Pero precisamente por eso duele más. Porque el club sabe que el socio estará. Y a veces da la sensación de que cuenta con esa fidelidad no como un tesoro que debe cuidar, sino como una certeza que puede exprimir.



