El domingo jugamos contra el Andorra. Y no es un partido más: es la última bala, el último salvavidas naranja al que agarrarte cuando te estás ahogando. Un duelo de infarto, de esos que te dejan la garganta seca y el estómago encogido. Pero antes incluso de hablar de fútbol, de si el Zaragoza llega con alma o con miedo, hay una cuestión que me enciende: el Andorra de Gerard Piqué ha decidido que prefiere un estadio vacío a un estadio lleno de zaragocistas.
Y aquí no estamos ante una anécdota. Estamos ante una idea tóxica que el fútbol ha normalizado: discriminar al aficionado visitante como si fuera un sospechoso por definición. La excusa, la de siempre: seguridad. El comodín perfecto para restringir derechos, para controlar el ambiente y, de paso, para convertir al hincha en un potencial delincuente. Como si ser del Zaragoza te convirtiera automáticamente en un ultra. Como si Manoli, 67 años, con su nieta de 8, fuera una amenaza pública por el mero hecho de querer ver a su equipo.
Lo más obsceno es la lógica. Si vas a Holanda nadie te pregunta si eres del Ajax o del PSV para venderte una entrada. En un cine no te impiden ver Tarantino porque te guste Nolan. En baloncesto, balonmano o cualquier otro deporte, esto sería impensable. Pero en el fútbol se tolera. Y cuando se tolera, se extiende. Y cuando se extiende, deja de ser medida puntual para convertirse en modelo de negocio y de control.
El debate, además, dejó una prueba práctica. Entras en la web del Andorra y aparece el reclamo: “compra tu entrada”. Le das. Y te salta el mensaje: la venta está restringida por el organizador. Es decir: se enseña el escaparate y se cierra la puerta. Y lo peor: se hace con esa ambigüedad cobarde que permite decir “no, si vender vendemos…”, hasta que el sistema te bloquea.
A partir de ahí, el fútbol se vuelve grotesco: la picaresca. VPNs, reventa, “vendo un boli y regalo la entrada”, andorranos comprando para vender en Wallapop… La trampa como respuesta a una injusticia. Y ojo: no lo celebro. Es una pena que el aficionado tenga que convertirse en equilibrista para ejercer algo tan básico como entrar a un estadio pagando una entrada. Pero es inevitable: cuando la institución aprieta, el ciudadano busca aire.
Y aquí llega el segundo foco de indignación: ¿dónde está el Real Zaragoza?. Porque esta no es una pelea para que el zaragocista se busque la vida; es una pelea institucional. Si un club restringe entradas sin que el partido sea formalmente de alto riesgo, si encarece el cupo visitante hasta el absurdo, si se ampara en una “seguridad” de conveniencia, el Zaragoza debería estar ya moviendo un dedo: pedir más entradas, denunciar a LaLiga, exigir explicaciones, dejar constancia jurídica. No para ganar el domingo. Para defender a su gente.
Porque el mensaje que se manda es devastador: que el aficionado molesta. Que es un problema logístico. Que si te quedas en casa, mejor. Y eso es dinamitar el fútbol desde dentro: convertirlo en un producto sin alma, sin desplazamientos, sin color, sin ese ruido que hace grande un partido.
El domingo, el Zaragoza se juega media vida. Pero que nadie se equivoque: lo del Andorra no va solo de un rival directo. Va de un fútbol que está decidiendo quién puede mirar el partido y quién debe callarse y quedarse fuera. Y si normalizamos esto, el día que nos demos cuenta, no quedará ni salvavidas: solo un estadio vacío, una grada muda y un deporte que ya no se parece al que amábamos.






