Hoy era el día. El día de morder. El día de que el Real Zaragoza, aunque fuera por orgullo, por rabia o por puro instinto de supervivencia, diera un golpe encima de la mesa. No para lanzar un mensaje a la clasificación, sino para lanzarlo a sí mismo: “seguimos vivos”. Y, sin embargo, lo que vimos en la primera parte en Andorra fue exactamente lo contrario: un equipo que no compite, que no se reconoce y que, por momentos, ni siquiera parece profesional.
Rubén Sellés habló en enero de futbolistas “que fueran a morder”. Perfecto. Pues que alguien me explique cómo encaja ese lema con 45 minutos en los que el Zaragoza salió a verlas venir, a encogerse, a señalarse entre compañeros y a vivir el partido desde el miedo. Miedo al balón. Miedo al error. Miedo al ridículo. Miedo a una responsabilidad que pesa como una losa. Y cuando un equipo juega con miedo, no está peleando por salvarse: está ensayando el descenso.
Lo peor de todo es que esto ya no se puede reducir a “un mal partido”. Sería hasta injusto con la realidad. Lo de hoy es consecuencia. Consecuencia de un verano sin rumbo, de un mercado de invierno que no arregla lo esencial, de lesiones que no son casualidad, de decisiones que se acumulan como basura bajo la alfombra, de cambios de entrenador que solo cambian el cartel, pero no el edificio, y de una institución que lleva demasiado tiempo funcionando como si estuviera en manos de nadie.
Y aquí viene la frase que más duele, porque es la que más se parece a la verdad: hoy el Real Zaragoza ha jugado como un equipo fuera del fútbol profesional. Y ojo, esto no va solo de “si desciende o no”. Va de estándares. Va de conducta. Va de lo mínimo que exige vestir esa camiseta: saber a qué has venido, defender el escudo, defender al compañero, defender a la gente que se deja horas, dinero y garganta por ti. En esa primera parte no vi nada de eso. Vi reproches. Vi desconexión. Vi un grupo hueco.
¿Es Sellés culpable? Claro que tiene su parte. Porque el once lo pone él y hay decisiones que claman al cielo. Si alguien me tiene que explicar por qué hay jugadores que siguen teniendo minutos cuando no aportan ni intensidad, ni lectura, ni oficio, ni nada… que lo haga. Si me tienen que explicar por qué hay otros que, aunque sean limitados, al menos muerden, y se quedan fuera o llegan tarde, que lo hagan. Pero si alguien cree que cargarse al entrenador va a arreglar esto, es que no está mirando el problema: está buscando el fusible de siempre.
Porque esto no empezó con Sellés. Esto viene de antes. Viene de un club que lleva años improvisando, que ha encadenado entrenadores como quien cambia de canal, que ha tenido directores deportivos sin plan y planes sin director deportivo, que ha pasado meses sin estructura real, que no sostiene ni al primer equipo ni al filial, y que además mantiene una cantera en una precariedad que contradice cualquier discurso bonito. No hay proyecto: hay supervivencia institucional.
Y cuando no hay proyecto, solo hay dos salidas: milagro o caída. El milagro exige un vestuario con alma. Y lo que hoy hemos visto es un vestuario sin alma. Un Zaragoza que necesita un central, necesita un mediocentro, necesita un delantero… sí. Pero, sobre todo, necesita algo que no se ficha en el último día de mercado: un mínimo de dignidad competitiva.
El segundo gol del Andorra resume el Zaragoza actual: una acción de córner, área pequeña, emparejamientos básicos… y aun así alguien se suelta, alguien llega tarde, alguien mira al compañero como diciendo “te tocaba a ti”. Ese gol no es un accidente. Ese gol es un diagnóstico. Eso es de categoría infantil, juvenil… jamás de fútbol profesional. Y sin embargo es el Zaragoza de hoy. El Zaragoza del colista.
Y luego está lo de la afición desplazada, lo de la gente que ni pudo entrar, lo del maltrato constante al que el zaragocismo se acostumbra a base de tragarse indignación semanal. Ese detalle, que debería encender un incendio institucional, aquí se asume como si formara parte del paisaje. Como si este club ya no se debiera a nadie. Y esa es, quizá, la mayor derrota: la normalización del desastre.
Por eso digo —y me duele decirlo— que este fue el principio del Zaragoza camino a 1ª RFEF. Porque cuando pierdes, puedes caer. Pero cuando pierdes sin competir, cuando sales sin morder, cuando te pasas una parte sin dignidad, cuando los gestos delatan que ni tú crees… entonces el descenso no es una posibilidad: es una inercia.
Quedan jornadas, sí. Quedan puntos, sí. Pero también queda una pregunta que ya no se puede esquivar: si esto ya parece 1ª RFEF en actitud, en estructura y en alma… ¿qué estamos esperando para actuar como si el club se estuviera cayendo?
Porque si los mismos arquitectos siguen al mando de la obra, no habrá salvación que valga. Habrá, como mucho, una prórroga del mismo error. Y el Zaragoza ya no está para prórrogas. Está para una revolución de verdad. Desde ya. Con nombres y apellidos. Con decisiones, no con pulseras. Con un club, no con un eslogan.



