El Real Zaragoza se encuentra hoy en un estado de «certificación de defunción» en el fútbol profesional. Resulta insultante para el zaragocismo observar cómo mientras Jorge Mas celebra éxitos en Miami, en la capital aragonesa solo quedan figuras señaladas como «incompetentes» o «inútiles», como Fernando López o Mariano Aguilar. La ausencia de la propiedad —ni Ogurlian, ni Jiménez de Parga, ni nadie que dé la cara— es el síntoma más claro de un club que no tiene quien lo gobierne ni quien lo guíe.
Se ha pasado de vender promesas de jugar en Europa y la Champions League a ni siquiera aparecer por la Junta General de Accionistas, ni por videoconferencia. El sentimiento de una historia centenaria está siendo asesinado por intereses personales de quienes están fuera y ven el club como un mero negocio económico. La indiferencia de la propiedad es el golpe de gracia para una entidad que parece haber perdido su alma en manos de una gestión que muchos ya califican, con dolor y rabia, como algo cercano a una «organización criminal» por el daño infligido






