La indignación no nace del 0-0. Nace de la sensación —cada vez más extendida— de que al Real Zaragoza no solo le cuesta ganar por sus carencias, sino porque en partidos clave se le “adultera” el escenario. Y en León, con el penalti señalado por mano de Francho tras aviso del VAR, esa sospecha se convirtió en certeza para muchos zaragocistas.
La tesis es grave: no se trata de una interpretación discutible, sino de una intervención “premeditada” para conducir al árbitro a una conclusión. El relato pone el foco en el procedimiento: el colegiado no pita la mano en directo porque la había visto perfectamente, pero le llaman del VAR y ahí llega el punto nuclear: no le muestra la mejor de las imágenes… le muestran la peor, en el peor ángulo, la única toma que tapa el primer contacto del balón con la pierna. Si eso fue así, el problema trasciende la jugada: sería la utilización selectiva de la evidencia para justificar un penalti.
Quien sostiene esta versión añade más argumentos técnicos: el balón antes de golpear en el brazo… golpea en la rodilla y el impacto posterior se produciría en la parte posterior del tríceps. Incluso se plantea una lectura de protección: con la trayectoria real, ese balón le golpearía en la cabeza, lo que permitiría entender el gesto como instintivo, no antinatural. En otras palabras, no solo no sería penalti: sería un ejemplo de cómo el VAR puede empujar a sancionar lo que el fútbol, en su dinámica, genera sin intención.
Lo que alimenta la ira no es solo León. Es el contexto. Se menciona un caso exactamente igual en el Mallorca–Betis, donde una mano tras rebote ni siquiera se mira en el VAR y por supuesto no se pita penalti. Y aparece un patrón: jamás se había visto a todos los equipos… cabreados… a todos a la vez. Grandes y pequeños, Primera y categorías inferiores, con comunicados, ruedas de prensa incendiarias y una contestación que ya no es ruido de redes: es debate nacional.
El zaragocismo, además, llega con gasolina acumulada: expulsiones, criterios cambiantes, decisiones que “han decantado en contra”. Y cuando el club se siente estadísticamente señalado —equipo con más rojas, pese a ser de los que menos faltas comete—, el relato se convierte en convicción, ya nadie puede negarlo.
El problema de fondo es corrosivo: si el aficionado deja de creer en el sistema, deja de creer en el juego. Y León, con ese penalti, ha sido para muchos otro recordatorio de que el fútbol, además de malo en el césped, puede ser peor en el despacho del vídeo.



