La derrota contra el Mirandés dolió, claro que dolió. Pero no me parece una derrota para entregarse ni para tirarlo todo por la borda. Me parece, sobre todo, una derrota que confirma dos cosas al mismo tiempo: que este Zaragoza compite mucho mejor que hace unos meses y que llega demasiado tarde a su propia reconstrucción. Y ese es, en el fondo, el gran drama de esta temporada.
Porque el partido ante el Mirandés no fue un 0-5 de la Cultural, ni un esperpento como el de Andorra, ni una de esas tardes en las que el equipo transmitía que ya no había nada que hacer. Fue otra cosa. Fue un partido de los que puedes ganar perfectamente, incluso de los que probablemente ganas más veces de las que pierdes si se juega diez veces. Pero lo perdiste. Y a estas alturas, cuando vives al borde del abismo, perder así también pesa muchísimo.
La diferencia está ahí. Si este mismo partido sucede en la jornada 7, todos diríamos que ha sido un accidente, que el equipo generó, que mereció más y que el fútbol a veces castiga. Y tendríamos razón. El problema es que esto no pasa en la jornada 7. Pasa cuando estás en descenso, cuando ya no tienes colchón, cuando cada error te acerca al precipicio y cuando el margen para la mala suerte es mínimo. No puedes aislar el partido de la clasificación. Esa es la condena que arrastra este Zaragoza por haber tirado media temporada a la basura.
Dicho eso, tampoco compro el derrotismo absoluto. El Zaragoza sigue compitiendo. Y eso, hoy, no es un detalle menor. Hay una línea de trabajo y una línea emocional que el equipo está sosteniendo. Se puede perder, sí, pero no se está cayendo a pedazos. Y mientras no deje de competir, mientras no vuelva a dar esa imagen de equipo roto, arrastrado y sin fe, yo me resisto a enterrarlo. Porque ahora mismo el problema no es este partido; el problema es todo lo anterior. Es el ayer, no solo el hoy.
También creo que esta Segunda es tan mala, tan irregular y tan caprichosa que casi cualquier cosa puede pasar en ocho jornadas. Por eso me cuesta tanto comprar las sentencias definitivas sobre quién baja y quién se salva. El Cádiz lleva semanas dando pena y seguramente acabará ganando alguno. El Valladolid tiene más nombre que fútbol. El Leganés no me transmite gran cosa. El Huesca y la Cultural, para mí, están prácticamente caídos. Y el Mirandés, sin parecerme ningún gigante, sí me parece un equipo serio, incómodo y bien trabajado, bastante más fiable que varios de los que están abajo.
Ahí está otra de las claves: no se trata solo de tener mejores jugadores. Se trata de ser mejor equipo. Y el Zaragoza, por fin, empieza a parecerlo. Tarde, seguramente demasiado tarde, pero empieza a parecerlo. Por eso todavía creo. Porque el equipo ahora compite, genera y sostiene una identidad. Lo que pasa es que no tiene renta. La que sí tuvo en otros años y que esta vez desperdició en aquel arranque infame que hoy lo condena a vivir al límite.
Y luego está lo estructural, lo de fondo, lo que no se arregla con una victoria en Córdoba ni con una permanencia agónica. Este club lleva demasiado tiempo mal dirigido, improvisando, llegando tarde a sus propias soluciones y dejando escapar talento de casa mientras trae a gente de fuera que no entiende nada de lo que pisa. El Zaragoza no necesita solo salvarse. Necesita dejar de comportarse como un club que siempre reacciona cuando ya tiene el agua al cuello.
Todavía se puede salir. Sí. Pero incluso si se sale, convendría no olvidar cómo se ha llegado hasta aquí.



