Hay una sensación que se repite demasiado cuando uno piensa en el Real Zaragoza: no solo compite mal durante demasiados tramos de la temporada, sino que además lo hace en una liga construida para perjudicar precisamente a clubes como él. Y conviene decirlo claro. El problema del Zaragoza no es solo futbolístico, ni solo institucional, ni solo anímico. El problema es también estructural. Y mientras no se entienda eso, seguiremos hablando de síntomas sin ir a la enfermedad.
Ahora mismo el Zaragoza está vivo. Eso ya es una evidencia. Viene de estar prácticamente cadáver y hoy, al menos, tiene pulso. No da felicidad plena, pero tampoco provoca ya esa desesperación absoluta de hace unas semanas. El equipo compite, ha recuperado algo de orden, algo de fe y algo de dignidad competitiva. Eso no es poco. El problema es que llega tarde, con muy poco margen y con una plantilla a medio hacer, descompensada y construida con una alarmante falta de lógica.
Porque si algo ha quedado claro este año es que no basta con tener dos delanteros medio fiables. El problema no está solo en Dani Gómez o en Kodro. El problema está en todo lo que rodea a esos delanteros. En esa segunda línea que tenía que aportar goles, desequilibrio y soluciones, y que ha sido un desierto. Ahí está el agujero de verdad. No puedes aspirar a salvarte con extremos, mediapuntas y jugadores de tres cuartos que no suman ni uno, ni dos, ni tres goles con cierta continuidad. Así es imposible construir un equipo estable.
Y aun con todo eso, el Zaragoza sigue respirando. ¿Por qué? Porque en Segunda, con un mínimo de orden y compromiso, puedes sobrevivir. Esta categoría no tiene grandes monstruos. Tiene equipos más o menos apañados, más o menos intensos, pero no hay casi nadie infinitamente mejor que nadie. El Mirandés, por ejemplo, sin ser ningún trasatlántico, sí parece un equipo serio, trabajado y con sentido competitivo. Y eso en esta liga ya te da muchísimo. Mucho más que varios millones mal gastados.
Pero el verdadero escándalo va más allá del césped. El verdadero escándalo está en el reparto económico de esta competición. No es normal que un club como el Real Zaragoza, de los más vistos, de los más seguidos y de los que más interés genera, reciba una cantidad ridícula comparada con entidades que no arrastran ni una décima parte de su masa social ni de su seguimiento televisivo. Eso no es equilibrio. Eso no es justicia. Eso es castigar al que genera y premiar al que simplemente está.
Y así es como se destruye a los históricos. No de golpe, sino poco a poco. Haciéndoles competir en inferioridad económica, dejándoles sin margen, sin renta y sin capacidad de recuperación. Mientras tanto, se vende el relato de que todo está muy repartido y de que se protege la categoría. Mentira. Lo que se protege es un sistema clientelar en el que cuantos más clubes pequeños tengas contentos, más fácil es sostener determinados poderes.
El Zaragoza tiene mucha culpa de sus errores. Muchísima. De su mala gestión, de sus entrenadores, de sus fichajes y de sus bandazos. Pero también sería ingenuo no ver que compite en una estructura que lo exprime y lo devalúa. Y por eso esta pelea no es solo por salvarse. Es por no dejarse empequeñecer del todo.






