Hay derrotas que escuecen por lo mal que juegas. Y hay otras, como la del Real Zaragoza en Riazor, que duelen por lo contrario: porque el equipo hizo lo suficiente como para no perder. Y eso, en el contexto actual, es casi peor.
El Zaragoza cayó 2-1 ante el Deportivo en un partido que, siendo honestos, no mereció perder. Tampoco ganar. El empate era lo justo. Pero el fútbol no entiende de justicia, sino de detalles. Y en esos detalles el equipo volvió a fallar.
Primero, en la desconexión defensiva. En esa jugada en la que varios jugadores se quedan reclamando una falta inexistente en lugar de seguir compitiendo. “Se quedan mirando y reclamando en vez de ir a cubrir”, se señalaba con acierto. Y segundo, en acciones puntuales que en esta categoría se pagan. Porque esto es Segunda División, y aquí el margen de error es mínimo.
Lo más preocupante no es el resultado en sí. Perder en casa del segundo entra dentro de la lógica. Lo verdaderamente inquietante es el contexto: era una bala clave. Un punto que estaba en la mano y que podía haber cambiado muchas cosas a nivel anímico.
Porque esta derrota no rompe al equipo futbolísticamente, pero sí deja una sensación de vacío. De oportunidad perdida.
Y sin embargo, hay una lectura positiva que no se puede obviar. El Zaragoza compite. Compite de verdad. Nada que ver con aquel equipo que se dejaba ir semanas atrás. “Hemos vivido derrotas mucho peores”, y es cierto. Este equipo ahora está vivo.
Pero claro, el problema es el tiempo. Antes había margen. Ahora no. Ahora cada partido es una final. Y en las finales no basta con competir: hay que sumar.
El equipo ha encontrado un camino. Pero el fútbol no premia las buenas sensaciones, sino los puntos. Y el Zaragoza, hoy, se fue de Riazor con cero. Y eso pesa.



