La victoria ante el Almería no borra nada, pero sí cambia algo fundamental: devuelve al Real Zaragoza la posibilidad de creer. Después de tantos meses de derrumbe, de tanta impotencia acumulada, de tanto partido en el que el equipo parecía caminar hacia el abismo sin remedio, por fin apareció una noche que permitió al zaragocismo respirar. No es la salvación. Ni mucho menos. Pero sí es una sacudida emocional de las que alteran el ánimo de una ciudad entera.
Porque eso es el Real Zaragoza en estos momentos: un estado de ánimo colectivo. Un equipo capaz de arruinar semanas enteras cuando pierde y de levantar a miles de personas cuando gana. Lo explicó muy bien quien mejor retrata al aficionado de este club: el Zaragoza no es una distracción, es casi un hijo. Cuando le va mal, uno vive peor. Cuando por fin da una alegría, todo pesa un poco menos. Y eso explica por qué esta victoria ante el Almería, segundo clasificado y uno de los grandes aspirantes al ascenso, ha tenido un efecto tan poderoso en el entorno.
Ahora bien, conviene no confundirse. Lo mejor del triunfo no fue solo el resultado. Lo realmente importante fue la sensación. El Zaragoza volvió a parecer un equipo. No una suma de jugadores asustados, desconectados o resignados, sino un bloque reconocible, solidario y comprometido. Hubo orden, intensidad, ayudas constantes, sacrificio y una idea común. El Zaragoza no ganó desde el caos ni desde el milagro. Ganó desde la sencillez, desde el trabajo y desde esa palabra que durante meses había desaparecido del vocabulario blanquillo: equipo.
Ahí aparece la figura de David Navarro. Sería absurdo atribuirle toda la transformación en una semana, pero sería igual de injusto negarle el impacto. El nuevo entrenador ha hecho algo que parecía elemental y, sin embargo, nadie había conseguido: simplificar el fútbol, colocar a cada uno en un contexto reconocible y devolver al grupo un sentido colectivo. Ha entendido que este Zaragoza no estaba para inventos, ni para revoluciones tácticas, ni para discursos vacíos. Estaba para competir, correr, apretar, sufrir junto y aprovechar lo poco que tiene. Y eso, que parece tan simple, ha resultado ser una novedad absoluta.
También ha cambiado el tono emocional. David Navarro no habla como un técnico de paso ni como un profesional de alquiler. Habla como alguien que entiende el peso de este escudo, el hartazgo de la grada y la necesidad de conectar de nuevo al equipo con su gente. Lo importante de su mensaje no es solo lo que dice, sino que parece creerlo de verdad. Y eso se ha trasladado al campo. El Zaragoza jugó ante el Almería con el corazón por delante, pero también con cabeza. No fue una actuación histérica ni suicida. Fue una actuación madura, consciente de sus limitaciones y fuerte en sus convicciones.
En paralelo, este renacer futbolístico también sirve para señalar una evidencia incómoda: el gran problema del Zaragoza no era solo deportivo. O mejor dicho, lo deportivo era la consecuencia. Durante meses, el club se movió entre la desorientación, los errores y una sensación de vacío institucional cada vez más insoportable. Esta temporada no se entiende sin el fracaso de la propiedad, de la estructura ejecutiva y de las decisiones tomadas desde los despachos. La crisis no empezó con una derrota ni terminará con dos victorias. El daño es mucho más profundo.
Por eso esta pequeña resurrección no puede utilizarse como coartada para blanquear a quienes han llevado al club a este límite. Que nadie se engañe: el Zaragoza sigue donde sigue por la incompetencia de una propiedad que ha demostrado no entender el club que dirige. El problema no era solo el entrenador de turno, ni el director deportivo que ya se fue, ni la mala suerte con las lesiones. El problema era, y sigue siendo, estructural. Lo de ahora es un parche esperanzador, no una absolución general.
De hecho, una de las mejores noticias de estas dos victorias es precisamente que han llegado con una mayor presencia de perfiles de aquí, de gente que entiende la dimensión emocional del Zaragoza y el contexto de esta tierra. No se trata de defender a nadie por ser aragonés, sino de valorar que, al menos esta vez, el club parece haber encontrado personas que comprenden dónde están y qué representa vestir este escudo. Lalo Arantegui, David Navarro, Néstor Pérez y los que han ido entrando en esta nueva fase pueden tener aciertos o errores, pero al menos transmiten algo que antes no existía: cercanía, pertenencia y sentido de responsabilidad.
Ese arraigo, sin embargo, no será suficiente por sí solo. Harán falta más victorias, mucha regularidad y una convicción que aguante cuando llegue otro golpe. Porque llegará. El calendario no va a regalar nada y el Zaragoza sigue en una situación límite. Como bien se apuntaba en esa reflexión, no se ha hecho nada todavía. El descenso sigue ahí. La distancia sigue siendo exigente. Y la permanencia continúa siendo una empresa dificilísima. Pero ahora, al menos, ya no parece una misión grotesca. Ahora vuelve a parecer una pelea posible.
La clave está en no caer en la autocomplacencia. Ganar al Cádiz y al Almería no da derecho a nada. Solo obliga a mantener el nivel. Lo que se vio ante el Almería debe ser el nuevo mínimo. Esa intensidad, ese orden, esa capacidad para sufrir y ese compromiso con la grada tienen que repetirse semana tras semana. Si el Zaragoza vuelve a aflojar, volverá a hundirse. Si mantiene esta línea, tendrá opciones reales de pelearlo hasta el final.
En realidad, esa es la gran enseñanza del partido: el Zaragoza no necesitaba discursos grandilocuentes, necesitaba volver a reconocerse. Y durante noventa minutos lo hizo. Se vio a un equipo que entendió dónde estaba, qué se jugaba y quién tenía delante. Se vio a un equipo al que la afición pudo agarrarse otra vez. Se vio, en definitiva, un Zaragoza más parecido al que quiere ser y menos parecido al que llevaba meses avergonzando a todos.
La victoria ante el Almería no arregla el desastre. Pero sí evita, al menos de momento, que todo se hunda definitivamente. Le da vida al enfermo. Le permite salir de la UCI emocional. Y, sobre todo, obliga a mirar hacia adelante con una mínima esperanza. Después de tanto dolor, no es poco.






