Inicio Real Zaragoza David Navarro ha devuelto algo que el Zaragoza había perdido: el alma

David Navarro ha devuelto algo que el Zaragoza había perdido: el alma

0

Hay victorias que valen tres puntos y otras que valen bastante más. La del Real Zaragoza ante el Almería no solo sirve para seguir respirando en la clasificación, sino para recuperar una sensación que el zaragocismo había perdido hace mucho tiempo: la de volver a reconocerse en su equipo. No es una cuestión únicamente de resultado. Es una cuestión de identidad, de compromiso, de lenguaje futbolístico y hasta de lenguaje emocional.

El Zaragoza ganó 2-0 al segundo clasificado. Lo hizo además en un partido largo, exigente, incómodo, de esos en los que durante muchos minutos el margen de error es mínimo. Y lo ganó porque compitió como un equipo, no como una colección de jugadores. Esa es, para mí, la gran diferencia. Con David Navarro al frente, el Zaragoza vuelve a parecer un bloque. Un equipo que sabe sufrir, que se ayuda, que junta líneas, que corre cuando toca y que no regala metros ni acciones absurdas. En una categoría como Segunda, eso es muchísimo más importante que cualquier pizarra sofisticada.

A veces se desprecia demasiado la sencillez. Parece que, si un entrenador no habla en un lenguaje grandilocuente, si no envuelve todo en conceptos modernos, si no vende un fútbol de laboratorio, sabe menos. Y sin embargo el Zaragoza de David Navarro se entiende mejor que todos los anteriores. No porque haya inventado nada, sino porque ha hecho lo más difícil: ordenar, simplificar y convencer. Ha puesto a cada uno cerca de donde mejor puede rendir, ha quitado peso muerto del once y ha devuelto al equipo la obligación de competir. Así de simple. Así de importante.

Y luego está el componente emocional, que en Zaragoza nunca es un adorno. Aquí no basta con jugar bien. Aquí hay que transmitir. Aquí hay que dejar claro que entiendes lo que significa este escudo. Y eso también se nota. Se nota en Navarro, se nota en Néstor, se nota en el nuevo contexto del vestuario y se nota en varios futbolistas que ahora sí parecen conectados a la realidad del club. No es casualidad que la afición se enchufara como lo hizo. El público de Zaragoza, maltratado durante años, no pide milagros; pide verse reflejado. Y cuando lo hace, responde.

El caso de Hugo Pinilla resume bastante bien lo que está cambiando. No solo por su talento, que lo tiene, sino por lo que simboliza. Simboliza que quizá durante demasiado tiempo se ha mirado fuera antes que dentro. Que se ha preferido insistir en jugadores sin alma ni rendimiento antes que dar el paso a chicos que sienten el club y, además, pueden aportar. La aparición de Pinilla no es solo una buena noticia deportiva. Es casi una denuncia silenciosa de todo lo mal que se ha gestionado esta plantilla.

Por supuesto, todavía no se ha hecho nada. Seguir en descenso después de dos victorias seguidas es la prueba más evidente de la ruina previa. Pero también es verdad que ahora, al menos, hay vida. Y en el fútbol, cuando hay vida, hay posibilidad. Nadie puede garantizar la salvación. Lo que sí puede exigirse es que el equipo pelee con esta cara, con este orden, con este compromiso y con este sentimiento de grupo.

El Zaragoza no se ha salvado. Pero ha recuperado algo sin lo que era imposible salvarse: el alma. Y eso, tal y como estaba todo hace dos semanas, ya es una noticia enorme.