Las dos victorias consecutivas del Real Zaragoza han traído alivio, ilusión y una bocanada de aire fresco a una afición que llevaba meses asfixiada. Pero conviene no perder la perspectiva. Que David Navarro haya sido capaz de levantar al equipo en tiempo récord no exonera a quienes han llevado al club hasta este abismo. Más bien al contrario: los deja todavía más señalados.
Porque si en apenas unos días ha sido posible construir un Zaragoza más lógico, más comprometido y más competitivo, la pregunta es inevitable: ¿qué demonios se ha estado haciendo durante todo este tiempo? Esa es la gran cuestión. No la del milagro reciente, sino la del desastre anterior. No la del acierto de ahora, sino la de la cadena interminable de errores que han convertido a un club histórico en un enfermo permanente.
La victoria ante el Almería no tapa nada. Lo que hace es iluminarlo todo. Demuestra que había margen para hacer las cosas bastante mejor. Demuestra que algunos futbolistas estaban mal utilizados o directamente estaban siendo premiados sin merecerlo. Demuestra que la cantera tenía más soluciones de las que se quería ver. Demuestra que el problema no era solo de calidad, sino de criterio. Y demuestra, sobre todo, que este club ha vivido demasiado tiempo instalado en la improvisación, en la dependencia de gente que no entiende Zaragoza y en una estructura que ha ido dejando cadáveres deportivos año tras año.
La aparición de David Navarro en el banquillo y de figuras más conectadas con la casa no es una casualidad. Es una rectificación. Tardía, seguramente desesperada, pero rectificación al fin y al cabo. Y eso tiene una lectura muy dura para la propiedad y para quienes han tomado decisiones en los últimos tiempos: si la solución parcial pasaba por mirar dentro, por recuperar sentido común y por confiar en perfiles que conocen el club, entonces el camino anterior ha sido un fracaso absoluto.
Durante demasiado tiempo se ha despreciado lo propio. Se ha vendido academia mientras se vaciaba de sentido la ciudad deportiva. Se ha hablado de proyecto mientras se tomaban decisiones de corto vuelo. Se ha fichado cantidad donde hacía falta criterio. Se ha mantenido a jugadores sin rendimiento mientras se cerraban puertas a otros con más hambre, más energía y más vínculo emocional con el Zaragoza. El resultado de todo eso no era una mala racha: era una deriva.
Por eso me cuesta tanto comprar el discurso de la simple reacción deportiva. Sí, el Zaragoza ha mejorado. Sí, David Navarro ha acertado. Sí, el equipo transmite otra cosa. Pero no olvidemos que seguimos aquí por culpa de una planificación pésima, de una gestión institucional blanda y de una cadena de decisiones que han debilitado al club en todos los niveles. Lo deportivo no vive aislado. Es el reflejo de lo que se cuece arriba.
Y precisamente por eso estas victorias deberían servir también como advertencia. No basta con agarrarse a la euforia del momento. No basta con decir que ahora sí. Si el Zaragoza logra salvarse, la obligación no será felicitarse sin más, sino hacer limpieza, revisar procesos, asumir responsabilidades y reconstruir con seriedad. Porque si no, dentro de unos meses estaremos otra vez hablando de milagros, de angustias y de últimas balas.
Hoy toca disfrutar, claro que sí. Tocaba ganar y se ha ganado. Tocaba competir y se ha competido. Pero la alegría no puede anestesiar la memoria. El Zaragoza ha reaccionado tarde, muy tarde. Y precisamente por eso estas victorias no absuelven a nadie: señalan todavía mejor a los culpables.






