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El Real Zaragoza firma otro bochorno con pie y medio en 1RFEF (1-3)

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El Real Zaragoza prácticamente ha firmado su sentencia de muerte hacia la Primera RFEF. Todavía no es matemático, pero ya casi nadie cree en otra cosa. La derrota por 1-3 ante el Sporting de Gijón, en un partido que el conjunto asturiano afrontó con absoluta tranquilidad y sin jugarse nada verdaderamente importante, deja al equipo aragonés como colista con 35 puntos y con una imagen devastadora: la de un bloque sin alma, sin fútbol y sin rasmia.

Eso fue lo más grave de la noche. No solo se perdió. Se volvió a perder transmitiendo la sensación de que este Zaragoza ya no tiene capacidad ni emocional ni futbolística para sostenerse en el fútbol profesional. Ni siquiera en un encuentro de máxima urgencia, con la necesidad apretando la garganta y con el estadio empujando desde el inicio, apareció un equipo reconocible, competitivo o mínimamente fiable. Lo que apareció fue una plantilla desnortada, frágil, descompuesta y resignada a su suerte.

Y eso que el partido comenzó con un espejismo. El Zaragoza entró mejor, acumuló varias llegadas y generó tres ocasiones claras antes del gol. Pinilla la tuvo, Cuenca la tuvo por dos veces, y el equipo pareció por unos minutos encontrar algo de energía. En el minuto 23, Saidu adelantó al conjunto blanquillo con un disparo desde fuera del área tras un córner. El 1-0 abría una puerta. Otra más. Una de tantas que se le han abierto esta temporada a un equipo incapaz de cruzarlas.

La reacción del Sporting fue tan sencilla como reveladora. Sin agobios, sin tensión, sin urgencias, el equipo gijonés fue creciendo a partir del orden y de la calma. Empató en el minuto 29, también en un córner, por medio de Lucas Perrin. Otra vez el balón parado castigando a un Zaragoza incapaz de defender lo básico. Otra vez el rival encontrando petróleo sin hacer demasiado. Y otra vez el equipo aragonés derrumbándose al primer contratiempo.

A partir del empate, el partido cambió por completo. El Zaragoza empezó a jugar con miedo, a perder duelos, a llegar tarde a casi todo y a encogerse. El Sporting, sin necesidad de revolucionar nada, encontró el segundo gol antes del descanso en un penalti transformado por Álex Corredera tras revisión del VAR. Del posible 2-0 al 1-2. Del impulso al hundimiento. Del intento de agarrarse a la salvación a otra caída más hacia el vacío.

En la segunda mitad, el Zaragoza quiso empujar más por obligación que por convicción. Hubo cambios, hubo centros, hubo más presencia cerca del área rival, pero casi nada de fútbol. El equipo atacó a trompicones, sin ideas, sin continuidad y sin la personalidad que exige una final. Kodro mandó un balón al poste en la acción que pudo cambiar el partido, pero ni siquiera eso alteró el tono de un Sporting cómodamente instalado en el partido, esperando el momento para castigar de nuevo.

Y ese momento llegó al final, cuando todo en el Zaragoza ya era pura ansiedad, desorden y desesperación. La expulsión de Soberón en el minuto 82, apenas unos minutos después de entrar al campo, terminó de retratar el caos. Y en el añadido, Amadou Coundoul firmó el 1-3 definitivo al culminar un contragolpe que resumió todo lo que fue la noche: un Zaragoza volcado sin sentido, roto por dentro y por fuera, y un rival que simplemente tuvo que correr con un poco de claridad para rematarlo.

Lo más duro no fue el marcador. Lo insoportable fue la sensación de final. Porque este Zaragoza ya no transmite ni orgullo, ni rebeldía, ni fútbol, ni siquiera una mínima furia competitiva. Es un equipo sin alma, sin juego y sin esa rasmia que durante décadas definió al club y a su gente. Y cuando un equipo llega a este punto, cuando ni siquiera en el alambre es capaz de competir con la intensidad que exige el momento, el descenso deja de ser una amenaza para convertirse en una evidencia.

El Sporting no necesitó una gran noche. Ni siquiera necesitó una versión especialmente brillante. Jugó con serenidad, con orden, con oficio y con la naturalidad de quien sabe que enfrente tiene a un rival destruido. Y eso, precisamente eso, es lo más humillante para el Real Zaragoza: que un equipo sin urgencias, sin presión y sin nada decisivo en juego se paseara por el partido hasta acabar imponiéndose con autoridad.

El Zaragoza es último con 35 puntos. Y aunque las matemáticas todavía no lo hayan rematado, la realidad hace tiempo que dictó sentencia.