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Del cielo de París al fondo de Segunda División

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Hay fechas que no deberían necesitar explicación en Zaragoza. El aniversario de la Recopa de París no es solo el recuerdo de un título. Es la fotografía de lo que fue este club cuando competía con los grandes de Europa sin complejos, cuando su escudo imponía respeto, cuando su camiseta representaba ambición, talento, carácter y un orgullo colectivo que parecía indestructible. París no fue un accidente. Fue la consecuencia natural de un Real Zaragoza grande de verdad.

Por eso duele tanto mirar hoy al club.

Mientras se evoca aquel gol eterno de Nayim, aquella noche irrepetible y aquella felicidad que marcó a varias generaciones, la realidad actual golpea con una crueldad casi obscena: el Real Zaragoza está a las puertas del descenso del fútbol profesional. No hablamos de un mal año aislado, de una crisis puntual o de una mala racha que se arregla con dos fichajes y un cambio de entrenador. Hablamos del resultado de demasiadas temporadas de decadencia, de errores acumulados, de decisiones pésimas y de una pérdida paulatina de identidad que ha ido vaciando al club por dentro.

Esa es la tragedia de este momento.

No se trata solo de que el Zaragoza pueda caer a Primera RFEF. Se trata de que el mismo club que un 10 de mayo levantó una Recopa hoy no es capaz ni de sostenerse con dignidad en Segunda División. Se trata de que donde antes había jerarquía ahora hay fragilidad. Donde antes había futbolistas capaces de cambiar partidos e historia, ahora hay una plantilla que transmite miedo, ansiedad y una alarmante falta de peso competitivo. Donde antes había una estructura de club reconocible, hoy hay desorientación, improvisación y la sensación de que casi nadie ha estado a la altura de la responsabilidad histórica que tenía entre manos.

El contraste es brutal.

París representa la cima de una institución que sabía quién era. El presente retrata a un Zaragoza que hace tiempo dejó de comportarse como el club que dice ser. Porque un club grande no lo es solo por su pasado, sino por cómo protege su escudo en el presente. Y eso es precisamente lo que más ha fallado aquí. Se ha gestionado mal el primer equipo, se ha debilitado la cantera, se han encadenado proyectos sin coherencia, se han firmado plantillas mal construidas y se ha terminado por normalizar una mediocridad que hace años habría sido insoportable.

Lo más duro para el zaragocismo no es solo ver al equipo tan abajo. Lo más duro es comprobar que el hundimiento no llega de una desgracia imprevisible, sino de una larga cadena de negligencias. El posible descenso no sería una maldición: sería una consecuencia. La consecuencia de no haber entendido durante demasiado tiempo qué significa dirigir al Real Zaragoza.

Y, sin embargo, precisamente por ser el aniversario de París, también conviene recordar algo más. Aquel Zaragoza no nació de la nada. No surgió porque sí. Fue el fruto de una cultura competitiva, de una exigencia, de una ambición y de una conexión sentimental entre club, ciudad y afición que hoy parecen muy lejanas, pero que siguen ahí, enterradas bajo capas de frustración. El problema es que el escudo sigue teniendo memoria, pero quienes lo han administrado en estos años no han sabido honrarla.

Hoy Zaragoza mira a París con nostalgia, sí, pero también con rabia. Porque el recuerdo de la Recopa no sirve solo para emocionarse. Sirve para medir la magnitud del derrumbe. Sirve para entender todo lo que se ha perdido. Sirve para preguntarse cómo se ha permitido que un club capaz de conquistar Europa haya terminado peleando por no desaparecer del mapa profesional del fútbol español.

Hay aniversarios que deberían celebrarse. Este, además, obliga a reflexionar. Porque entre el gol de Nayim y este presente insoportable no solo han pasado años. Han pasado demasiadas malas decisiones.

Y esa es la herida real del zaragocismo: saber que el club que una noche tocó el cielo europeo hoy vive mirando al abismo.