¿En busca de tarjetas?

0

La imagen que dejó el Real Zaragoza en Valladolid no solo empeoró la clasificación. También abrió otra sospecha mucho más incómoda en el zaragocismo: la sensación de que hay futbolistas que, en el momento más crítico de la temporada, desaparecen demasiado rápido del mapa.

El caso del pasado fin de semana resulta difícil de ignorar. Carlos Pomares, que no jugaba desde el 10 de enero, entró en el minuto 79 y vio la quinta amarilla en el 81. Mario Soberón, que no participaba desde el 5 de abril, entró también en ese tramo final y fue expulsado en el 83. Dos jugadores recién reaparecidos, dos ausencias automáticas para la siguiente jornada, dos problemas más para un equipo que ya no tiene margen de error.

Y ahí aparece la duda que muchos aficionados se hacen abiertamente: si esto es simple mala fortuna, nerviosismo competitivo o algo peor. Porque el contexto ya no permite mirar estas acciones como anécdotas aisladas. El Zaragoza se está jugando la supervivencia, necesita absolutamente a todos y, sin embargo, da la impresión de que cada semana hay alguien que se cae, alguien que desaparece o alguien que se borra del combate antes de tiempo.

Lo de Pomares llama especialmente la atención. Después de casi cuatro meses sin jugar, su regreso duró apenas dos minutos antes de quedar sancionado por acumulación. En cualquier otro escenario podría hablarse de inercia, falta de ritmo o exceso de ímpetu. Pero en este Zaragoza, con la temporada deshecha y la tensión por las nubes, el aficionado ya no concede el beneficio de la duda con tanta facilidad. Demasiadas veces se ha encontrado con jugadores que reaparecen sin continuidad, con futbolistas que parecen estar siempre a un paso de volver pero nunca terminan de estar, o con presencias testimoniales que aportan poco más que desconcierto.

Tampoco pasa desapercibido lo de Soberón. Entró con el partido todavía vivo y en cuestión de minutos se marchó expulsado. No fue una tarde cualquiera ni un encuentro de trámite. Era una final encubierta, otra más. Y en ese contexto, una roja así alimenta la idea de un equipo superado por la situación, sí, pero también la sospecha de que no todos están dispuestos a sostener el peso de este escudo cuando el barro llega al cuello.

El problema es que esta sensación no nace solo de dos acciones puntuales. Se acumula desde hace meses. Lesiones extrañas, recaídas, ausencias largas, jugadores que no cuentan, otros que reaparecen sin continuidad, futbolistas que parecen estar siempre disponibles en teoría pero casi nunca en la práctica. En un vestuario con tantos contratos cortos, tantas cesiones y tanto futuro individual pendiente del verano, el miedo del zaragocismo es lógico: que más de uno esté pensando ya en su siguiente destino antes que en salvar al club.

Las cifras disciplinarias tampoco ayudan a calmar ese malestar. El Zaragoza ya suma 14 expulsiones esta temporada, un dato salvaje para un equipo que pelea por no caer al abismo. No parece un grupo fiable, sereno ni preparado para competir bajo presión extrema. Más bien transmite lo contrario: ansiedad, desconexión y una alarmante falta de control en los momentos decisivos.

Para el partido ante el Sporting no estarán Pomares ni Soberón. Regresarán Saidu y Tasende tras cumplir sanción, pero el debate ya está abierto. No solo sobre quién juega, sino sobre quién quiere de verdad jugar esta pelea hasta el final. Porque a estas alturas ya no basta con estar en la convocatoria, ni con reaparecer unos minutos, ni con dar señales de vida. Ahora toca demostrar que nadie se está borrando. Y en este Zaragoza, visto lo visto, esa duda ya forma parte del paisaje.