EDITORIAL
La gran pregunta ya no es solo qué va a pasar con el Real Zaragoza. La gran pregunta es qué va a pasar con la ciudad después de haber comprado, financiado y defendido un relato que hoy hace aguas por todas partes. Porque durante años se vendió a Zaragoza un mensaje muy concreto: el nuevo estadio no iba a costarle un duro al Ayuntamiento. Era poco menos que una operación impecable, un movimiento estratégico, una inversión de futuro casi incruenta para el bolsillo del ciudadano. Y, sin embargo, la realidad se ha encargado de desmontar ese discurso pieza a pieza. Hoy el campo cuesta un dineral. Lo paga, directa o indirectamente, la ciudad. Y lo hace mientras el club al que debía servir de palanca institucional y emocional se encamina al abismo.
Esa es la dimensión del desastre. No hablamos solo de fútbol. Hablamos de gestión pública, de prioridades políticas y de una alarmante falta de exigencia hacia una propiedad que ha demostrado sobradamente cuáles eran sus verdaderos intereses. Porque a estas alturas resulta ingenuo seguir fingiendo que el centro del proyecto era lo deportivo. No lo era. El centro del proyecto era el negocio inmobiliario. El estadio. El suelo. La operación urbanística. La foto. El gran titular. El envoltorio. Mientras tanto, el equipo, que debía ser el corazón de todo esto, ha sido dejado en manos ajenas, subordinado a intereses externos, gestionado sin alma y sin ambición, y arrastrado por los campos de Segunda División hasta quedar al borde de la desaparición del fútbol profesional.
Eso es lo verdaderamente insoportable para una ciudad como Zaragoza. No se puede aceptar como normal que la cuarta ciudad de España contemple resignada cómo su principal club no cumple ni siquiera con la obligación mínima de presentar un proyecto deportivo a la altura de su historia, de su masa social y de su peso institucional. No se puede naturalizar que un club histórico lleve años instalado en la mediocridad, enlazando fracaso tras fracaso, mientras desde las instituciones se sigue sosteniendo el decorado de la gran modernización. ¿Modernización de qué? ¿De qué sirve un estadio nuevo si el equipo se hunde? ¿Qué prestigio urbano se gana levantando un gran recinto si el nombre de Zaragoza se devalúa cada fin de semana en el escaparate nacional?
Aquí alguien confundió el continente con el contenido. O, peor aún, alguien sabía perfectamente que el contenido daba igual mientras el continente permitiera hacer negocio. Porque esa es otra verdad incómoda: la propiedad ha actuado como si el Real Zaragoza fuera un accesorio del proyecto, no su razón de ser. Ha faltado inversión deportiva seria, ha faltado un modelo sólido, ha faltado un liderazgo con verdadero compromiso y ha sobrado una lógica empresarial cortoplacista que ha tratado al club como una pieza más de una operación mucho más amplia. Y el resultado está a la vista: un Zaragoza degradado, una afición humillada y una ciudad que en apenas dos semanas puede quedarse sin fútbol profesional.
Entonces la pregunta es inevitable: ¿cómo se justifica ahora La Romareda? ¿De verdad se pretende sostener semejante desembolso público con el argumento de que Zaragoza tendrá un partido de un Mundial compartido con Marruecos y Portugal? ¿Ese era el gran horizonte? ¿Un encuentro, una postal, una cita aislada, mientras el club que debía dar sentido diario al estadio se despeña? Sería una ironía cruel: construir una gran obra con dinero público para acoger un evento puntual mientras se deja morir la razón principal por la que esa obra debía existir.
Algo se ha hecho mal, sí. Y no poco. Se ha hecho mucho mal. Se ha mirado demasiado a la maqueta y demasiado poco al césped. Se ha comprado el discurso del inversor salvador sin exigir resultados. Se ha aceptado como suficiente la promesa urbanística sin blindar la exigencia deportiva. Y, sobre todo, desde la Plaza del Pilar se ha actuado como si el club pudiera separarse del estadio, como si una cosa no contaminara a la otra, como si el fracaso del Real Zaragoza no acabara convirtiéndose también en un fracaso político y ciudadano.
Porque lo será. Si el Zaragoza cae, no caerá solo una categoría. Caerá también una narrativa entera. La de quienes prometieron que todo esto era progreso. La de quienes aceptaron que el club podía seguir deteriorándose mientras avanzaba la obra. La de quienes quisieron presentar como modernidad lo que hoy empieza a parecer una enorme desproporción. Un estadio carísimo para una ciudad sin equipo profesional. Una gran infraestructura para tapar una pequeña, y pésima, gestión.
Y entonces sí habrá que responder de verdad a la pregunta: ¿y ahora con La Romareda qué?






