Hay derrotas que duelen por el resultado y otras que duelen por lo que revelan. A mí me preocupa casi más lo segundo. Porque perder entra dentro del fútbol. Lo insoportable es la sensación de vacío, de desconexión, de falta de fibra moral. Y eso es exactamente lo que transmite este Real Zaragoza desde hace demasiado tiempo.
Lo digo claramente: a mí me cuesta muchísimo entender que en un momento como este, con el club jugándose la vida, todavía haya futbolistas incapaces de estar a la altura en los gestos más elementales. Ya no hablo de marcar un gol, de ganar un duelo o de defender un córner. Hablo de lo básico. De la implicación. Del respeto. De entender dónde estás y qué camiseta vistes.
Por eso me dejó mal cuerpo todo lo que rodeó la despedida al padre de Néstor Pérez. En días así se retrata un vestuario. No por una cuestión de protocolo, sino de humanidad. Y si además se transmite la idea de que el club había marcado la importancia de estar allí y aun así hubo ausencias significativas, la sensación que queda es todavía peor. No porque uno pretenda fiscalizar duelos o imponer poses, sino porque en momentos así se ve quién comprende el peso del escudo y quién simplemente está de paso.
A mí me parece gravísimo que en un equipo al borde del colapso todavía haya que debatir si algunos entienden lo que supone pertenecer al Real Zaragoza. No puede ser que el zaragocismo tenga que agarrarse siempre a los mismos, a los chavales, a los que sienten esto de verdad, mientras otros se deslizan por la temporada como si solo estuvieran esperando a que llegue junio para marcharse.
Esa es la gran herida de este equipo. No es solo que juegue mal. Es que muchas veces transmite indiferencia. Y en Zaragoza la indiferencia se perdona menos que la torpeza. El aficionado puede aceptar que no te dé. Lo que no soporta es sospechar que te da igual.
Yo sí creo que hay futbolistas que han dado la cara. Y también creo que otros han ido cumpliendo más por inercia que por convicción. Pero el balance general es demoledor. Hay demasiada sensación de final de contrato, de cabeza fuera, de vestuario roto en mil pequeñas parcelas individuales. Demasiado “yo” para tan poco “nosotros”.
Luego nos sorprende que el equipo se caiga, que se autoexpulse, que vea amarillas absurdas, que desconecte en momentos decisivos o que viva instalado en un caos emocional permanente. Pero es que todo está relacionado. Cuando un grupo no tiene un compromiso común real, el fútbol acaba delatándolo. Antes o después. Siempre.
Y eso es lo que a mí más me desespera. Que el Zaragoza no solo está perdiendo partidos; está perdiendo identidad. Ya casi no sabemos quién siente esto de verdad y quién está simplemente cumpliendo expediente. Y cuando un club como este deja de reconocerse en la actitud de sus jugadores, entonces el problema deja de ser deportivo para convertirse en algo mucho más profundo.
Porque al final el escudo no se arrastra solo cuando pierdes. También se arrastra cuando no estás donde deberías estar, cuando no acompañas en lo humano, cuando no sostienes al compañero y cuando tu lenguaje corporal grita distancia en el peor momento posible.
Y eso, por mucho que luego se quiera maquillar con declaraciones o promesas, también desciende a los equipos. Primero por dentro. Luego en la clasificación.



