Lalo pone lógica donde antes había humo

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En muy poco tiempo, Lalo Arantegui ha hecho algo que parecía imposible en el Real Zaragoza: devolver cierta lógica al área deportiva. No digo que haya obrado un milagro. No digo que el desastre esté resuelto. Ni mucho menos. Pero sí digo que, por fin, da la impresión de que alguien está tomando decisiones con sentido común, con conocimiento del terreno y sin necesidad de disfrazar la realidad con palabras vacías.

Y eso, en este club, ya es muchísimo.

Durante demasiado tiempo el Zaragoza ha parecido un laboratorio de ocurrencias. Gente que venía de fuera a descubrir la categoría, a reinventar el fútbol o a imponer estructuras que no entendían ni el contexto ni el club ni el barro en el que estaba metido el equipo. Mucho discurso moderno, mucho organigrama, mucha teoría… y muy poco Zaragoza. Muy poco fútbol real. Muy poco conocimiento del terreno. Muy poco sentido práctico.

Por eso la llegada de Lalo transmite otra cosa. Transmite que se ha vuelto a mirar donde había que mirar. Que se está fichando y rodeándose de gente que conoce Aragón, que conoce la Primera RFEF, la Segunda, el fútbol de aquí y el tipo de jugador que puede servir en un escenario u otro. Y eso no es aragonesismo de pancarta. Eso es pura lógica deportiva.

Porque claro que importa que los tuyos conozcan la casa. Pero no por una cuestión sentimental, sino porque saben de qué va esto. Saben lo que exige esta afición, saben lo que pesa este escudo y saben, sobre todo, en qué categoría estás y qué tipo de perfiles necesitas. El Zaragoza llevaba tiempo actuando como si pudiera vivir permanentemente de nombres, representantes y mercados lejanos, mientras despreciaba el conocimiento cercano, el que pisa campos, el que ve partidos en directo y el que conoce jugadores antes de que se pongan de moda.

Lo más sangrante es que muchas de las cosas que ahora parecen evidentes ya se llevaban tiempo diciendo. Que hacía falta gente de fútbol real, no ejecutivos del PowerPoint. Que hacía falta mirar más al talento cercano y menos al humo lejano. Que hacía falta una estructura deportiva con criterio y no una sucesión de apuestas desconectadas de la realidad.

Y también conviene decir una cosa: si Lalo ha traído a gente de su confianza, hace bien. Faltaría más. Siempre que estén preparados, que lo están. En el fútbol, como en cualquier empresa seria, nadie sobrevive rodeándose de incapaces solo porque sean amigos. Precisamente eliges a los tuyos porque sabes cómo trabajan, qué ven, qué conocen y qué pueden aportarte. El problema no es rodearte de gente de confianza. El problema es rodearte de gente inútil. Y ahí es donde el Zaragoza ha fallado demasiadas veces en los últimos años.

Lo que se percibe ahora es que, al menos, hay una idea. Que hay una línea. Que no se está improvisando cada mañana. Y eso también se nota en la elección de David Navarro, en el papel de Néstor Pérez, en la apuesta por gente del fútbol aragonés y en la recuperación de una visión más pegada al césped que al despacho.

Eso no garantiza el éxito. No asegura la permanencia. No convierte al Zaragoza de repente en un club bien gestionado. La propiedad sigue siendo la misma y muchos de los problemas estructurales permanecen ahí. Pero entre el caos permanente y un mínimo de cordura hay una diferencia enorme. Y esa diferencia, ahora mismo, tiene nombre y apellido.

Lalo Arantegui no ha solucionado el Zaragoza. Lo que ha hecho es algo más básico, pero hoy imprescindible: empezar a comportarse como si esto fuera un club de fútbol y no un experimento mal dirigido. Y después de tanto humo, tanta pose y tanta incompetencia, casi emociona ver algo tan simple como eso.