Victoria y señales: el Real Zaragoza compite, responde y empieza a parecer un equipo

0

La victoria del Real Zaragoza ante la UD Almería no fue solo una cuestión de resultado. Fue, sobre todo, una confirmación. Después del triunfo en Cádiz quedaba la duda de si aquello había sido un impulso puntual o el inicio de una reacción real. Frente a uno de los equipos más potentes de la categoría, el conjunto aragonés despejó buena parte de las incógnitas con un partido serio, competitivo y, por momentos, incluso superior al rival en lo colectivo.

El equipo de David Navarro dio continuidad a la mejoría ya apuntada en la jornada anterior. No se limitó a resistir ni a vivir de la emoción del momento. Hizo un encuentro trabajado, sobrio y reconocible. Supo corregir rápido los desajustes iniciales, convivió con las fases de dominio del Almería sin descomponerse y ofreció la sensación de estar siempre dentro del partido. Esa es probablemente la mejor noticia de todas: el Zaragoza ya no parece un equipo entregado a la voluntad del rival.

Desde el punto de vista futbolístico, la imagen fue incluso mejor que la ofrecida en Cádiz. Allí el equipo había competido y ganado. Ante el Almería, además, transmitió la sensación de que podía hacer daño, de que quería dominar ciertos tramos y de que encontraba zonas productivas para generar juego, especialmente en los pasillos interiores que activaban a Hugo Pinilla y a Rober González. Faltó más claridad en la llegada a los delanteros, sí, pero hubo una estructura reconocible y una intención clara.

También el trabajo sin balón fue notable. Francho Serrano y Keidi Bare corrigieron muy bien los espacios de los laterales y ayudaron a blindar una zona sensible ante un rival con tanto talento ofensivo. El Zaragoza concedió algunos remates, algo lógico ante un equipo de ese nivel, pero dio muchas menos facilidades que en semanas anteriores. El Almería tuvo acercamientos, disparos desviados, un cabezazo fuera y alguna acción aislada, pero no transmitió la sensación de estar desbordando a un equipo frágil. Y eso, en este Zaragoza, es un avance enorme.

De hecho, en defensa se empieza a percibir una transformación real. Los mecanismos están más ajustados, los centrales sufren menos y los laterales reciben más ayudas. No es casualidad que el equipo haya encadenado dos porterías a cero. A ello se suma un dato que tiene mucho valor simbólico: el Zaragoza volvió a ganar por más de un gol, algo que no ocurría desde hacía muchísimo tiempo. El 2-0 ante el Almería, más allá de la anécdota estadística, refuerza la idea de que el equipo empieza a competir mejor y a traducirlo en resultados.

En ese contexto, el papel de David Navarro vuelve a quedar subrayado. Su Zaragoza no solo corre más o mete más intensidad. También parece más lógico, más sencillo y mejor armado. Esa sencillez no debe entenderse como una virtud menor, sino como un gran acierto. En un equipo herido, con futbolistas tocados física y mentalmente, la mejor decisión posiblemente era dejar de inventar y volver al origen: poner a cada uno en su sitio, simplificar tareas, fortalecer mecanismos básicos y pedir compromiso. Hacer fácil lo difícil. Y eso, aunque a veces se infravalore, no está al alcance de cualquiera.

Navarro volvió a leer bien el partido. Acertó con el once, con el plan de inicio y con la gestión de los cambios. El Almería tiene más nombre, más plantilla y más recursos, pero el entrenador zaragocista logró que el duelo se jugara donde más le interesaba al Real Zaragoza. En esa partida táctica, el aragonés estuvo por encima de Rubi. Y eso también cuenta.

En lo individual, hubo varios nombres propios. El más decisivo fue Rober González, autor del primer gol y probablemente el jugador con más desequilibrio y personalidad del partido. Tiene algo distinto y lo volvió a demostrar. También destacó Hugo Pinilla, que sigue aportando frescura, movilidad y una naturalidad impropia de su edad. Su irrupción no solo suma fútbol: también lanza un mensaje a toda la plantilla. Si rindes y compites, juegas. Si no, da igual el nombre o el salario.

A partir de ahí, también se vio una buena gestión de esfuerzos con la entrada de Mawuli Mensah y Saidou, que endurecieron la zona ancha y terminaron por reducir el margen de maniobra del Almería. El equipo fue creciendo con los cambios, otra señal importante en una plantilla que durante muchos meses había transmitido justo lo contrario.

El arbitraje, eso sí, volvió a convertirse en un factor de tensión. El VAR tuvo que intervenir en decisiones clave y evitó que el encuentro se torciera de forma injusta. En esta ocasión, el videoarbitraje no favoreció al Zaragoza: simplemente corrigió errores y aplicó justicia. Pero la sensación volvió a ser la de un arbitraje desconcertante, con decisiones difíciles de entender y una gestión del partido muy poco convincente.

En clave clasificatoria, la victoria no cambia todavía la crudeza del panorama, pero sí transforma el estado emocional del equipo y del entorno. El Zaragoza sigue necesitando mucho, muchísimo, para salvarse. Pero ya no está donde estaba hace dos semanas. Ha recuperado el derecho a pelearlo. Ha reducido distancias, ha mejorado sensaciones y, sobre todo, ha dejado de parecer un equipo condenado.

Ahora llega el siguiente examen, en Riazor, donde un empate podría parecer valioso en otro contexto, pero donde la urgencia obliga a mirar el calendario con otra exigencia. El Zaragoza necesita seguir ganando, o al menos seguir sumando sin freno. No hay espacio para la relajación. Pero sí hay, por primera vez en mucho tiempo, argumentos para pensar que este equipo puede competir de verdad por la permanencia.

Y luego está el factor ambiental. El estadio modular vivió ante el Almería una noche distinta. Por primera vez se pareció, aunque fuera por momentos y con todas las distancias del mundo, a un campo con alma. Hubo tensión, comunión y una descarga emocional evidente. Pero conviene no engañarse: eso no nace solo de la grada. Lo provocó primero el equipo, con su actitud, su orden y su compromiso. El público respondió porque el Zaragoza, por fin, le dio motivos.

Ese es el gran cambio. No la euforia. No la exageración. No el espejismo. El gran cambio es que ahora el Zaragoza vuelve a parecer un equipo de fútbol. Y en una temporada tan enferma como esta, eso ya es muchísimo.