Hay errores que no aparecen en el marcador, pero que también delatan la torpeza de un club. Y uno de ellos, en mi opinión, fue sentar a Hugo Pinilla ante los micrófonos en este momento. No porque el chico no esté preparado para hablar. Al contrario: habló bien, con educación, con templanza y con una naturalidad admirable. El problema no fue él. El problema fue quien decidió exponerlo.
A veces da la sensación de que en el Real Zaragoza nadie mide los tiempos. Nadie se para a pensar qué conviene, qué toca y qué no toca. Y con los chicos de la cantera eso debería ser sagrado. Hugo Pinilla no es una campaña de imagen ni un recurso para agradar a la afición. Es un futbolista de 19 años, un chico que acaba de irrumpir en el primer equipo, que viene de vivir unas semanas durísimas en lo personal y al que, precisamente por eso, habría que cuidar mucho más.
Lo que necesita ahora Pinilla es jugar, crecer, equivocarse sin que se le venga el mundo encima y seguir desarrollándose con naturalidad. No necesita convertirse en el rostro de nada. No necesita que cada semana se le coloque delante de una cámara como si fuera el símbolo de la reconstrucción del Zaragoza. Eso no le ayuda. Eso le añade una carga innecesaria.
Además, el club ya tiene demasiados precedentes como para no haber aprendido nada. Ya hemos visto lo que pasa cuando se acelera a un canterano, cuando se le convierte antes de tiempo en bandera, en esperanza, en reclamo. Luego, cuando llegan los días malos, aparecen las prisas, las críticas, las decepciones y el desgaste. Y el que paga la factura no suele ser quien tomó la decisión de exponerlo, sino el propio chico.
Lo lógico habría sido otra cosa. Si querías darle foco, había un momento perfecto: su renovación. Ahí sí. Ahí tenía todo el sentido que el club lo presentara, lo arropase y explicara su apuesta por él. Ahí el mensaje era claro, institucional y coherente. Pero usar una rueda de prensa de actualidad deportiva para poner a un chaval a hablar de la salvación, de la presión, del momento del equipo y de una situación que no ha generado él, me parece un error de bulto.
Porque Pinilla no tiene que responder por esta temporada. No tiene que dar explicaciones sobre lo que han hecho o han dejado de hacer otros. No tiene que cargar con el discurso que deberían sostener capitanes, veteranos o responsables del club. Él está para jugar al fútbol y ayudar en lo que pueda. Nada más y nada menos.
En el Zaragoza se habla mucho de cuidar la cantera, pero cuidarla no es solo renovar contratos o dar minutos. Cuidarla también es proteger a los chavales del exceso de ruido, del escaparate innecesario y de los vaivenes emocionales de un club que demasiadas veces parece gobernado por la improvisación.
A Pinilla hay que dejarle tranquilo. Que juegue, que disfrute, que se equivoque, que crezca. Que sea futbolista antes que símbolo. Porque cuando un club confunde a un chico con un producto, casi siempre acaba estropeando las dos cosas.



