El Real Zaragoza se consume en su propia ruina

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Aquí no hay mala suerte, hay una demolición

Lo verdaderamente insoportable de la situación del Real Zaragoza no es solo la clasificación. No es únicamente ver al equipo penúltimo con 35 puntos, a cuatro de una salvación que parece una quimera. Lo más doloroso es comprobar que este desastre ya no puede explicarse como una mala temporada, una mala racha o una sucesión de accidentes. No. Esto es una demolición. Lenta, sostenida y perfectamente reconocible desde hace años.

El zaragocismo ya ni siquiera vive en la rabia. Vive en una especie de desolación resignada, en esa sensación de que todo lo que podía salir mal ha salido peor. El primer equipo se hunde, el Deportivo Aragón desciende, el juvenil firma su peor puntuación en una década. No estamos hablando de un fallo puntual en la confección de una plantilla. Estamos hablando de un club entero descompuesto. De una institución que ha dejado de funcionar en todas sus capas. Cuando todo cae al mismo tiempo, ya no hay excusas posibles: es un fracaso global de gestión.

Y ese fracaso tiene responsables muy claros. Aquí se ha triturado a entrenadores, a jugadores, a técnicos, a gente de la casa y a cualquiera que haya pasado por este club. Algunos lo merecerían más y otros menos, pero todos han acabado devorados por una estructura enferma. La diferencia es que el denominador común siempre permanece arriba. Cambian los nombres del banquillo, cambian los cromos del vestuario, cambian los discursos, pero el desastre persiste. Y cuando el patrón se repite una y otra vez, ya no hay que mirar al último fusible. Hay que mirar a quien sostiene el cuadro eléctrico.

La gran tragedia es que incluso este equipo, paupérrimo, mal hecho y sin alma, ha seguido teniendo oportunidades. El resto de rivales por abajo ha convertido la lucha por la permanencia en una competición de miserias. Y ni así. Ni con el Cádiz desplomado, ni con el Huesca y el Mirandés tambaleándose, ni con jornadas en las que todos tropiezan a la vez. El Zaragoza ha sido incapaz de aprovechar nada. Porque ahora mismo, más allá de la tabla, transmite lo que realmente es: un equipo de descenso. Ya no por números, sino por sensaciones, por fútbol, por carácter y por credibilidad.

Ese es el fondo del asunto. No se desciende solo porque falte calidad. Se desciende porque el club ha perdido su estructura, su exigencia y su verdad. Porque se ha normalizado el autoengaño. Porque se ha querido vender optimismo cuando había señales evidentes de derrumbe. Porque durante demasiado tiempo se ha señalado como “metemierdas” a quienes advertían de lo que venía. Y porque se ha preferido anestesiar al entorno antes que afrontar la realidad. Ahora esa realidad ya no se puede tapar.

También duele ver cómo se ha vaciado de sentido el propio escudo. Lo que antes imponía respeto, hoy parece un peso muerto que el equipo arrastra sin convicción. Hay jugadores que parecen de paso, futbolistas de contrato corto, cedidos, piezas sin vínculo emocional ni proyecto real, tipos que transmiten que esto se acaba en junio y que ya buscarán otro destino. Ese error estaba cantado desde el momento en que se construyó una plantilla sin continuidad, sin raíces y sin compromiso de medio plazo. Si conviertes el club en una estación de tránsito, no puedes sorprenderte cuando nadie muere por él.

Y mientras tanto, la gran humillación paralela: el estadio. Un club al borde del abismo deportivo y un contexto institucional que sigue girando en torno a la obra, al negocio, a la infraestructura, al envoltorio. Como si el problema fuera estético. Como si bastara con levantar hormigón para sostener una identidad que se cae a pedazos. Es obsceno. Porque el mensaje que se lanza es devastador: aunque el equipo se hunda, la operación sigue adelante. Aunque el zaragocismo se rompa, el juguete sigue valiendo. Aunque el club se asome a Primera RFEF, aquí parece que nadie paga de verdad por el desastre.

Lo peor de todo es que ni siquiera puede afirmarse con rotundidad que se haya tocado fondo. Eso da todavía más miedo. Porque el descenso a Primera RFEF no sería el final del viaje, sino el comienzo de otra clase de terror. Uno todavía más sucio, más precario y más difícil de revertir. No hay ninguna garantía de rebote inmediato. Ninguna. El nombre no asciende. La historia no asciende. La masa social no asciende. Ascienden los proyectos bien hechos. Y el Real Zaragoza lleva demasiados años demostrando que no sabe construir ninguno.

Por eso ya no vale agarrarse a una calculadora o a un tropiezo del rival. El problema no es matemático. Es moral, estructural y deportivo. Este equipo no está donde está por casualidad. Está exactamente donde lo han llevado. Y eso obliga a decir algo incómodo pero necesario: el Real Zaragoza no está muriendo por un mal mes. Está pagando muchos años de abandono, soberbia, propaganda y negligencia.

Quedarán partidos, quedarán cuentas y quedará esa mínima esperanza que siempre se resiste a morir en el aficionado. Pero la herida ya está hecha. Y aunque ocurriera el milagro de la salvación, nada debería tapar la verdad: este club ha sido conducido al peor escenario de su historia reciente. Y eso no lo explican ni un mal rebote, ni una mala tarde, ni una mala plantilla. Lo explica una gestión desastrosa de arriba abajo. Una demolición. Y lo más grave es que nadie puede decir ya que no la vio venir.