La derrota del Real Zaragoza en Riazor dejó un sabor extraño, de esos que duelen más que otros tropiezos. No porque perder ante el Deportivo de La Coruña, segundo clasificado y en su estadio, sea algo que se salga de la lógica. En circunstancias normales, incluso podría considerarse un resultado asumible. Pero este no era un partido cualquiera. El Zaragoza de David Navarro había conseguido reactivar algo que parecía muerto, había devuelto a la afición la capacidad de creer y había transformado el ambiente en apenas dos jornadas. Por eso perder así, cuando el empate parecía amarrado y cuando el equipo daba la impresión de tener el duelo controlado en la segunda parte, deja una sensación de oportunidad perdida que cuesta digerir.
No fue un partido brillante del Zaragoza, ni mucho menos. La primera mitad fue pobre, con demasiados minutos a merced de la posesión del Dépor, corriendo detrás del balón y sin capacidad para enlazar tres pases por dentro. Pero una cosa fue el dominio territorial del conjunto gallego y otra muy distinta que sometiera con claridad al equipo aragonés. Tuvo más balón, sí. Tuvo más presencia, también. Pero no transmitió en ningún momento la sensación de ser un rival imparable. De hecho, el verdadero Zaragoza apareció tras el descanso, cuando David Navarro corrigió, agitó el centro del campo y encontró en Seidu una solución que resulta incomprensible que no se haya explotado antes.
Con el nuevo dibujo y con más músculo y orden por dentro, el equipo creció. La segunda parte del Zaragoza fue probablemente una de las más serias de toda la temporada. Hubo control, hubo intención, hubo llegadas y, sobre todo, hubo personalidad. No la personalidad vacía del discurso hueco, sino la del equipo que sabe lo que tiene que hacer y que compite de verdad. El empate no era un milagro ni un botín excesivo: era lo justo. Por eso el 2-1 final sabe tan mal.
Porque además no llegó en una gran jugada colectiva del Dépor, ni en un asedio final, ni en una demostración de jerarquía de un aspirante al ascenso. Llegó en una acción mal defendida, con demasiados jugadores blanquillos protestando un posible empujón en lugar de seguir la jugada, dejando tiempo y espacio para un disparo desde la frontal. Y ahí, para rematar la faena, apareció el error grosero de Andrada, que esta vez sí fue decisivo. Conviene ser justos: el portero argentino ha dado más puntos de los que ha quitado en el cómputo global de la temporada. Pero en Riazor falló. Y cuando un equipo vive al límite, esos errores no se maquillan: te condenan.
Aun así, lo peor de esta derrota no es clasificatorio, aunque también. Lo peor es el golpe moral. El Zaragoza había conseguido engancharse otra vez a ese clavo ardiendo de la permanencia, había devuelto la tensión competitiva al aficionado, había hecho que el zaragocismo volviera a sufrir de verdad porque sentía que había algo por lo que pelear. Y perder así, con el partido en la mano y con la sensación de que el rival no era superior, escuece mucho más.
Pero, pese a todo, hay algo que diferencia esta derrota de tantas otras. Esta vez el Zaragoza cayó compitiendo. Esta vez el equipo no dio la impresión de resignación, ni de descomposición, ni de desgana. Esta vez hubo vida. Y quizá esa sea la única noticia a la que aferrarse. Porque las balas se agotan, sí. Pero mientras el equipo siga mostrando este nivel de compromiso, todavía habrá razones para creer. Ahora ya solo existe una palabra: Racing.



