Hace más o menos un par de meses, una chica de veintisiete años, no sé si periodista, influencer, tertuliana frecuente en programas de televisión y activista política de izquierdas montó un número por una supuesta agresión, además grabada, por parte de otro reportero, que no periodista, que se ha hecho famoso por la impertinencia de sus abordajes, y de resultas de la cual dijo, la chica, haber sufrido lesiones en un brazo, y para demostrarlo se mostró durante unos días en varios programas de televisión luciendo un llamativo cabestrillo. Por supuesto, interpuso la correspondiente querella, imprescindible para tratar de dar más credibilidad a su historia, pero los jueces encargados de tramitarla la han rechazado por no apreciar ni agresión ni lesiones. Nadie de los que hemos visto los vídeos hemos apreciado tampoco agresión alguna. Aquello fue un burdo y vergonzoso montaje imposible de sostener. La muchacha en lugar de esconderse bajo una piedra debe seguir, por lo que me han contado, prodigándose en los medios. ¿Pero qué necesidad había de montar ese número? No sé si tiene la disculpa de su inmadurez, pero llevar su activismo a esos extremos parece poco serio. En todo caso, no deja de ser una anécdota significativa y extraña.
Me preocupa más otro activismo, más peligroso y sofisticado, y posiblemente menos entendible aún: el de toda esa corte de personas ya maduras, supuestamente formadas, con su vida ya hecha, sus aspiraciones colmadas, sin ninguna necesidad económica ni de medro personal e incluso en algún caso -no en todos- con un prestigio profesional o político que no habría ninguna razón para dilapidar. Son personas que están sacrificando ese prestigio al servicio de un personaje, el presidente del Gobierno, que evidentemente no lo merece. Me refiero a los pumpidos, tezanos, garciaortices, marlaskas, robles, peramatos… Sinceramente, no entiendo esa degradación. La entendería si hubiera una necesidad económica, las letras de la hipoteca, el colegio de los niños, la pura subsistencia, pero ¿en su caso?
Y esta reflexión nos trae a esos otros que han hecho de la política su profesión y sí dependen de ella para hacer frente a esos gastos, el colegio de los niños y demás. Es una militancia y un activismo más fácil de entender que el de los anteriores. En el panorama nacional hay muchos ejemplos. Éstos aguantarán todas las contorsiones ideológicas que hagan falta, todos los cambios de criterio que les impongan desde arriba, todas las abdicaciones de principios supuestamente irrenunciables… Aquí en Aragón tenemos el ejemplo de Pilar Alegría, quien hace ahora un año aseguró que dimitiría si se aportaban pruebas de que se había producido la famosa fiesta de Ábalos con unas prostitutas en el Parador de Teruel, concretamente en la suite 101. Hablamos del año 2020. Ella, entonces delegada del Gobierno en Aragón, pasó la noche en ese establecimiento hotelero, dijo no haber oído nada (a pesar de que se comunicaron destrozos en la suite) y negó que, efectivamente, hubiera habido nada de lo que reportaron los medios. Por entender mejor el contexto, estos hechos se habrían producido en plena pandemia del COVID-19 (con restricciones de movilidad y toques de queda vigentes). La UCO ha aportado datos que confirman los hechos, que han sido recientemente publicados en varios medios: el viaje de dos prostitutas jóvenes, de 21 y 22 años, cuyos nombres se han dado a conocer, desde Málaga y Córdoba, y cuyos gastos de desplazamiento habrían sido abonados por el Ministerio de Transportes. ¿Dimitirá Pilar Alegría? Dijo que lo haría. Se admiten apuestas. Y eso que ella es más consciente que nadie de que Pedro Sánchez la sacrificó políticamente al enviarla como candidata a Aragón. ¿Le vale la pena la obediencia que ha demostrado hasta ahora? Las letras de la hipoteca, el colegio de los niños, la pura subsistencia… A eso se reduce la militancia política y la obediencia al líder. No dimitirá.
Alfonso Guerra, todo un referente en el socialismo de hace unos años, ha señalado la disyuntiva con crudeza: los militantes y votantes del PSOE han de elegir entre proteger a Sánchez o proteger al PSOE, pero ambas cosas no son compatibles. Pero pierdan toda esperanza, esa disyuntiva que ha planteado Guerra no se la va a plantear nadie más. Efectivamente, aquí no dimite nadie.
Julio Calvo Iglesias
Exconcejal del Ayuntamiento de Zaragoza





