Inicio Real Zaragoza ¿Y ahora qué? La afición espera un resurgir, pero el club sigue...

¿Y ahora qué? La afición espera un resurgir, pero el club sigue obligado a no equivocarse otra vez

0

El zaragocismo vive instalado en una contradicción permanente. Por un lado, el golpe del descenso a Primera RFEF ha sido tan duro que ha dejado a mucha gente entre la incredulidad, la rabia y esa tristeza seca que ya no necesita ni palabras. Por otro, el corazón del aficionado funciona de una manera distinta a cualquier análisis frío: mientras exista el Real Zaragoza, existirá una razón para seguir. Y ahí está precisamente el debate de fondo. No se trata solo de asumir la caída. Se trata de decidir qué hacer con ella.

En las últimas horas se ha instalado una idea comprensible: hay clubes a los que bajar les ha servido como punto de inflexión. No porque descender sea algo positivo, que no lo es nunca, sino porque tocar fondo les obligó a reconstruirse de verdad. A limpiar inercias, a profesionalizar estructuras, a reconectar con su gente y a volver con un proyecto más sólido. Ese es el clavo ardiendo al que muchos se agarran ahora en Zaragoza. Pensar que esto puede ser una especie de resurrección. Que el golpe sirva para algo. Que, ya que el daño está hecho, al menos obligue a cambiar lo que durante demasiado tiempo no se ha querido cambiar.

El problema es que ese discurso solo tiene sentido si detrás aparece una respuesta seria del club. Porque el zaragocismo puede aceptar el dolor, pero no está dispuesto a aceptar otra tomadura de pelo. Y ahí entra un factor decisivo: la campaña de abonados. Va a ser mucho más que una campaña comercial. Va a ser una declaración de intenciones. Casi un termómetro moral.

Porque el estado de ánimo de la afición no dependerá solo del descenso, sino de cómo se gestione la nueva etapa. Si el club entiende el momento, actúa con sensibilidad, ajusta precios, explica el proyecto, asume errores y demuestra que ha entendido la dimensión del desastre, puede empezar a reconstruir un vínculo hoy muy deteriorado. Pero si comete la torpeza de actuar como si no hubiera pasado nada, si plantea una campaña impropia del contexto, si sube precios o vende optimismo vacío, la reacción puede ser explosiva. No ya por el enfado coyuntural, sino porque confirmaría que no se ha aprendido absolutamente nada.

Ese es el gran miedo del zaragocismo: que el descenso no sirva ni siquiera para abrir los ojos. Que se vuelva a pedir fe sin ofrecer garantías. Que se vuelva a exigir apoyo incondicional mientras arriba no cambia nada esencial. Que se quiera invocar el ave fénix sin pasar antes por la autocrítica.

La afición del Real Zaragoza, por historia y por sentimiento, siempre termina creyendo otra vez. Eso lo demuestra cada lunes, cada derrota y cada decepción. Parece hundida, pero en cuanto se abre una rendija, vuelve a mirar hacia delante. El problema es que esa capacidad infinita para volver a ilusionarse no puede seguir siendo utilizada como red de seguridad de quienes mandan. El club no puede vivir eternamente del corazón de su gente mientras fracasa en la gestión.

Ahora mismo el debate no es si el zaragocismo seguirá ahí. Eso nadie lo duda. El debate es si el club estará a la altura de una afición que, incluso devastada, sigue buscando una razón para levantarse otra vez. Porque esperanza sigue habiendo. Lo que falta es saber si desde dentro van a hacer algo para merecerla.