Cada zaragocista está atravesando a su manera este derrumbe. Unos siguen instalados en la ira. Otros en la depresión. Algunos todavía intentan negociar con la realidad, buscando combinaciones imposibles, cuentas milagrosas, rebotes favorables. Y muchos, seguramente, han llegado ya a la aceptación. Pero conviene aclarar una cosa: aceptar no es rendirse.
Aceptar no significa dar por muerto al Real Zaragoza. Significa asumir que el club ha caído a un lugar que jamás debió pisar, pero que sigue existiendo. Y eso, aunque parezca una obviedad, hoy es lo más importante. Porque el dolor deportivo es enorme, sí. Pero el zaragocismo no desaparece con una categoría, ni con una clasificación, ni con una propiedad que ha empequeñecido al club hasta extremos insoportables.
El problema de este tiempo es que hemos confundido muchas veces el derrumbe institucional y deportivo con la desaparición sentimental. Y no es lo mismo. El Zaragoza está herido, humillado, arrastrado por gestores mediocres y futbolistas sin alma, pero no está muerto. Al contrario: si algo demuestra este momento es que el sentimiento sigue intacto. Lo que está roto no es el vínculo con el club. Lo que está roto es el club por dentro.
Por eso, aunque duela, hay que decirlo con claridad: el descenso no puede ser el final del zaragocismo. Sería demasiado fácil dejarlo ahí, bajar la persiana y fingir que se acabó todo. No. Precisamente ahora empieza otro tipo de obligación moral. Seguir. Estar. Resistir. Porque cuando todo era bonito era muy sencillo llenar la boca de amor al escudo. El examen de verdad llega cuando el equipo cae al barro y obliga a decidir si uno estaba por la camiseta o por la categoría.
Y ahí no debería haber dudas. El Real Zaragoza seguirá siendo el Real Zaragoza en Primera RFEF, en Segunda, en Preferente o donde haga falta. Con menos focos, con menos dinero, con menos brillo y con mucha más vergüenza encima. Pero seguirá siendo nuestro. Y esa es la diferencia entre un club grande y una simple costumbre de fin de semana. Un club grande puede caer. Lo que no puede hacer su gente es dejar de reconocerse en él.
Otra cosa muy distinta es aceptar sin protestar. Eso sería complicidad. Y bastante daño se ha hecho ya al club desde la resignación cómoda, desde el “ya cambiarán las cosas”, desde el “el año que viene sí”. No. Seguir con el Zaragoza no implica tragar con todo. Seguir significa precisamente pelear más, vigilar más, exigir más, denunciar más. Seguir no es callarse: es negarse a abandonar el terreno cuando los que han fallado son otros.
Hay un duelo, claro que lo hay. Se nota en las conversaciones, en el cansancio, en la tristeza, en esa sensación de incredulidad permanente de quien nunca imaginó ver al Zaragoza tan abajo. Pero hasta en el duelo más duro hay una verdad que acaba imponiéndose: la vida continúa. Y en lo deportivo también. No como queríamos. No donde merecíamos. No con la dignidad que exigía la historia. Pero continúa.
La gran pregunta ya no es si duele. Claro que duele. La gran pregunta es qué tipo de zaragocista quiere ser cada uno a partir de ahora. El que se aparta cuando el club se cae, o el que entiende que precisamente en la caída es cuando más falta hace estar.
Porque el Zaragoza ha perdido muchas cosas. Prestigio, rumbo, autoridad, respeto. Pero todavía no ha perdido lo esencial: que sigue habiendo una ciudad entera dispuesta a sufrir por él. Y mientras eso exista, mientras ese sentimiento no se apague, el descenso será una tragedia. Nunca un final.






