La verdad más incómoda del Zaragoza

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Hay derrotas que explican una mala temporada y hay detalles que desenmascaran una ruina moral. El Real Zaragoza lleva meses instalado en la indigencia futbolística, pero lo más doloroso ya no es solo perder, ni siquiera arrastrarse por los campos de Segunda. Lo más doloroso es comprobar que, dentro del mismo vestuario, no todos están compitiendo con el mismo grado de compromiso. Y eso, a estas alturas, ya no admite maquillaje.

El caso de Francho Serrano es el mejor espejo en el que debería mirarse esta plantilla. O quizá el peor, porque deja en evidencia a demasiados. Francho ha estado jugando durante meses con el menisco roto. No con una molestia pasajera. No con una sobrecarga. Con una lesión seria, limitante, dolorosa. Y aun así ha seguido. Se le ha visto cojear con el balón en juego, seguir corriendo cuando el cuerpo le estaba diciendo basta, exponerse sabiendo que estaba forzando una situación que podía agravarse. Deportivamente se le podrá discutir todo: rendimiento, acierto, nivel. Pero humanamente, y profesionalmente, hay poco que reprocharle. Ha dado la cara hasta que ya no ha podido más.

Y eso, en este Zaragoza, tiene un valor enorme. No porque deba ser algo extraordinario, sino porque se ha convertido en una rara excepción.

Porque junto a Francho aparecen otros casos que retratan justo lo contrario. Ahí está Rober, que lleva semanas compitiendo con dolores intensos, tratando de dosificarse durante la semana para llegar al fin de semana, empujando su cuerpo al límite para seguir ayudando. Un futbolista cedido, recién llegado, sin pasado sentimental en el club, y que sin embargo ha demostrado más implicación que muchos de los que se llenan la boca con palabras grandilocuentes sobre el escudo, la historia y la ciudad. Eso también debería hacer pensar al zaragocismo.

Y ahí empieza la comparación que resulta devastadora.

Porque mientras unos han jugado rotos, otros han vivido en una comodidad insultante. Mientras unos han apretado los dientes, otros han dado la sensación de estar de vacaciones. Mientras unos han entendido la gravedad del momento, otros han actuado como si esto fuera un trámite molesto antes de irse en verano. No estamos hablando solo de falta de calidad. Estamos hablando de algo mucho más grave: ausencia de responsabilidad.

Ese es el verdadero drama del Real Zaragoza. No que haya jugadores malos. Los ha habido siempre. No que falte nivel, que también. Lo peor es que la plantilla parece partida entre los que han querido empujar hasta el final y los que, sencillamente, se han borrado. Y cuando un equipo entra en ese terreno, ya no hay entrenador que lo sostenga, ni discurso que lo rescate, ni sistema que lo ordene.

Por eso duele tanto escuchar ciertos nombres y asociarlos al mismo vestuario que Francho o Rober. Porque la comparación es obscena. Unos han puesto el cuerpo y el dolor. Otros han puesto excusas, desconexión o directamente ausencia. Y eso en un club al borde del abismo no debería salir gratis.

Lo que más me inquieta de todo esto es que el Zaragoza ha normalizado una falta de orgullo que en otro tiempo habría sido inaceptable. Hoy se habla con resignación de futbolistas que no quieren jugar, de otros que han desconectado, de algunos que solo piensan en su próximo destino. Y el club, mientras tanto, parece incapaz de marcar una línea roja clara. Como si todo valiera. Como si en mitad de un incendio no importara quién trae cubos de agua y quién se dedica a mirar el humo desde lejos.

Pues sí importa. Importa mucho.

Importa porque un vestuario también se construye sobre ejemplos. Y si el ejemplo lo ponen los que juegan lesionados, los que se vacían, los que no se esconden, el resto queda retratado. Francho no ha tenido una gran temporada. Rober tampoco ha sido decisivo en cifras. Pero ambos han enseñado algo que otros no han sabido ni querido ofrecer: dignidad competitiva.

Y en un Zaragoza que se cae a pedazos, eso ya es mucho más de lo que han dado demasiados.

Da rabia pensar que este equipo podría haber caído igualmente por falta de nivel, pero al menos con la sensación de haberlo peleado hasta el final. Lo insoportable es sospechar que algunos ni siquiera han querido intentarlo de verdad. Ahí está la fractura. Ahí está la vergüenza. Y ahí está también la explicación de por qué el zaragocismo se siente tan traicionado.

Porque perder entra en el fútbol. Borrarse, no.