Hay temporadas malas, temporadas decepcionantes y temporadas que dejan cicatriz. Y luego está la del Real Zaragoza, que pertenece a una categoría aún peor: la de la humillación sostenida. Porque el problema ya no ha sido solo descender, hacerlo como colista, cerrar la liga con 36 puntos o firmar una de las campañas más vergonzosas que se recuerdan. El problema es cómo se ha descendido. Y, sobre todo, cómo se han comportado algunos de sus protagonistas mientras el club se hundía.
Lo de Dani Gómez en el último partido resume a la perfección el estado moral de esta plantilla. Hay que tener muy poca vergüenza para aplaudir a la grada después de haber sido parte activa de un equipo que ha arrastrado el escudo hasta dejarlo fuera del fútbol profesional. No hablo de fallar un gol, de jugar mal o de no tener nivel. Hablo de actitud, de respeto, de comprender dónde estás y qué acabas de provocar. Cuando un futbolista desciende al Real Zaragoza como colista de Segunda y, aun así, se permite ese gesto chulesco hacia la afición, ya no estamos ante un mal profesional: estamos ante el retrato perfecto de una plantilla desconectada de la realidad.
Y todavía me indignó más la reacción posterior. Porque si grave fue el gesto, más incomprensible resultó ver a David Navarro abrazándole. Ahí es donde yo no encuentro explicación posible. Un entrenador puede no ser culpable de un descenso, puede heredar un incendio y no conseguir apagarlo, pero lo que no puede hacer es consentir que un jugador se ría de su gente y, acto seguido, protegerle con un gesto de complicidad. Ahí falló. Y falló de forma estrepitosa. Si de verdad quieres representar al zaragocismo, hay líneas rojas que no puedes permitir que se crucen.
Esto es lo que más me duele de todo. No ya la derrota deportiva, sino el grado de descomposición ética que ha alcanzado este equipo. Porque cuando uno escucha historias de vestuario, desplantes, jugadores que van descontando los días para marcharse, futbolistas que no saludan a miembros del cuerpo técnico hasta el final de temporada o profesionales que viven el club como una molestia pasajera, entonces todo encaja. El descenso no ha sido un accidente. Ha sido la consecuencia lógica de una plantilla sin alma, sin jerarquía y sin un mínimo sentido de pertenencia.
Y aquí conviene detenerse en algo que siempre se repite en otros deportes y casi nunca en el fútbol. En las artes marciales, en el judo, en el kickboxing o en cualquier disciplina seria, lo primero que se enseña es el respeto. Respeto al rival, al entrenador, al público y al propio deporte. En el fútbol moderno, en cambio, demasiados jugadores han crecido creyéndose por encima de todo. Cobran cifras desorbitadas, rinden como mediocres y actúan como si fueran estrellas intocables. Ese cóctel solo puede acabar mal. Y en Zaragoza ha acabado peor imposible.
Por eso, a estas alturas, yo no salvaría casi nada. Ni del césped ni del vestuario. Lo deportivo ha sido ruinoso, sí, pero lo humano ha resultado todavía más decepcionante. Y eso obliga a una limpieza total. No se trata solo de fichar mejores jugadores. Se trata de traer otra clase de futbolistas. Gente con oficio, con hambre, con disciplina y con un mínimo de dignidad competitiva. Porque lo que hemos visto este año no ha sido un equipo fracasado. Ha sido algo mucho más grave: un grupo de jugadores incapaz de entender qué significa vestir la camiseta del Real Zaragoza.
Ese es el verdadero descenso. El de la vergüenza. Y ese sí que costará mucho más remontarlo.






