La presentación de Javier Garcés como nuevo director de cantera del Real Zaragoza no fue solo un relevo en el organigrama. Fue, sobre todo, la exposición de un cambio de modelo. Un giro que pretende corregir varios de los problemas que ha arrastrado el fútbol base blanquillo en los últimos años: exceso de jugadores, fugas constantes de talento, falta de identidad compartida y una formación demasiado enfocada en competir antes que en desarrollar futbolistas.
Garcés dejó claro desde el principio que el Real Zaragoza debe volver a mirar prioritariamente al fútbol aragonés. No solo por una cuestión sentimental, sino también por pura lógica de club. Su planteamiento parte de una idea rotunda: cualquier jugador que destaque en Aragón debe tener la posibilidad real de llegar al Zaragoza.
Para conseguirlo, el nuevo director de cantera quiere estrechar mucho más la relación con los clubes convenidos y con las estructuras del fútbol aragonés. Su intención no pasa únicamente por captar talento, sino por generar sentimiento de pertenencia. De hecho, defendió que el Zaragoza debe reconocer mejor a los clubes en los que nace ese talento y hacerles partícipes del proceso.
Uno de los cambios más concretos será la reducción de plantillas. Garcés se mostró contrario a ver en la Ciudad Deportiva a niños que entrenan tres días por semana y luego no juegan. Por eso plantea equipos más cortos en edades de iniciación y que los futbolistas que no tengan un rol claro puedan seguir creciendo en clubes convenidos, pero siempre bajo el seguimiento del Zaragoza.
Ese control se articulará a través de la red de scouting, del seguimiento directo por parte de entrenadores y coordinadores y de sesiones conjuntas periódicas con futbolistas externos. La idea es que esos chicos puedan ponerse la camiseta del Zaragoza antes incluso de incorporarse definitivamente, reforzando así el vínculo emocional con el club y evitando que el primer contacto llegue demasiado tarde.
Otro punto relevante de su intervención fue la crítica al modelo de captación precoz que domina hoy buena parte del fútbol base. Garcés se posicionó claramente en contra de trasladar a niños de 12, 13 o 14 años lejos de sus casas y reivindicó que a esa edad todavía no se puede tratar a los chavales como futbolistas hechos. Para él, antes de los 15 o 16 años el foco debe estar mucho más en el desarrollo natural que en el reclutamiento agresivo.
También dejó una reflexión interesante sobre el error de valorar demasiado pronto a los talentos. Puso como ejemplo que muchos jugadores brillantes en etapas alevines o infantiles luego encuentran más dificultades para adaptarse al fútbol profesional, mientras que otros con un crecimiento más tardío acaban llegando más lejos precisamente porque han aprendido antes a convivir con la frustración y la dificultad.
En cuanto al modelo de jugador, Garcés quiere combinar talento y carácter. Defendió que la cantera debe valorar tanto las condiciones técnicas y físicas como la fortaleza mental, el entorno familiar, la independencia personal y la capacidad de sacrificio. En su idea, el futbolista del Zaragoza debe tener calidad, pero también resiliencia, hambre competitiva y compromiso colectivo.
Además, subrayó que el ego sobra en el fútbol base y que el club quiere formar futbolistas capaces de asumir roles, competir desde el esfuerzo y entender el fútbol como un deporte de equipo. Ese mensaje conecta con la voluntad de construir no solo mejores plantillas, sino también mejores hábitos y una cultura más sólida desde abajo.



