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Mario Soberón, los representantes y el gran truco del fútbol moderno

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Que Mario Soberón haya encontrado acomodo en el Albacete no habla bien de Soberón. Habla, sobre todo, del ecosistema del fútbol actual. De ese mercado en el que casi nadie paga de verdad por su rendimiento reciente, sino por la red que lo sostiene, por el historial maquillado, por los números sueltos en una web y, sobre todo, por la capacidad de ciertos representantes para seguir colocando piezas aunque vengan de protagonizar un desastre colectivo.

Porque conviene no perder la perspectiva. El Real Zaragoza no ha descendido a Primera RFEF por culpa exclusiva de Mario Soberón, por supuesto que no. Pero sí ha descendido con jugadores como Mario Soberón. Con futbolistas que, en el momento decisivo, no sostuvieron nada. Ni el nivel, ni el carácter, ni la estabilidad, ni el compromiso que exigía una temporada convertida en incendio permanente. Y, sin embargo, ahí está: nuevo delantero del Albacete, nuevo contrato, nueva oportunidad, nueva vida en Segunda División.

Eso es lo que irrita. No tanto que Soberón siga jugando en el fútbol profesional, que al final cada club sabrá lo que ficha, sino la sensación de impunidad estructural. Aquí se hunde un equipo histórico, aquí se firma una temporada bochornosa, aquí se cae al barro de la Primera RFEF, y muchos de los responsables deportivos del naufragio van a seguir girando por la misma noria, como si nada hubiera pasado. El Zaragoza baja. Ellos caen de pie.

Y el caso de Soberón, además, tiene algo especialmente llamativo. Porque su hundimiento no ha sido el de un mal jugador que nunca dio el nivel. Al contrario. Lo desesperante en su caso es recordar que, cuando llegó, parecía otra cosa. No un delantero aprovechable, no un recurso puntual, sino un futbolista con olfato, con electricidad, con instinto, con hambre de gol. Daba la sensación de que el Zaragoza había acertado. De que, por una vez, había encontrado arriba a un atacante de verdad. Uno de esos que viven obsesionados con el área, con el desmarque, con el remate, con el siguiente balón suelto.

Pero algo se rompió. Y no se rompió poco. Se rompió del todo.

A partir de ahí, el declive fue tan grande que cuesta incluso explicarlo en términos únicamente futbolísticos. Ya no era solo un bajón de forma, una mala racha o una lesión mal curada. Era otra cosa. Otro jugador. Casi otra persona. Un delantero que había entrado como un tiburón en el ecosistema del Zaragoza acabó convertido en un problema más que en una solución. Un jugador del que, en vez de esperar un gol, parecía que había que estar pendiente. Pendiente de sus gestos, de su cabeza, de sus reacciones, de sus desconexiones. Y cuando un delantero pasa de ser amenaza para el rival a inquietud para los tuyos, es que todo ha saltado por los aires.

Por eso sorprende tan poco el fichaje del Albacete y al mismo tiempo retrata tan bien este fútbol. Porque hoy no manda tanto lo que has hecho como lo que alguien es capaz de vender de ti. Los representantes han aprendido a sobrevivir incluso al ridículo. Si un jugador ha hecho una campaña horrorosa, siempre quedará una estadística salvable, un recuerdo de hace dos años, un vídeo, una excusa, una narrativa. Y si además hay una buena relación entre agentes y direcciones deportivas, el círculo se completa. Todos comen. Menos el club que ya ha sufrido al jugador.

Ese es el gran cáncer del fútbol moderno de segundo escalón: la cooperativa permanente entre representantes y directores deportivos. Un circuito cerrado en el que se cruzan favores, se intercambian piezas, se reciclan perfiles y se protege a demasiados futbolistas de las consecuencias reales de su mal rendimiento. El club, la afición, el contexto, el daño causado, todo eso importa poco. Lo importante es que la rueda siga girando.

Y el Zaragoza, durante demasiados años, ha sido un parque temático de ese modelo. Aquí han llegado jugadores imposibles, perfiles ininteligibles, apuestas sin lógica, delanteros sin gol, mediocentros sin presencia, futbolistas sin hambre. Y cuando se iban, muchas veces seguían encontrando destino. Como si Zaragoza no fuera un club que examinara y expusiera las miserias de muchos, sino una especie de lavadora emocional en la que cualquiera puede salir rumbo a otro sitio con una camiseta limpia.

Soberón es uno más en esa larga lista. Pero su caso duele algo más porque simboliza muy bien lo que le ha pasado a este club: coger algo que parecía bueno y verlo degradarse hasta hacerse irreconocible. Ver cómo una promesa razonable se convierte en decepción. Ver cómo el contexto no ayuda, cómo el jugador tampoco se ayuda, cómo el equipo se cae y cómo, cuando todo termina, el fútbol vuelve a premiar a casi todos menos al Zaragoza.

Al Albacete quizá le salga bien. Puede pasar. Igual recuperan al primer Soberón, al delantero agresivo, al que atacaba el área como si le fuera la vida en ello. Pero si yo fuera aficionado del Albacete, desde luego no estaría especialmente tranquilo. Porque el último Soberón no era una mala versión del bueno. Era directamente otra cosa. Y cuando un jugador se ha perdido de esa manera, no basta con cambiarle de escudo para garantizar que vuelva.