David Navarro ha devuelto la normalidad que el Zaragoza había perdido

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A veces en el fútbol no hace falta inventar nada. Basta con ordenar lo obvio, devolver a cada uno a su sitio y hablar claro. Parece poco, pero en el Real Zaragoza actual casi suena revolucionario. Y eso es, precisamente, lo que ha hecho David Navarro.

No ha llegado con un manual de frases grandilocuentes ni con discursos de laboratorio. No ha querido reinventar el juego ni presentarse como un iluminado. Ha hecho algo bastante más útil: ha entendido el contexto, ha identificado quién suma y quién resta, y ha tomado decisiones desde la lógica. En un club devorado durante meses por el ruido, la confusión y los experimentos, eso ya es muchísimo.

Porque el Zaragoza no necesitaba otro vendedor de humo. Necesitaba un entrenador que conociera la casa, el barro de la categoría, los defectos del vestuario, las urgencias del momento y también el estado emocional de la grada. Y David Navarro, con todas sus limitaciones y con un currículum modesto si se compara con el escaparate del fútbol profesional, partía con una ventaja decisiva: sabía exactamente dónde estaba entrando.

Eso ya le coloca por delante de muchos.

Durante demasiado tiempo el Zaragoza ha perseguido perfiles que parecían más preocupados por imponer una idea que por leer la realidad. Técnicos con discursos sofisticados, modelos complejos y soluciones teóricas para una plantilla que lo que necesitaba era claridad, orden y sencillez. David Navarro ha ido por otro camino. Ha hecho fácil lo difícil. Ha simplificado sin empobrecer. Ha dado al equipo una estructura comprensible y ha elegido a los jugadores que están dispuestos a subirse al tren. Los demás, al margen.

Y ese mensaje ha calado.

Porque no solo han cambiado los resultados. Ha cambiado la sensación. El Zaragoza vuelve a parecer un equipo. No una suma desordenada de nombres, no una plantilla paralizada por el miedo, no un vestuario donde cada uno remaba en una dirección distinta. Ahora se ve solidaridad, se ve intención, se ve un bloque. Y cuando eso ocurre, la pizarra deja de ser un decorado para convertirse en una herramienta útil.

No es casualidad que hayan emergido futbolistas como Hugo Pinilla o que otros como Rober González hayan dado un paso al frente. Tampoco es casualidad que determinados nombres hayan desaparecido del foco. Eso no pasa por arte de magia. Pasa porque el entrenador ha decidido algo esencial: que aquí se juega por implicación, no por jerarquía previa. Que da igual el cartel, el nombre o el pasado si no estás dispuesto a competir como exige el momento.

Y hay otra cosa igual de importante. David Navarro no le ha declarado la guerra a la grada. Parece una obviedad, pero en este Zaragoza no lo era. Ha entendido algo que otros no quisieron o no supieron entender: la afición no es el problema, aunque esté harta. La afición responde cuando el equipo le da un motivo. Y cuando el equipo compite, se vacía y transmite verdad, entonces aparece ese empuje que tanto se invoca y tan pocas veces se trabaja.

Lo mejor de David Navarro no es que haya ganado dos partidos. Lo mejor es que ha devuelto al zaragocismo algo que había perdido: la sensación de normalidad. De que quien manda en el banquillo sabe por dónde van los tiros. De que no está peleado con el entorno. De que no confunde complejidad con talento ni discurso con liderazgo.

Ahora bien, conviene no engañarse. No ha hecho todavía nada definitivo. La clasificación sigue siendo dramática y el margen de error continúa siendo mínimo. Queda muchísimo por sufrir. Pero el Zaragoza, al menos, ha dejado de parecer un enfermo resignado. Ha recuperado pulso, autoestima y un plan reconocible.

Y eso, en un club que llevaba meses viviendo entre el desconcierto y la autodestrucción, ya es una noticia enorme.

Si luego alcanza para salvarse, se verá. Pero al menos hoy el Zaragoza vuelve a tener algo que durante demasiado tiempo no tuvo: un entrenador que parece entender exactamente lo que este club necesitaba.