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domingo, marzo 22, 2026
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El Dépor rompe la racha de victorias del Real Zaragoza de Navarro (2-1)

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Hay derrotas que duelen más que otras. Y la del Real Zaragoza en Riazor pertenece a esa categoría cruel, casi injusta, en la que el equipo ve el premio al alcance de la mano… y lo pierde en el último suspiro. El 2-1 final ante el Deportivo de La Coruña deja una sensación amarga, de oportunidad perdida, de trabajo incompleto. Porque el Zaragoza compitió, resistió y creyó. Pero no le alcanzó.

El partido comenzó como un latigazo. Apenas habían pasado seis minutos cuando el conjunto aragonés golpeó primero. Hugo Pinilla, siempre con personalidad, filtró un balón que Dani Gómez convirtió en gol con un remate preciso junto al palo. Era el escenario ideal: ventaja temprana, silencio en Riazor y la sensación de que el Zaragoza podía jugar con la ansiedad del rival.

Pero ese espejismo duró poco.

El Deportivo reaccionó con todo. Intensidad, ritmo y una avalancha de llegadas que comenzaron a encerrar al Zaragoza en su propio campo. Ximo Navarro avisó con un cabezazo que rozó el gol, Nsongo perdonó en boca de gol y el asedio se hizo constante. El empate era solo cuestión de tiempo. Y llegó. En el minuto 20, Stoichkov se sacó un disparo desde fuera del área que superó a Andrada y devolvió el partido al punto de partida.

A partir de ahí, el Zaragoza tuvo que aprender a sobrevivir.

El equipo de David Navarro resistió como pudo, ordenado por momentos, superado en otros. El Dépor dominaba, acumulaba posesión y generaba peligro, mientras los blanquillos trataban de no romperse. Y lo consiguieron. Porque llegar al descanso con 1-1, viendo lo que se había visto, ya era una pequeña victoria dentro de la batalla.

Tras el paso por vestuarios, el Zaragoza dio un paso adelante. Con la entrada de Saidu y Cumic, el equipo ganó energía y comenzó a discutirle el partido al Deportivo. Durante varios minutos, Riazor dejó de ser un monólogo y el encuentro se equilibró. Incluso se inclinó por momentos hacia el lado visitante.

Ahí estuvo el partido.

Dani Gómez tuvo el 1-2 en sus botas con un remate a bocajarro que no encontró portería. Mawuli probó desde lejos, Francho rozó el gol con un disparo ajustado y el Zaragoza empezó a creer de verdad en algo más que el empate. Era el mejor momento del equipo. El instante en el que el partido podía romperse a su favor.

Pero el fútbol, tantas veces, no premia al que lo merece, sino al que acierta en el momento exacto.

Y ese momento fue del Deportivo.

En el minuto 86, cuando el empate parecía ya firmado, apareció Mulattieri. Un balón suelto, una acción aparentemente controlada, y un disparo desde fuera del área que se coló ajustado al palo. Un golpe seco. Un silencio breve en el Zaragoza. Y después, la realidad: el 2-1 en el marcador y el partido escapándose entre los dedos.

El tramo final fue un ejercicio de fe. De orgullo. De intentar agarrarse a lo imposible. Insua tuvo el empate en un cabezazo que rozó el larguero. Saidu lo intentó desde lejos. El Zaragoza empujó, pero ya sin claridad. Más con el corazón que con la cabeza.

No hubo milagro.

El pitido final dejó al equipo aragonés sin puntos y con una sensación difícil de digerir. Porque este Zaragoza ya no es el de hace unas semanas. Compite. Está vivo. Tiene alma. Pero sigue arrastrando una losa: la incapacidad de cerrar los partidos cuando más lo necesita.

Riazor deja una conclusión clara. El Zaragoza está más cerca. Mucho más cerca de pelear por la salvación. Pero en esta categoría, estar cerca no es suficiente. Hay que rematar. Hay que resistir hasta el último segundo. Hay que convertir los momentos buenos en puntos.

Y hoy, cuando parecía que el equipo había aprendido a hacerlo, el fútbol le recordó que aún queda el paso más difícil.

El de no romperse justo cuando todo está a punto de encajar.

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